
Ese día Elisa llegó antes a casa. Venía corriendo del colegio. Llorando. Josefa, su madre, al verla con tal sofoco, le preguntó qué le había pasado. Elisa, levantando la vista que hasta entonces tenía enfocada hacia el suelo, le preguntó: “Los niños se han reído de mí. Dicen que no soy como ellos. ¿Mamá, soy normal?”
Josefa, con un nudo en el estómago, miró a su hija de nueve años, enferma con síndrome de Down. A punto de llorar, sólo acertó a decirle: “Claro que sí, hija, tú eres como todos tus compañeros…”.
Cuando Elisa sonrió, su madre aún tuvo un hilo de voz para añadir: “En realidad eres muy, muy especial. Eres nuestra preciosa niñita… y siempre lo serás. Nunca, nunca jamás, permitas que nadie te haga ver lo contrario. Tus sentimientos son tan puros, o más, como los de cualquier otra persona”. Después de decirle esto, no pudo evitar el llanto cuando su pequeña Elisa se le abalanzó sobre el cuello y le dio el abrazo más estremecedor de su vida.
Cuando su hija fue a cambiarse de ropa, ella le dedicó un “te quiero” en el silencio. Mientras terminaba de hacer la comida, reflexionó sobre los días en que supo, aún embrazada, que iba a tener una hija con síndrome de Down. Desoyendo los consejos de aborto, y aunque al principio ella y su marido lo pasaron mal, ambos decidieron seguir adelante. Hoy se alegraba más que nunca de tener en su vida una criatura tan maravillosa, a pesar de que el mundo en general la pudiera ver como un lastre o una desgracia. Josefa, con la mirada perdida, sonreía pensando en los abrazos más puros y sinceros que sólo podía dar Elisa.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
