COMO TODOS PODEMOS HACER RUIDO,
LES ALECCIONARÁ PRONTO OTRAMOTRO
Tras haber vivido 64 primaveras, he llegado a la conclusión interina, provisional (como no soy dogmático, sino tolerante, transigente, excepto con quien se cierra en banda como un cerrojo o almeja, puedo cambiar de parecer por la sencilla razón de peso de que otra opinión nueva —al menos, para mí— haga que me olvide de la presente, en vigor), de que, en este mundo inmundo (que siempre lo fue), cabe hacer una distinción simple: los seres humanos que estamos sobre la faz del planeta azul, la Tierra, somos personas de dos tipos, buenas y malas. Las buenas podemos ser malas cuando nos topamos con las malas, que tienen la habilidad de sacar lo peor de nosotros. Las malas pueden ser buenas también en determinadas circunstancias.
Basta que ocurra en un territorio, provincia o ciudad una calamidad, una catástrofe, para que la susodicha saque lo mejor y lo peor del ser humano, la empatía, la generosidad y la solidaridad hacia los otros, y sus instintos y pulsiones peores, para, aprovechando el desconcierto, por ejemplo, romper el cristal de un establecimiento y arramblar con todo el escaparate, dando curso al ladrón que permanecía agazapado dentro de uno.
Un accidente mayúsculo de avión o tren puede hacer que nazca al instante en ciertas personas la necesidad de donar sangre, aun sin haberlo hecho nunca, por el mero hecho de saber que es donante universal, o sea, que su sangre puede valer para cualquier grupo sanguíneo.
Lo reconozco sin ambages ni requilorios, soy un buen y mal seguidor de Jesús de Nazaret. ¿Por qué malo? Porque no soporto, verbigracia, que, si alguien me ha dado un tortazo, deba poner el otro lado de la cara para recibir en él otro mojicón. Debe ser que mi actividad docente no la he olvidado del todo, y aún tira tanto de mí, que tengo que fungir de tal, dando a quien lo merezca, velis nolis, una lección.
La pasada noche (hablo de la siguiente a cuando escribí el borrador primigenio de este texto, no de la anterior a cuando este vea la luz en mi bitácora) los vecinos de arriba, los del infierno, deudos o familiares de Lucifer, Mefistófeles o Satán, al alimón, en tándem, por parejas, se han dedicado a extorsionar mi sueño, que es una clara práctica diabólica. En el dormitorio común del seminario menor navarretano había un cartel clavado con chinchetas en un panel de corcho que aireaba que el sueño ajeno era sagrado y había que respetarlo a machamartillo y a ultranza. Los demonios de arriba, los adultos y los críos (¿de quiénes van a aprender a ejercer de diablo?; evidentemente, de quienes están cerca y toman como modelos conductuales, actitudinales, aunque sean pésimos ejemplos, claro), los primeros, por la noche, los segundos, por la mañana, no se cansaron de hacer ruido, el mal, de maltratar el suelo de su casa, porque eso llevaba aparejado maltratarme, ultrajarme, aunque fuera indirectamente. Aun así, con esas dificultades u óbices, escribí el texto que titulé “Cometieron errores como seos”.
A las tres de la madrugada algún diablo (parece saber que duermo en la habitación que queda junto al baño) tuvo la óptima idea de ducharse. Y dijo: vamos a despertarlo.
La colección o el muestrario de estridencias y golpes secos, con una variada gama de estruendos, originados por enseres de todo tipo, arrastrados por el suelo, es digna de exhibirse en el mayor y mejor museo de contaminación acústica del orbe.
A la primera pareja le superó la segunda, que siguió con el mismo procedimiento extraordinario.
Decidí irme de casa y descansar a gusto tres o cuatro horas, como hice.
Hoy he determinado que el docente que acarreo conmigo les enseñe.
Nota bene
Acaso no le sobre este apunte al atento y desocupado lector (ya sabe qué viene aquí a cuento) de estos renglones torcidos. Esta urdidura se tituló al principio así: “SI SOLO CON AMOR AMOR SE PAGA, SIGUE A LA TOLEDANA TONELADA”.
Ángel Sáez García