SI ES LA VIDA UN CHISPAZO ENTRE DOS NADAS.
LA DICHA ES UN DESTELLO ENTRE TIBIEZAS
Ciertamente, todas las personas mayores de edad (y con dos dedos de frente) que en el mundo somos, desde que otrora tuvimos conocimiento subjetivo de que la felicidad, por haberla experimentado en nuestras propias carnes, existía, todas, sin excepción, quisimos gozar cuantos más momentos dichosos nos acaecieran a lo largo de nuestra existencia mejor. Porque, como regla general, la felicidad es momentánea, instantánea, efímera. Y quien la probó, como escribió Lope de Vega en el verso décimo cuarto, que remata su celebérrimo soneto 126, que arranca este endecasílabo, “Desmayarse, atreverse, estar furioso”, sobre el amor, lo sabe. La felicidad, si fuera diuturna, duradera en el tiempo, si perdurara, sería contraproducente, porque no la podríamos saborear en su justa medida, ni valorar como se merece. Esta circunstancia la supo ver y cazar al vuelo Baltasar Gracián, quien hizo lo oportuno al dejar escrito su hallazgo: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.
Reconozco que me plugo sobremanera escuchar o leer en el pasado el argumento de quien sostuvo la tesis de que la felicidad se hallaba o cabía encontrarla en las pequeñas cosas; luego ya me molestó, me pareció que bordeaba el cinismo y hasta traspasaba el territorio de la desvergüenza cuando concluyó su razonamiento poniendo estos dos ejemplos, en poseer un pequeño chalé con piscina y un pequeño velero o yate.
Atento y desocupado lector (como ya sabe qué esperaba leer entre los signos de apertura y cierre de este paréntesis, por esta vez, solo por esta, lo obvio) de estos renglones torcidos, el abajo firmante disfruta mucho cada vez que se reúne a comer con sus amigos “los Luises” (Calvo Iriarte y De Pablo Jiménez) y Josemari; y también culminando algunos hechos durante el fin de semana; verbigracia, los viernes, pinchopoteando con Pacho y Armando, y los sábados, si están en Tudela Pío y Diana, cerveceando con ellos en algún bar del centro o, si hace frío o llueve, charlando y tomando un tentempié en su casa.
He reconocido en varias ocasiones (ignoro el número exacto; en textos escritos en prosa y/o verso) que me divierto de lo lindo en el momento que procedo a firmar mis urdiduras o “urdiblandas”; es mi instante diario de satisfacción personal, que no se parece a ninguna otra sensación y/o emoción.
Asimismo, este menda fruye leyendo, durante el finde, EL PAÍS. Y sigue tomando notas de todo aquello que le llama la atención o considera memorable. Así las cosas, el pasado sábado 14 de febrero de 2026, en la página 42 del Periódico Global, leyó el artículo de Jacinto Antón, que lleva el rótulo de la primera mitad de la frase subrayable del escritor australiano Richard Flanagan: “Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más”, que cabe leer en su novela “El camino estrecho al norte profundo”, por la que recibió el Premio Booker en 1914. A la susodicha locución cabe formular alguna objeción; porque hasta el feliz puede acudir al pasado y ser capaz de saborear la estela o el rastro que dejó una felicidad vivida en aquel presente. Y el infeliz jamás lo es de forma seguida, continua, pues tiene sus centelleos de dicha, aunque ocurran dentro de sueños (estando despierto o dormido).
Ayer, domingo 15 de febrero de 2026, en la contraportada o página 56 de EL PAÍS, leí, como es mi costumbre, la columna de Manuel Vicent, titulada “Un poco de felicidad”. Cito su final: “’La felicidad es un ideal de la imaginación’, dice Kant. Desde los presocráticos, todos los filósofos y moralistas han tratado de dar respuesta a esta aspiración humana de ser feliz. A mi juicio, Schopenhauer ha dado tajantemente en el clavo. Dijo: ‘La felicidad consiste en no tener envidia’. Que ese vicio cruel e implacable no me ataque es la plegaria que elevo a los dioses todos los días”. Acaso dio antes en el mismo blanco o centro de esa diana fray Luis de León, quien, al salir de la cárcel, escribió su Oda XXIII, una décima no espinela. Y la clave está en el verso final de la misma: “Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado / y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / con solo Dios se acompasa / y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso”.
Precisamente, el pensador alemán Arthur Schopenhauer, en “El mundo como voluntad y representación” (1818), encomia “El Criticón”, del que opina que acaso sea la más grande y la más bella alegoría que haya sido escrita jamás; y, catorce años después, en una epístola datada el 16 de abril de 1832, afirma: “Mi escritor preferido es este filósofo Gracián. He leído todas sus obras. Su “Criticón” es para mí uno de los mejores libros del mundo”. Pero prefiero acabar este texto con el pintiparado adagio 174 de su “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647): “No vivir a prisa. El saber repartir las cosas es saberlas gozar. A muchos les sobra la vida y se les acaba la felicidad. Malogran los contentos, que no los gozan, y querrían después volver atrás, cuando se hallan tan adelante. Postillones del vivir, que a más del común correr del tiempo, añaden ellos su atropellamiento genial. Querrían devorar en un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida. Viven adelantados en las felicidades, cómense los años por venir y, como van con tanta prisa, acaban presto con todo. Aun en el querer saber ha de haber modo para no saber las cosas mal sabidas. Son más los días que las dichas: en el gozar, a espacio; en el obrar, a prisa. Las hazañas bien están, hechas; los contentos, mal, acabados”.
Ángel Sáez García