
En la madrugada de la victoria del hombre de la ceja, los cohetes lanzados por la ninfa Ana Belén resuenan en los oídos de un bisoño soñador que había vaticinado el triunfo del hombre de la barba.
Una vez que cesan los ruidos petarderos, se oye la sonrisa de un señor de pelo a lo afro y repleto de rizos engominados. ¿Que las sonrisas no se pueden oír? Ya, pero es que en este caso la sonrisa azerolada se escucha hasta en la China. Además, es la sonrisa del macho satisfecho tras la cópula cabalgadora (o cabalgada, que en este caso lo desconozco). El hombre que dijo que disfrutaba con los orgasmos físicos producidos por su marido y con los orgasmos “democráticos” ocasionados por el hombre de la ceja, está ahora exultante, estallante.
Frente a él pasan ahora dos señores de barba. El uno, que ha quedado segundo en la carrera, barrunta su despedida. El otro, que ha hundido en la miseria un partido que antes se dedicaba a hacer pinzas, ya ha anunciado su marcha. Los dos barbados, borrachos ya como una cuba, se abrazan y cantan a la luna.
Lejos de todos ellos, el hombre de la ceja se fuma un cigarrillo. Él, que anunció en una entrevista que todas las noches cumplía con la parienta, se ha tomado hoy doble ración de natillas. Sonsoles, tras el auriga del triunfo, sujetándole sobre las sienes la corona del laurel dorado, le recuerda aquel dicho romano: “Recuerda que eres mortal”.
Transcribe este disparate el joven bisoño que bebe para olvidar.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
