“El orgullo no tiene sabor, ni color, ni tamaño. Y sin embargo, es lo más difícil de tragarse”.
August Black
Me llamo Yaiza, tengo veintitantos (veintimuchos) otoños y soy una MIR canaria. Tuve la suerte de conocer a Ángel Sáez García, colaborador habitual de este medio, el verano pasado en el servicio de urgencias del Hospital Clínico de Santa Cruz de Tenerife.
Tengo para mí que el menda lerenda acertó de lleno en el blanco o centro de la diana cuando empezó a envidiar la conducta de ciertos simios; porque, por varias misivas de un misionero castísimo, amigo suyo (que nunca yació con ninguna hembra, quiero decir, que jamás puso en práctica ni ejercitó la postura tal ni cualesquiera otras, las contuviera o no el Kamasutra), supo de lo que unos indios amazónicos, convenientemente alfabetizados por el susodicho, comentaron al mentado, mas no bajo secreto de confesión, que existían unos monos gramáticos que escribían con impecable caligrafía (bello rasgo o trazo), excelentes acentuación y puntuación y sin faltas de ortografía (correcta grafía), pero que no lo hacían en presencia de seres humanos vestidos, y que tampoco accedían a firmar sus textos teniendo como testigos personas que no portaran “tapasexos” externos, porque estaban persuadidos (era prejuicio que se había instalado y aun enquistado en sus testas) de que si éstas los cogían in fraganti y, además, rubricando sus escritos, seguramente, los contratarían como amanuenses suyos, tarea que reputaban abominable, o como bichos raros de un circo ambulante, rol que, asimismo, detestaban.
“Otramotro”, escritor variopinto (a veces me pregunto qué cuartillas habrán emborronado quienes le critican tan desaforada y hasta furibundamente, quienes se lanzan sin ambages ni bozal, directos, con los colmillos recién afilados a su yugular, o sea, quienes buscan degollarlo), unos días mejor que la media, otros, peor, parece haber asimilado la lección. Si se hubiera comportado desde el principio de manera tan circunspecta, de modo parecido a como se condujeron y conducen los monos gramáticos, no tendría que arrostrar ahora las desventajas que lleva aparejada la fama y su pareja de baile, la envidia.
No todos vendemos, como, según cuenta la Biblia, hizo Esaú, nuestra primogenitura por un plato de lentejas, pero la inmensa mayoría de los humanos hacemos las labores propias de nuestro puesto de trabajo, el que sea, a cambio de un fajo (más o menos gordo o delgado) de billetes.
Yaiza, negra honesta de Emilio González, “Metomentodo”; y éste, a su vez, negro decente (¿demente?) del menda lerenda, “Otramotro”.
Ángel Sáez García
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