Palpito Digital

José Muñoz Clares

De perdidos al río

El consejo en el ejército era claro: si estás gordo adelgaza, si estás delgado engorda. O, como lo resumían, confúndete con el paisaje. A Pablo Iglesias no se lo imagina uno en un cuartel, si no es de corte bolivariano, y mucho menos en un Centro de Instrucción de Reclutas. No habría sobrevivido a la experiencia si no hubiera sido pasando unos años recluido en una prisión militar aunque sólo fuera por bocazas. Y ahora está en plena crisis de incontinencia a costa de la frustración que le produce estar recogiendo lo que otrora sembró. ¿Qué esperaba, que Rivera le perdonara lo del chicle de MacGyver? ¿Qué los socialistas le disculparan la oscura referencia a la cal viva? ¿Que los ciudadanos que no tenemos anteojeras que nos tapen Venezuela nos olvidáramos de los comisarios políticos que pensaba sembrar por el país, empezando por la justicia? El jovencito profesor – francamente, no imagino sus clases fuera de un rosario de consignas mugrientas – acaba de caer del árbol y se ha dado cuenta de que no va a formar un gobierno de perdedores y de que, salvo en Cataluña, Galicia y el País Vasco, donde a España se la va queriendo cada vez menos, en el resto del país la gente no se fía de un tipo que eclosionó al hilo de la indignación y, desde entonces, en vista de que la indignación decrecía, ha asumido sobre sus espaldas el papel de tenernos indignados a perpetuidad. Él, que llora y gimotea en cuanto siente la proximidad de la momia de Anguita, que no hace ascos a banderas republicanas o abiertamente comunistas, cuando tuvo que ser socialdemócrata se postuló como tal para cosechar el voto socialista que Sánchez está desperdiciando a manos llenas a base de incompetencia y falta de sentido común. No es tiempo de blandenguerías: de perdidos al río, se ve que piensa el mozo, probablemente en inglés chusco – from lost to the river -, y puestos a no gobernar el convento ya saben lo que hace dentro. Y lo está haciendo muy bien. Se le han relajado los esfínteres, el de vociferar y el de soltar por su boca, y ha vuelto a su ser, el que la afición le reclama como otrora le pedían a Guerra: dales caña, Arfonso. Y bien saben los dioses que está a la altura. Se ha soltado el coletero y anda desgreñado de actitud, soltando metralla a diestro y siniestro – algo más a diestro – rabiando frustraciones contra todos – y todas, que si no no me entiende el memo de Sánchez – porque el delirio de asumir el mando se le escapa entre las manos como la arena se nos va entre los dedos. Incapaz de hacerse preguntas serias, y mucho más incapaz de darse respuestas atinadas, la culpa de lo suyo la tenemos los demás y, en todo caso, cualquiera menos él. Errejón, el chico Simpson, que va de moderado como el payaso tonto de los hermanos Tonetti, ha dicho que la actitud del partido debe ser la de no dar miedo, y ha salido Iglesias con que si dejan de dar miedo a los ricos y a los corruptos dejarán de tener sentido como formación política. Así que ha asumido un papel profiláctico de esta sociedad a base de meternos miedo, sin reparar en que el miedo que da es el que surge de las golferías que ha tolerado entre los suyos, el de sus amistades mucho más que peligrosas, el de la arbitrariedad bolivariana que querría implantar en España y el de que no acaba de cuajar una imagen fija de lo que es y lo que quiere. Que lo mismo que se reivindicó comunista y socialdemócrata mañana se puede postular como dictador leninista y encarrilar este país, una vez más, hacia una dictadura de la que tanto nos costó salir, y que podemos estar hartos de una clase política nefasta pero que no hemos alcanzado el punto de pensar que de perdidos al río. Que nos importa este país, que queremos que salga del marasmo al que lo han llevado a base de vetos, y que la solución no es echarnos en manos de gentucilla como Iglesias. Ni aguantar a perpetuidad sus baladronadas.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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