Regreso a Ivanhoe

En octubre de 1187 Jerusalén cayó en manos de Saladino, sultán de Egipto y de Siria, originando la III Cruzada de la cual participaron el emperador Federico I, que halló una muerte absurda ahogándose en un río de Asia Menor, el rey de Francia, Felipe II Augusto y el rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León. Para Septiembre de 1192 Ricardo y Saladino habían firmado un tratado que establecía que Jerusalén quedaba en poder de los musulmanes y que el reino cristiano hallaba su capital en San Juan de Acre.

En aquellos días – según nos cuentan – Jerusalén de las cruzadas era una ciudad formada por calles angostas y edificios de barro y de ladrillo que se amontonaban dentro de un recinto amurallado, provisto de grandes cisternas, para asegurar el suministro de agua en caso de asedio y de un adecuado sistema de desagüe de épocas romanas, que la preservó de muchas epidemias. Testigo de sus paredes, de sus olores y perfumes, de sus mujeres y de sus niños, Ivanhoe – según nos cuenta ahora Walter Scott – vistió la casaca templaria erigiendo su lanza en favor de Ricardo III; fue un cruce signatus, un cruzado, adjetivo derivado del simple hecho de que quienes peregrinaban hacia Jerusalén solían coserce o bordar en el vestido el símbolo de la cruz.

La Inglaterra de Ivanhoe rebosa de romanticismo, de bravura y valentía, de honor por la palabra dada y estoicismo frente a una muerte que puede llevar el nombre de una mujer o de una nación. Así también, el fanatismo religioso, la intolerancia y el resentimiento, los prejucios raciales y la persecución de hombres y mujeres inocentes en la mayoría de los casos quemados vivos por el despotismo cristiano son el suelo fértil donde los personajes de Ivanhoe dan a luz. La novela histórica romántica que cobra vida gracias a Scott está poblada de situaciones donde el hombre entrega su espíritu por una bandera, por un reino, por un lugar privilegiado en la historia futura; en otras palabras, las mismas que utiliza Ivanhoe con Rebecca cuando ésta le suplica desde su infinito amor por él que le diga que le queda a cambio de la sangre derramada: “¿Qué nos queda? La gloria, doncella, la gloria que ilumina nuestras tumbas y transmite a las edades futuras nuestro nombre”. En suma, la ética de la caballería entendida como ideal de defensa de los pobres, de los débiles, de los desheredados, y al mismo tiempo, como la aceptación del martirio en batalla contra los infieles.

Lo interesante es que Ivanhoe no ve a Rebecca como una hermosa y sobrenatural mujer, dotada de una belleza sin par y una voluntad titánica que se refleja en una sola mirada, en una frase al pasar, en un murmullo al oído. Rebecca es la mujer y, sin embargo, para Ivanhoe desconoce “los grandes sentimientos que agitan el corazón de una noble dama”, sólo por el hecho de ser judía. En ese memorable diálogo lleno de fuego y de pasión no correspondida el caballero Ivanhoe se revela como un héroe de historieta, donde sus prejuicios lo ciegan de tal modo que es incapaz de sentir por un instante el calor de los brazos de la mujer que le ha curado sus heridas.

El rasgo más fascinante de esta novela es que está escrita por un moderno y, como tal, pretende mediante su pluma crear un mundo que se sostenga por sí mismo y, a la vez, que los personajes desafíen su destino traicionando sus raíces, escapando al mandato divino de las sagradas escrituras, burlando cualquier poder que se legitime por la fuerza de la sangre o el terror de la investidura. De ahí, que Rebecca a mi juicio sea más atractiva que la insulsa Lady Rowena y que Briando Bois-Guilbert sea mucho más interesante que el previsible Ivanhoe.

Sobre el temple de la hermosa Rebecca basta recordar su desafío al tribunal de la Inquisición rechazando el amor del malvado Bois-Guilbert y además echándole en cara semejante epitafio: “¿Qué soy yo misma? Uno de esos seres débiles, educado con ternura, poco avezado al mal y fácilmente asustadizo. A pesar de ello, abrigo la firme convicción de que cuando no hallemos en la liza, tú para pelear, yo para sufrir, mi valor eclipsará al tuyo. Adiós. Ya no tengo palabras para perder”. Cualquier mujer de su época se hubiese arrodillado rezando un plegaria de pánico y miedo. Bois-Guilbert, quizá intuyendo que está frente a la única mujer que puede acabar con su vida, sentencia: “!Adorable criatura, tan joven, tan bella, tan inaccesible a los terrores de la muerte, y condenada, no obstante, a perecer en la ignominia y los tormentos! Al mirarte siento humedecer mis párpados por las lágrimas que hace veinte años no conocía. No importa. Es necesario, ya nada puede salvarte. Tú y yo somos los ciegos instrumentos de una fatalidad irresistible, que nos arrastra como a dos barcas empujadas por la tempestad y las sepulta en el abismo, estrellándolas una contra otra”. A lo cual Rebecca, consciente de que la voluntad de los hombres se define por aquella última frase pronunciada antes de la muerte, le contesta: “Achacar a la fatalidad las consecuencias de sus pasiones, eso suelen hacer los hombres. Bois-Guilbert, te perdono aunque seas la causa de mi temprana muerte”.

Con esta frase Rebecca se sitúa para siempre en ese altar que los mortales ofrendamos a las mujeres que marcan el camino, a las Madame Butterfly, a las Emma Bovary, a las … Quién pudiese entregar su vida por una mujer de esa magnitud. Sí, ya presumimos quién pero tengamos en cuenta que también es un templario, cruel y asesino de “infieles”, que por ley divina no puede casar a una mujer y que haría quedar a cualquier nazi como un niño de pecho.

El Ivanhoe de Walter Scott es también ilustrado y ha leído a Voltaire, el cual sostenía que lo único que los cruzados habían traído a Europa de la aventura oriental era la lepra. En toda ese poema épico llamado Ivanhoe hay un llamado a la pluralidad de las culturas, a la defensa del hombre frente al desquicio y la locura religiosa, a la tolerancia y la búsqueda de una acuerdo racional antes que un enfrentamiento que culmine en una carnicería humana. Esos monólogos monocordes entre sajones y normandos, la crudeza de las palabras dirigidas en todo momento al pobre judío Isaac y los tormentos que conllevan, la frialdad de los personajes frente al sufrimiento en general hace pensar que el sólo hecho de haber nacido cinco metros fuera de los bordes del imperio cristiano era la muerte segura. Sin lugar a dudas este es el logro de Scott: entregarnos ese mundo aterrador en la silueta del querible Lockseley, del simpático Wamba y del gran Ricardo III.

Pero no cometamos el error de resaltar la veracidad de la situación histórica por sobre la belleza poética ante la cual Scott siempre se rendía. Scott es antes que nada en el mundo un poeta, un poeta escocés entusiasmado con un destino de grandeza para su pueblo; más cerca de Hume que de William Wallace , más amigo de Fergusson que de Robespierre. Su poesía es el grito por el hombre en el campo de batalla. Su grandeza, el rostro de una bella y frágil mujer ante el costado irracional de los hombres en una época de desdicha. Como todas las épocas.

Escrito en marzo de 2000

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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