El conflicto en Gaza sigue su curso, y con él, las posturas intransigentes que dificultan cualquier posibilidad de una solución negociada. El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ha dejado claro este domingo su alineamiento absoluto con los objetivos bélicos de Israel, afirmando que Hamás «debe ser erradicado». Estas palabras, lejos de impulsar la paz, refuerzan una narrativa de guerra perpetua y ponen en jaque el frágil alto el fuego que aún intenta sostenerse.
En su reciente encuentro en Jerusalén con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, Rubio no solo reiteró el apoyo de Washington, sino que también se hizo eco de la retórica belicista del expresidente Donald Trump. La propuesta de trasladar a la población palestina fuera de la Franja de Gaza y reconstruirla bajo propiedad estadounidense, respaldada por Netanyahu, no es más que un intento velado de rediseñar la región sin tener en cuenta a sus propios habitantes. Esta «estrategia común» entre Israel y EE.UU. pone en evidencia que la diplomacia ha quedado relegada al último plano.
La postura de Rubio y Netanyahu también ignora un hecho clave: Hamás, a pesar de haber sufrido pérdidas significativas, sigue en pie y ejerciendo control en Gaza. Erradicarlo por completo no es solo un objetivo ilusorio, sino una estrategia que amenaza con perpetuar el sufrimiento de la población civil y alimentar aún más el ciclo de violencia. La historia ha demostrado que la política de aniquilación nunca ha sido una solución realista ni sostenible.
Mientras tanto, la tregua pende de un hilo. La liberación de rehenes, las negociaciones pendientes y la posible retirada de las fuerzas israelíes podrían verse comprometidas por una retórica de guerra total.
La declaración de Rubio de que «la paz se vuelve imposible mientras Hamás siga existiendo» no deja espacio para soluciones intermedias, ignorando que la paz nunca se ha construido desde la aniquilación total de un adversario, sino desde el reconocimiento y la negociación.
El ataque aéreo israelí de este domingo, que resultó en la muerte de tres policías palestinos mientras protegían la entrada de ayuda humanitaria en Rafah, es otro recordatorio de que la violencia no discrimina y que las víctimas siguen acumulándose a ambos lados del conflicto. Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿Hasta cuándo seguirá prevaleciendo la lógica de las armas sobre la diplomacia?
En un escenario donde la desescalada parece cada vez más distante, los líderes mundiales tienen la responsabilidad de ofrecer alternativas reales. El respaldo incondicional a una guerra sin matices no es una solución; es, más bien, una condena al eterno retorno de la violencia.

