Miguel Sebastián culminó el pasado miércoles su rosario de despropósitos en su desesperado camino por alcanzar la alcaldía de Madrid. Se nota que es la persona equivocada en el sitio equivocado. Él mismo es consciente de que es el candidato socialista a la alcaldía de la capital de España porque otros, antes que él, dijeron «no» a Zapatero. Bono, Fernández de la Vega y un etcétera demasiado largo ponen en evidencia que él fue el último de la fila.
Cuando se supo que Miguel Sebastián era la persona elegida, hasta los más forofos socialistas dijeron: ¿y éste quién es? Y encima tenía en frente un coloso político, como Gallardón, que lleva ya muchos años ganando elecciones por claras mayorías absolutas. Sólo teniendo en cuenta este conjunto de barreras, se entienden ciertas cosas, como saltarse un cordón policial para hacerse una foto en un túnel que se inunda o retratarse junto a una conocida baronesa encadenada a un árbol.
Tiene que ser duro saber que vas a perder la oportunidad de tu vida sin apenas poder hacer nada por evitarlo. En ese momento, hay quién decide tirar para adelante, como sea, cueste lo que cueste. Es lo que hizo Sebastián en el debate de Televisión Española entre los tres candidatos a la alcaldía madrileña. Sin ningún escrúpulo, acusó al alcalde de favorecer a Monserrat Corulla, implicada en el “caso Malaya”. Gallardón, indignado, le echó en cara su ataque a lo que considera su vida privada. Yo no entro a valorar la relación que el político popular pueda tener con esa mujer. Ni lo sé ni me importa. Sólo sé que tenía razón el alcalde. No se debe mezclar la vida íntima de las personas con su actividad política. No todo vale para alcanzar el poder. La política, ensuciada por muchos, no debe ser prostituida.
