Mañana, sábado, cuatro de marzo de 2006, en el caso o supuesto de que mi hermano José Javier viviera (que vive, pero en los corazones, las retinas, los caletres y carretes –hechos o metamorfoseados en fotografías- de muchos de sus deudos y amigos; y en bastantes prosas y versos de su hermano del alma, el menda lerenda, “Otramotro”, hubiera cumplido 46 tacos.
El pretérito 25 de febrero, como todos los 25 desde hace la friolera de más de 5 lustros, mi señera y señora madre, Iluminada, el “Chato” y quien rubrica estas líneas (finado mi señor y piadoso padre, Eusebio, uno procura suplir, sin desentonar demasiado, su insustituible y clamorosa ausencia) acudimos a la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes para celebrar una misa por el sufragio del espíritu (un contrasentido, porque le faltan unas pocas décimas, escasos gramos o unos milímetros apenas para ser tenido, apodíctica e inconcusamente, por santo) de “Javi”, su primogénito y nuestro hermano mayor, cuyo óbito, suceso indeleble, corolario de un accidente de tráfico, ocurrió (otra paradoja de su corta existencia) el día de Navidad de 1978, nueve meses después de haber alcanzado su mayoría de edad, dos meses escasos después de haber obtenido el carné de conducir y tras tres semanas incompletas de haber votado a favor de nuestra Carta Magna.
Por estas mismas fechas, hace poco más o menos 27 in(f-v)iernos, recién salido del hospital, comencé a juntar letras y a medir o computar silábicamente versos, que dedicaba exclusivamente a mi musa (que, en mi caso, era muso, mi tato) y mecenas, quien era conocido por el sobrenombre (que, con el transcurso del tiempo, adopté como mi primer seudónimo) de “Ribelius”.
He aquí, levemente enmendada, “EL CENTRO DE MI EXISTENCIA”, la primera muestra lírica de mi quehacer poético:
“Tenerte saber quisiera, / sorber de ti muchas cosas; / gozar de tus risas, rosas, / y que yo las esparciera / por mi nuevo jardín verde.
“Sin ti, el mundo se pierde, / amado hermano José, / algo que ahora no sé / expresarlo de palabra; / pues, aunque ipso facto la abra, / a la boca me refiero, / sabes muy bien que prefiero, / oírte hablar muy despacio, / que, aunque por poco espacio, / yo ya por tu voz sanado, / lo haces muy desde dentro.
“Te tengo en el pensamiento; / por eso, hoy me arrepiento / de haberte dejado a un lado, / de no reputarte el centro”.
Ángel Sáez García
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