Este artículo (escrito por Dorie Gold) apareció por primera vez en el Jerusalem Post el 9 de octubre de 2022.
El apoyo del Primer Ministro Yair Lapid a la “solución de dos estados” durante su discurso ante la Asamblea General de la ONU reabrió el debate israelí sobre los beneficios de esta política para el Estado de Israel.
Para recordar, la solución de dos estados nunca fue parte de los documentos clave que proporcionaron la base diplomática para el proceso de paz árabe-israelí en el pasado. Se destaca que ministros importantes en el propio gobierno del Sr. Lapid se abstuvieron de subirse al carro de los dos estados, incluido el ministro de Defensa actual, Benny Gantz.
Como ha escrito el embajador Alan Baker, ex asesor legal del Ministerio de Relaciones Exteriores durante los años de Oslo, la solución de dos estados, o en cualquiera de sus múltiples acuerdos de implementación que se generaron a lo largo de los años «Suena justo, por eso los diplomáticos se han sentido atraídos por él, convirtiéndolo en un mantra diplomático. Pero como quiera que suene, la solución de dos estados no se extrae de los compromisos legales vinculantes hechos por Israel en el pasado. Asumir que ese es el caso es incorrecto e incluso engañoso»
En octubre de 1995, el primer ministro Yitzhak Rabin pronunció su último discurso ante la Knesset semanas antes de ser asesinado. En el discurso, describió cuáles deberían ser los componentes de un acuerdo de paz final con los palestinos. En retrospectiva, ahora se destaca que no hizo ninguna referencia a la solución de dos estados. Su respaldo al Estado palestino en sí mismo fue, en el mejor de los casos, tibio. De hecho, solo habló de una entidad que era, en sus palabras, «menos que un estado».
Otro problema que genera la terminología de la solución de dos estados es la expectativa de que si las quejas de los palestinos se aborden y resuelvan por completo, el conflicto árabe-israelí más amplio llegará a su fin. Los diplomáticos adoptaron la “solución de dos estados” como una especie de llave mágica que resolvería el conflicto árabe-israelí. No hay indicios de que esto haya sido alguna vez cierto. Volviendo a 1948, en el momento de la primera guerra árabe-israelí, sería justo preguntarse por qué los estados árabes en ese momento invadieron el naciente Estado de Israel en primer lugar.
Hay una escuela de pensamiento entre los historiadores que cada uno de los estados árabes, en aquel entonces, tenía sus propios objetivos particulares para atacar a Israel: Damasco buscaba establecer una Gran Siria en el Levante, Amman esperaba reforzar su control sobre los lugares sagrados en Jerusalén después de que los hachemitas perdieran los lugares sagrados del Islam que una vez ocuparon en el Hiyaz, y El Cairo buscaba conectarse con el Mashreq, esa parte del Medio Oriente que estaba ubicada en el oeste de Asia, y al hacerlo evitar quedar aislado en África del Norte.
Si las consideraciones de los árabes palestinos eran primordiales para el mundo árabe, entonces ¿Por qué no se estableció un estado palestino en Judea y Samaria durante esos años, cuando el mundo árabe tenía la oportunidad porque ya controlaba esas áreas?
Es cierto que los árabes palestinos intentaron brevemente establecer un miniestado en la Franja de Gaza, conocido como el Gobierno de toda Palestina, pero nunca obtuvo un respaldo más amplio a través del reconocimiento internacional.
Su asociación con el mufti de Jerusalén, Hajj Amin al-Husseini, el líder palestino más visiblemente conectado con la Alemania nazi durante la guerra, socavó las posibilidades de éxito del Gobierno de toda Palestina. Gaza siguió siendo un área bajo ocupación militar egipcia hasta la Guerra de los Seis Días.
Hoy, Israel necesita diseñar un enfoque del conflicto palestino-israelí que tenga en cuenta las verdaderas dimensiones del conflicto más amplio. El conflicto árabe-israelí se ha parecido a un acordeón que puede expandirse o contraerse según las circunstancias internacionales.
En 1967, había una fuerza expedicionaria iraquí que buscaba cruzar a Israel atravesando Jordania. El conflicto había crecido. Para 2022, Irak ya no era el mismo factor estratégico. Y es Irán el que recluta milicias chiítas de todo el Medio Oriente y enviándolas principalmente a Siria.
Hoy existe el riesgo que si la solución de dos estados se populariza nuevamente, sin justificación, Israel se verá sometido a crecientes presiones internacionales para que se adhiera a sus términos, incluso si no se aplican. Corre el riesgo de despojar a Israel de su derecho a fronteras seguras, que es una parte integral de la Resolución 242 (de 1967).
Lo que los acontecimientos recientes han demostrado es que ha surgido un Oriente Medio muy diferente. La diplomacia sigue siendo vital en este nuevo período, pero solo dará resultados si atiende a los intereses vitales de las partes que se involucran en ella. Esa es la lección de los Acuerdos de Abraham, que produjeron cuatro acuerdos de normalización entre Israel y los estados árabes.
Pero en este momento, la solución de dos estados es solo un mantra que suena bien y que desviará a los diplomáticos. Este debería ser el mensaje del Estado de Israel la próxima vez que un primer ministro israelí se dirija a la Asamblea General de la ONU.
