La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Joseph Ratzinger, un trueno en la Historia de la Iglesia

Joseph Ratzinger, un trueno en la Historia de la Iglesia

Por su contribución teológica y por su papel como prefecto de Doctrina de la Fe, donde fue el principal colaborador de Juan Pablo II, Joseph Ratzinger ya habría pasado a la Historia. Hubiera contado, seguramente, con varios párrafos destacados en el significativo capítulo de Karol Wojtyla. Tras suceder al pontífice polaco y heredar el báculo de san Pedro, tenía garantizado su propio y considerable espacio en el ‘manual’ de Historia de la Iglesia… Pero fue mucho más allá y rompió con lo esperado.

Aún no somos conscientes de lo que implicó, el 11 de febrero de 2013, su renuncia al papado. Fue todo un trueno que ha generado estertores que, una década después, aún siguen convulsionando la Historia de la Iglesia. Y es que podemos afirmar tranquilamente una cosa: ha sido el primer papa en dos milenios que ha tomado esa decisión libremente y ha puesto la labor del pastor de la Iglesia en una nueva dimensión de servicio.

Se ha dicho que es el cuatro pontífice en renunciar. Pero, en esa clave de libertad y servicio, es sin duda el primero. Los otros tres precedentes no marcaron hito o revolución alguna. Simplemente, fueron muestras de una enfermedad que azotó a la Iglesia durante siglos: la corrupción y el afán de poder, alejada completamente del Evangelio.

El primero en dimitir fue Benedicto IX. Pero es que Teofilacto (su nombre civil) llegó a ejercer el papado en hasta tres ocasiones (1032-1044; entre abril y mayo de 1045 y de noviembre de 1047 a julio de 1048). Elevado al pontificado a los 20 años tras comprar su padre el cargo, su estancia en el poder político vaticano (que no servicio eclesial) se vio marcada por alianzas con reyes y emperadores, luchas, expulsiones, excomuniones y hasta una venta de su puesto con la intención de casarse, aunque finalmente no fraguó. Caído en desgracia, murió en 1055, en Grottaferrata. Significativamente, lo hizo siendo monje.

El segundo caso lo protagonizó Celestino V, el único que se puede llegar a comparar con Ratzinger. Aunque tuviera que ser desde la cruz de unas circunstancias poco edificantes. Monje ermitaño de L’Aquila, fue elegido papa a los 85 años, en julio de 1294, tras un cónclave de más de dos años en el que los cardenales (aliados unos con los Orsini y otros con los Colonna) eran incapaces de ponerse de acuerdo. El pobre Celestino V fue una “solución de emergencia” para desatascar la situación. Con fama de santidad entre el pueblo, los purpurados supusieron que sería fácilmente manejable. Pero, menos de cinco meses después, renunció asqueado de tanta política vacía y se volvió a su cueva como ermitaño. Su sucesor, Bonifacio VIII, que tenía miedo de que, en vida de su popular predecesor, se viera cuestionada su legitimidad, mandó arrestarlo y conducirlo hasta Roma. Murió antes y, según algunos historiadores, pudo ser asesinado.

Gregorio XII protagonizó la tercera excepción histórica, siendo el antecedente más próximo a Benedicto XVI. Pero el suyo es también un ejemplo oscuro… Ejerció el papado entre 1406 y 1415, en pleno Cisma de Occidente, con papas exiliados en la localidad gala de Aviñón. Para acabar con la confrontación, habiendo en esos tiempos dos papas (uno en Roma y otro en el éxodo francés), se celebró un cónclave en Roma en el que los cardenales pusieron como condición que, el que fuera elegido entre ellos, tendría como única misión alcanzar un acuerdo con el pontífice de Aviñón, entonces Benedicto XIII, para que ambos renunciaran conjuntamente y, así, se convocara el definitivo cónclave del que saldría el único papa legítimo. Gregorio XII faltó a su compromiso y, en vez de negociar con Aviñón, se dedicó a nombrar cardenales a cuatro sobrinos suyos para fortalecer su posición. Finalmente, un grupo de cardenales convocó un Concilio en Pisa para cesar a ambos pontífices y elegir a uno de consenso y legítimo.

Teniendo en cuenta los tres tristes y deplorables antecedentes históricos, ¿no es evidente que la renuncia de Ratzinger no tiene comparación con ninguna otra? ¿Y no es menos cierto que, si no hubiera aceptado su falta de fuerzas para acometer la reforma de la Iglesia, nos habríamos perdido a un Francisco que ha apuntalado con energía y decisión el camino hacia una Iglesia menos clerical y en la que los impulsores de abusos sexuales a menores y corruptos de todo tipo campan menos a sus anchas por el Vaticano?

Y la gran lección final… De algún modo, ¿no condiciona Ratzinger a Bergoglio? Viendo el talante generoso de Francisco, que en todo momento se sitúa exclusivamente como un servidor, ¿no es fácil pensar que, cuando considere que ha llegado el momento, él también renunciará y así, aunque no oficialmente, sí se consolidará esta práctica entre los papas?

Perderían parte de su carácter sagrado o incluso misterioso, pero ofrecerían al mundo un testimonio precioso: abandonar cuando fallan las fuerzas y no se ve posible culminar la tarea encomendada, es bueno. Es sano. Es mejor para todos. Y es, en el plano espiritual, un modo de mantenerse en la Cruz. Solo que de otro modo: abajándose por generosidad.

Cuando Joseph Ratzinger se presentó al mundo vestido de blanco, ya como Benedicto XVI, no nos engañó. En verdad era “un humilde trabajador en la vida del Señor”.

Artículo publicado en el medio italiano ‘Settimana’.

 

 

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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