En torno a Oxfam y el «free trade coffe»

En la red hay un interesante debate sobre quienes dicen que los defensores del libre mercado no pueden objetar nada a que se venda café con las etiquetas de la marca Oxfam. Así lo puntualiza Peter Singer, profesor de Bioethics en la Princeton University:

«Paying more for a Fairtrade label is no more “anti-market” than paying more for a Gucci label, and it reflects better ethical priorities. Fairtrade is not a government subsidy. Its success depends on market demand, not political lobbying. Fortunately, in Europe, that market demand is growing rapidly. One hopes that it will soon reach similar levels throughout the developed world, and wherever people can make choices about their discretionary spending».

Brink Lindsey, del Cato Institute, coincide pero llama la atención sobre los perjuicios del intervencionismo económico no importa que bien intencionada esté:

«However well-intentioned, interventionist schemes to lift prices above market levels ignore those market realities. Accordingly, they are doomed to end in failure – or to offer cures that are worse than the disease. There are constructive measures that can help to ease the plight of struggling coffee farmers, but they consist of efforts to improve the market’s performance – not block it or demonize it».

Que Oxfam se está forrando con sus proclamas anticapitalistas es algo evidente. Pero me preocupa el trasfondo ideológico de esta iniciativa que desconoce cosas tan obvias como que no existe un comercio justo y otro injusto: existe el intercambio voluntario de bienes, intercambio que es justo no porque así lo decrete Oxfam sino porque las partes involucradas lo han acordado de esa forma. Dos personas intercambian bienes porque consideran que lo que reciben vale más que lo que dan a cambio. Y punto.

Esos músicos y artistas que se muestran tan solidarios y organizan festivales en favor de esta causa no son carmelitas descalzas. Cuando viajan a otros países utilizan una compleja maquinaria de publicidad, marketing y managment que tiene como único objetivo vender y captar más mercado. Es muy loable y nadie lo discute. Pero resulta paradójico que, con el éxito obtenido, ahora pregonen formas de comercio «justas» y «más solidarias», cuando, en realidad, podrían decirle a los pueblos del Tercer Mundo: «!Hagan como nosotros,
enriquézcanse!».

Sin embargo, Oxfam le propone a los pueblos pobres que se hagan las víctimas de la explotación capitalista acusando a los ricos de no comerciar con ellos. Quien quiera saber más puede leer Alan Oxley, quien ha escrito sobre el lado oscuro de Oxfam:

The core of Oxfam’s political platform is human rights. It aims to «empower» people in poor countries. This sounds good, but it is high risk. It requires Oxfam to take sides and can lead it into unacceptable company. When does today’s union activist in Peru become tomorrow’s Shining Path Maoist revolutionary? Or today’s social worker in Palestine, tomorrow’s supporter of terrorism? Careful aid agencies shirk these risks. Not Oxfam. It has been enmeshed and doesn’t seem to mind. The Institute of Public Affairs in Australia has revealed that Oxfam has supported radical groups in both Palestine and Indonesia.

En suma, si los coreanos, los chinos o los japoneses hubieran seguido los postulados que defiende Oxfam, hoy todavía seguirían hundidos en la miseria. Por ese razón Oxfam debería pedir mercados abiertos y competitivos, la forma más justa de comercio.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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