La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Himno Revolucionario Humanista

Aún es penumbra, pero ya clarea el alba. El nuevo hombre, oculto por siglos bajo la bota de la impiedad y la opresión, ha despertado al fin. Avanza por la senda de la equidad, elevando al cielo el pendón con el que ha desbrozado el polvo de mentiras que oprimía sus hombros. Silba simulando un clarín estridente, canturrea cual violín que corta gargantas harapientas, clama constituyendo un batallón de tambores esquizoides. Su balada llama al ejército de los sufrientes. A su caminar, sobre el río, se unen a cada paso, a cada brazada, hombres y mujeres surgidos de la zanja y la fábrica. Rugen.

Este cuerpo bullicioso y múltiple, torneado por almas heridas en su dignidad, es ya la Humanidad emancipada. El nuevo hombre, director de la orquesta que hilvana aullidos, ha tomado forma de hercúlea mujer. A medida que unen su marcial paso las masas enfurecidas, rumiantes de venganza y demandantes de justicia, la figura crece sin descanso. Al llegar a lo alto del monte perdido, todos advierten el milagro: la cúspide del lamento humano es una diosa más alta que un ciprés y más colosal que un roble. Ataviada con una túnica blanca, erige en lo alto una bandera también pura e inmaculada. Ondea por la libertad. Ha llegado el día de la emancipación. Es la hora de la Revolución.

El sol, reinante desde el horizonte hasta la clave de la bóveda celestial, adora el imbatible despertar humano. Es mediodía, y ya, a lo lejos, se perciben las letanías de los difuntos castigados, que se funden con la paz del ángelus. Los muertos de todos los tiempos, víctimas del holocausto de la traición, también están aquí. De un machetazo, marchitan tumbas y hunden lápidas: de ahora en adelante, su epitafio será el de la justicia. Estos, con los vivos, han traído guadañas y hachas. Los tambores revientan. Los rugidos son espadas. Es la hora de la Revolución.

De pronto, expuestos ante el Pueblo, los culpables: los cegadores, los mentirosos, los aduladores. Los poderosos. Atados en torno a una pira, en la cúpula de la tierra elevada, claman piedad a la diosa más humana, gigantesca musa justiciera que porta el fuego renovador. El aullido es absoluto y totalizador. Los gritos hacen estallar clarines, violines y tambores. El luto se hace presente cuando la luz del cielo declina en un instante y la noche se presenta como la última oscuridad.

El Himno Revolucionario Humanista, escrito aquí en prosa y no en verso, como lo son todos los discursos nacionales e ideológicos, explota en esencia y verdad porque es el único que capta el instante de la Batalla Final: aquella que no terminó en muerte, sino en paz, misericordia y amor. La diosa más humana, purísima bandera, no ejecutó la sentencia. Los poderosos, salvado el cuello, proclamaron la hora de la justicia. En su mano estaba y se hizo carne: ya nunca más hubo desigualdad, mentira o excusa. Hasta los muertos tornaron a sus tumbas. Y su epitafio, por la eternidad, fue el de la justicia invicta.

Revolucionarios hijos de la Humanidad, ha llegado ese día.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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