Ya son las tres de la madrugada y estoy leyendo ‘Los renglones torcidos de Dios’, de Torcuato Luca de Tena. Pasadas las cuatro, los párpados se me cierran lentamente. Me duermo… y sueño. Abro los ojos y desciendo por una escalera oxidada pero de tacto suave. Al llegar al suelo noto una brisa y un olor especial. A mi lado está el Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. No le digo nada porque está discutiendo con varios hombres del barco que parecen rebelarse. Dicen que jamás llegarán a la India y que se quieren marchar a casa. La cosa se pone fea, por lo que me marcho. Atravieso un camino de color verde parduzco. A mi lado, Moisés, con su barba inacabable, logra que las aguas se abran a nuestro paso. Al llegar a la costa me despido de él y me encuentro con Carlomagno pescando en la sequedad del río Manzanares, que ha absorbido la inmensidad del Atlántico. Le saludo, pero no me hace ni caso. La verdad es que no es muy simpático el señor gabacho.

Atravieso un sendero y me encuentro a otro Carlos, también emperador. Es Carlos V, que está pintando a Tiziano montado a caballo y engalanado con una portentosa armadura. Me quedo allí, mirando. Y cuando termina, nos vamos los tres juntos: el emperador-pintor, el pintor-pintado y yo. Llegamos ya tarde a las Ventas. Esa misma tarde torean Cevantes, con su mano buena, y el Cid, a pesar de que está muerto. Tras fumarnos un puro de tabaco sudanés, me despido de ellos. Este emperador Carlos sí que es simpático. Será porque en el fondo siempre fue un españolazo.
De repente, me encuentro jugando al tute con Ramsés II, Winston Churchill y el Conde-Duque, Olivares, por supuesto. El señor Churchill, a pesar de ser un cachondo y no parar de decir frases para el recuerdo, hace unas trampas como un cosaco. Atila, que está presenciando la partida, me lo confiesa al oído. Decepcionado, me voy de Bangladesh. Pero antes de salir de la sala, me despido de Hitler y Stalin, que, en la oscuridad furtiva, se están pegando un morreo que ni el de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en ‘Casablanca’.
Por el camino, me encuentro con cuatro mujeres alucinantes, preciosas, bellas hasta estallar… Son la fe, la pasión, la vida y la muerte, que charlan amistosamente. Tras ellas, anotando en un viejo cuaderno lo que dicen, van Federico García Lorca y Quevedo. A su espalda, pintando la escena, Goya y Picasso.
En ese momento, escucho un sonido apagado que cada vez se va haciendo más terrible: riiiiiiiiiiiing…. riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing… ¡Maldito cachivache azul! Me ha sacado de las profundidades del paraíso…
