
Es una pregunta muy difícil, amigo. ¿Cómo quieres que te diga cuál es el rostro de la melancolía? Creo que este sentimiento es algo que alguna vez todos hemos visto de cerca, en los días de niebla y fango. Pero ponerle cara, una tez para ver y tocar es muy difícil…
Bueno, está bien, lo intentaré. Creo que debe de ser algo parecido a la imagen que vi la otra noche. Sí, fue hace un par de semanas, cuando acudí al bulevar de los sueños rotos. Estaba escuchando el lamento desgarrado del poeta Sabina y me dije que debía de acudir al fin a ese lugar. Cuando llegué lo único que me encontré fue un antro de mala muerte, inundado de oscuridad. Allí sólo estaba el camarero, durmiendo apoyado sobre sus hombros en la barra. No había música, y si la había era el toque de las campanas de una iglesia. Tocaban el sonido de la muerte.
No había nadie más. O eso al menos creía yo, ya que de repente, sentada en la mesa del fondo, la vi. Era una mujer… qué te diría yo… entre atractiva y deprimente. Sus ojos eran inmensos e intensos, su boca era jugosa y culminada con unos labios finísimos, su piel era suave y tersa, su nariz era afilada y glacial. Sin embargo, lo que podía haber sido un ángel era un espíritu sin alma. Su mirada estaba perdida en el horizonte, que terminaba frente a ella, en el cuarto de baño. Su expresión se reducía a una mueca esperpéntica, vacía de todo contenido. Además, el abundante maquillaje le resbalaba por las mejillas, simulando a un payaso triste.
Quise acercarme y hablar con ella, pero una fuerza aparentemente sobrenatural me lo impedía. Ese ángel caído, no sé si del cielo o del infierno, no paraba de mesarse los cabellos, negros como la muerte. Cada treinta y cinco segundos se acercaba a su imposible boca una trago de ron. Se aferraba al alcohol como si de él dependiera su vida. Sin embargo, éste la traicionó y a los pocos minutos empezó a salir de ella abruptamente, mediante espasmódicos vómitos. Yo quise acercarme al fin a esa sirena, pero mis piernas no siguieron a los impulsos de mi mente y me quedé paralizado. Parado, viendo cómo ella permanecía en el suelo, tumbada sobre su propio vómito, sobre el propio desprecio que sentía de sí misma.
Sí, creo que en esos preciosos y vacíos ojos, que clamaban ayuda o simplemente que la compadecieran, estaba la tristeza en estado puro. Sí, amigo, no hay duda: el rostro de la melancolía descansaba en un alma muerta que bebía ron cada treinta y cinco segundos.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

