
María Inmaculada, Madre del Amor, Reina de las Virtudes. Tú, siendo niña, decidiste el destino de la Humanidad. Tu “hágase en mí según tu voluntad” podría haber sido perfectamente un rechazo. Eras libre de hacer lo que quisieras. Pero tú decidiste ser “la esclava del Señor”.
Tú le diste la vida al Cristo redentor. Era tu hijo, tu niño, y contigo vio la luz en el lugar más pobre inimaginable. Gracias también por ello: Jesús no podía haber nacido en un palacio. Al contrario, tenía que ser perseguido ya desde el primer momento por un cruel rey, que no dudó en derramar la sangre de los santos inocentes.
María, y tú le viste morir como un bandido: injuriado, humillado, maltratado… crucificado. Y lo aceptaste como lo que debía ser. Sabías que para eso había venido. Pero le seguiste hasta el final, paso a paso, mientras se desangraba, mientras la vida se le iba en cada bocanada, en cada caída. Y a ti, una espada atravesaba tu corazón. Eras la dolorosa, y por ello todos los que sufren te tienen a ti como referencia.
Eres nuestro modelo. Siendo tú el ser perfecto, todos los que queramos ser mejores cada día ya sabemos en quién hemos de fijarnos: en la Inmaculada. Además, eres nuestra gran intercesora. María, Reina de los Cielos, la gran santa, a nadie como a ti podemos pedir que nos ayude en las dificultades.
Y por supuesto, eres la Madre de Dios, la Madre del Amor… nuestra Madre. Para los que acusan a tu Iglesia de machista, deberían de saber que la persona humana más importante del Evangelio es una mujer, eres tú. Sólo el más grande, Cristo, tu Hijo, está por encima de ti. Pero Él, por supuesto, como Dios, en su doble naturaleza humana y divina.
¡María, Reina de la Humanidad, ora por nobis!
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
