
Son las cuatro de la tarde. 26 de abril de 1937. Silencio. Presentimiento. Miedo en aumento. Ruido de sirenas. Carreras. Huidas. Pavor. Gritos. Ocultamiento. Silencio. Eco de más ruidos. Llantos. Silencio. Silencio previo a lo que viene. A lo que se teme. Aviones. Aviones que sobrevuelan las cabezas de los inocentes. Está cerca: la matanza.
Ecos de golpes. Golpes sordos. Más y más cerca. Ya muy cerca. Están aquí. Primera explosión. Aullidos de terror. Segunda explosión. Tercera, cuarta, quinta… Edificios que caen. Silencio cada vez más intenso. Olor a quemado. Olor a sangre. Olor a muerte.
Te miro. Me miras. ¿Vamos a morir? ¿Va a ser hoy el último día? Horror. ¿Por qué? Oración. Súplica. Clamor. Esperanza sin fe. Pánico. Sonido del llanto de una niña. No tiene madre que la consuele. Silencio cada vez más dominante.
Se acerca. Ha salido del avión. Va a cumplir su objetivo: matar. ¿A quién? A nosotros. Hemos muerto. Todos. Los aviones con águilas lo han conseguido. Ya somos corderos en expiación. Almas sin cuerpo. Silencio absoluto. Hemos muerto en Guernica. Mañana moriremos en Nuremberg.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
