
Bajé corriendo. Tenía mucha prisa. Era ya tarde y quería llegar pronto a casa. Por eso debía coger aquel metro… que me cerró las puertas en las mismísimas narices. Cuando el marcador reflejó que el próximo metro vendría en 8 minutos, solté una serie de palabras malsonantes. Me senté en el banco y ella se rió. Le había pasado lo mismo que a mí, pero mi expresión le había hecho gracia. No me había apercibido de su presencia hasta ese momento. Sentados en el mismo banco, cada uno en una esquina, empezamos a hablar.
Me dijo que era boliviana, que llevaba un año en Madrid, que se sentía muy sola, que no tenía papeles… Lleva un año cuidando de una señora, pero ésta se niega a reconocer oficialmente su labor, lo que de inmediato resolvería su situación. Es más, según me contó, bastaría que alguien le hiciera una oferta laboral. La señora le da largas, pero lleva así un año y no aguanta más. ¡Y encima le dice que si no está a gusto que se vaya! Como ella dice, eso supondría volver a empezar de nuevo. Encontrar otro sitio, trabajar de sol a sol, para que alguien al final le facilite los papeles. ¡Qué pena! ¡Y que injusto!
Todo esto me lo contó mientras esperábamos el metro y en dos paradas hasta que llegué a mi destino. Fueron solo 10 minutos, pero noté que ella se había desahogado. Noté que necesitaba hablar, y tal vez, lo había podido hacer muy pocas veces con alguien en estos 12 meses. Me asquea cuando oigo a la gente hablar de los inmigrantes en un tono peyorativo, como si no fueran ni siquiera personas. Son gente normal, que siente como todos. Y que sufre como nadie. Debe ser duro marcharte de tu país y abandonar a tu familia y amigos para buscar una oportunidad en un sitio en el que eres visto como un problema.
Justo antes de bajarme, me dijo su nombre: Nataly. Me despedí de ella y le desee suerte. Cuando bajé al andén, notaba que ella me miraba. ¿Qué podía hacer por ella?, me decía a mi mismo. Dudaba sobre lo que hacer. Las puertas aún no se habían cerrado. Así, en un impulso, me di la vuelta y le pedí su teléfono. Me comprometí a ayudarla. Y lo voy a cumplir, aunque no sé cómo.
Por eso, desde aquí pido ayuda para Nataly. ¿Alguien sabe a dónde podría dirigirse? ¿Alguien podría ofrecerle algún tipo de empleo que le permitiera obtener los papeles? De verdad, podríamos ser tú o yo. Ha venido buscando una oportunidad. Por favor, se lo merece.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
