El mundo vuelve a mirar a Washington con asombro. El presidente Donald Trump ha firmado una orden ejecutiva explosiva que amenaza con encender una nueva chispa en el tablero geopolítico del Caribe: todo país que vende petróleo a Cuba podría ser castigado con aranceles por Estados Unidos.
Amparado en lo que califica como “emergencia nacional”, Trump lanza un ultimátum que recuerda los episodios más oscuros de la Guerra Fría. La medida, presentación con un tono de cruzada patriótica, se justifica –según la Casa Blanca– como un paso para “proteger la seguridad y la política exterior” del país. Sin embargo, su auténtico impacto podría sentirse mucho más allá del Golfo de México.
La orden permite imponer nuevos impuestos ‘ad valorem’ a cualquier nación que suministre hidrocarburos a la isla. Ni los países ni los porcentajes han sido revelados, pero el mensaje es claro: quien coopere con La Habana se enfrentará al poder económico del gigante norteamericano .
Desde Cuba, la respuesta fue inmediata y desafiante. El canciller Bruno Rodríguez no dudó en usar palabras incendiarias: denunció “un brutal acto de agresión” y acusó a Washington de inventar pretextos para soportar “el bloqueo más prolongado y cruel jamás impuesto a una nación”.
Con una infraestructura energética al borde del colapso y apenas la mitad del suministro garantizado, Cuba podría vivir semanas decisivas. Mientras tanto, la comunidad internacional observa cómo Trump vuelve a mover las fichas del poder con mano de hierro , haciendo temblar los viejos cimientos del orden hemisférico.
