Miguel Díaz-Canel declaró el pasado jueves que Cuba está abierta al diálogo con Estados Unidos «sobre cualquier tema», pero solo en condiciones de igualdad, sin presiones ni injerencias.
En cadena nacional, el líder cubano enfatizó el respeto a la soberanía como requisito indispensable, en un contexto donde el gobierno de Donald Trump ha intensificado las sanciones, cortando el suministro de petróleo venezolano y mexicano, y amenazando con aranceles a terceros proveedores. Esta postura llega tarde para un régimen que, tras la captura de Nicolás Maduro en enero, enfrenta una crisis energética sin precedentes, con apagones generalizados y revividas recetas del Período Especial.
Desde mi perspectiva, las palabras de Díaz-Canel revelan más debilidad que convicción. Admitir problemas con el combustible —»no recibimos crudo desde diciembre»— y evocar las directivas de Fidel Castro suena a nostalgia por un modelo agotado, no a una estrategia viable. Trump, por su parte, ve claro: declara a Cuba «en quiebra» sin su aliado venezolano, incluye la isla en la lista de patrocinadores del terrorismo por vínculos con actores hostiles, y presume de un «diálogo ya en marcha» con «el pueblo cubano». Es una lectura realista: el castrismo ha financiado tiranías regionales y reprimido libertades internas durante décadas, justificando la presión externa.
Cuba no es la «amenaza» que alega Díaz-Canel rechazar; el problema radica en un sistema que prioriza la perpetuación del poder sobre el bienestar ciudadano. Hablar de «diálogo histórico» como legado de los Castro ignora que la verdadera igualdad exigiría reformas profundas: elecciones libres, fin de la represión y apertura económica genuina. Temas como migración o narcotráfico son secundarios si no se toca la esencia política. Guantánamo es una anomalía legal, pero las acusaciones de espionaje y apoyo a regímenes fallidos tienen base.
En resumen, la oferta de diálogo es un movimiento defensivo, no transformador. Trump tiene razón al presionar: sin concesiones reales, las sanciones aceleran un cambio necesario.
Los cubanos merecen opciones más allá de la retórica soberanista; es hora de que el régimen priorice al pueblo sobre la ideología obsoleta. Un acuerdo genuino pasaría por reconocer esa realidad, no por exigir términos imposibles.
