Donde el Camino se detiene para respirar

Molinaseca, la pausa del alma en el Camino de Santiago

Entre montañas, silencios y el murmullo del río Meruelo, descubrí en La Casa del Reloj una hospitalidad que reconcilia al viajero con el viaje y con uno mismo.

Molinaseca, la pausa del alma en el Camino de Santiago
Molinaseca PD.

Siempre hay un momento en el Camino en que el cuerpo pide descanso y el alma, recogimiento. El mío llegó bajando desde Foncebadón, con el eco de la Cruz de Ferro aún en la memoria. Allí había dejado una piedra, pequeña pero densa de significados, antes de emprender un descenso de montes y recuerdos. Mientras el sendero serpenteaba entre robles y viento, el cansancio se mezclaba con una emoción difícil de nombrar: la certeza de estar atravesando un paisaje que no termina en la vista, sino que se instala dentro.

Y entonces apareció Molinaseca, brillante bajo el sol de la tarde, abrazado por el rumor del río Meruelo. Crucé el antiguo puente romano, el Puente de los Peregrinos, y tuve la sensación de regresar a otro tiempo. Las fachadas de piedra, las flores en los balcones, el olor a pan recién hecho… todo parecía susurrar: “descansa aquí”.

La Casa del Reloj: un refugio con alma

En el corazón del pueblo encontré La Casa del Reloj, una antigua cuadra convertida en alojamiento rural. Su puerta de madera se abre a un espacio cálido, donde la piedra conversa con la luz de las velas y el sueño se siente reparador. Las habitaciones, sencillas y acogedoras, guardan un silencio lleno de historia.

Me recibieron con una sonrisa y una charla amable; me ofrecieron café, me contaron anécdotas del Camino. Todo en ese lugar parece tener un propósito: que el viajero no solo duerma, sino que vuelva a sí mismo. Entre las paredes de esa casa se siente la hospitalidad más pura, esa que no se compra ni se aprende: se hereda.

Casa del Reloj. Molinaseca (Ponferrada)

Donde el apetito se vuelve experiencia

Después de una ducha caliente y un breve descanso, salí a buscar qué comer. En El Bodegón del Reloj, apenas a unos metros, me esperaban unos pimientos asados con cecina, tan tiernos que se deshacían con la mirada. En la Taberna Las Eras, probé el botillo del Bierzo, intenso y ahumado, acompañado de vino mencía, oscuro y franco. Y para rematar, una tarta casera de castañas que sabía a hogar.

A quien prefiera algo más informal le recomiendo sentarse junto al río y pedir unas tapas de embutido berciano o queso de cabra en alguna terraza del paseo. El sonido del agua hace el resto: parece contar historias de aquellos peregrinos que un día cruzaron el mismo puente buscando lo mismo que tú.

Qué hacer cuando no caminas

Molinaseca es pequeño, pero su encanto ocupa cada rincón. La iglesia de San Nicolás de Bari, con su torre recortada sobre el horizonte, invita al silencio. Por la tarde, las calles empedradas se llenan de reflejos dorados; caminar sin rumbo es casi obligatorio. En verano, la playa fluvial del Meruelo se convierte en punto de encuentro entre peregrinos y vecinos; todos acaban mojándose los pies y brindando con cerveza fría.

Hay tiempo también para las pequeñas cosas: comprar pan en la tienda del pueblo, asomarse al huerto de algún vecino que ofrece tomates o melocotones, o simplemente observar cómo el sol se esconde sobre los montes bercianos.

El Camino sigue, pero algo cambia

Al amanecer, cuando la bruma cubría el río, emprendí el tramo hacia Ponferrada. Caminé en silencio, con el sonido de mis pasos sobre las piedras y el recuerdo reciente de una noche tranquila. Sentí que La Casa del Reloj, con su hospitalidad sencilla, me había regalado algo más que descanso: una reconciliación con el camino, con la fatiga y con la vida misma.

El Camino de Santiago tiene mil formas de enseñarte —y todas diferentes—, pero algunas lecciones llegan justo ahí, en lugares como Molinaseca, donde el tiempo parece detenerse solo para recordarte que aún estás vivo, caminando, sintiendo.

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