Si busca un camino rápido para hacerse un hueco en el mundo de los medios, olvide las rutas habituales: carreras, másteres, diplomas… No valen para nada. Ahí está la ex concejala socialista de Los Yébenes, Olvido Hormigos, heroína de nuestro tiempo, que ha conquistado el estrellato por una vía mucho menos convencional -LEA EL TRASGO EN LA GACETA-.
Después del carajal organizado por su famoso vídeo íntimo, doña Olvido ya ha conquistado las cumbres de la fama mediática. Dicen en Vanitatis que ha cobrado 30.000 euros por su esplendorosa aparición en bañador en el programa de Telecinco Mira quién salta.
La fama le ha durado muy poco, porque la han eliminado a la segunda ronda, pero dicen las malas lenguas que ya tenía apalabrada su incorporación como contertulia al programa de Ana Rosa Quintana. Allí la veremos sentando cátedra. A lo mejor Olvido coincide en esas tertulias que carga el Diablo con otra estrella mediática: Federico Quevedo, que últimamente se está tomando muy en serio –demasiado– su papel de portavoz oficioso del Gobierno Rajoy.
Quevedo acaba de escribir en Elconfidencialdigital un artículo que es aproximadamente el cuento de la lechera, pero en económico- político. Veamos. El desgaste de Rajoy –razona– se está produciendo al principio de la legislatura, no al final. “Eso quiere decir que el PP tiene todavía margen para la recuperación, y eso va a depender de que tenga éxito en el principal reto que se había propuesto: sacar a España de la crisis. ¿Estamos en el camino?”. Y se contesta: “Si la recuperación llega a finales de este año, y en los meses siguientes se traslada a la economía real, de aquí a 2015 la percepción de los ciudadanos irá cambiando sustancialmente y es más que probable que en el escenario de un PSOE roto y una izquierda muy dividida el PP pueda volver a recuperar la confianza de los ciudadanos y ganar las elecciones generales”.
Para que digan que no queda optimismo. Aquí cada loco con su tema, y el de los políticos de profesión es el hondo deterioro moral del gremio. En el mismo medio digital, el ex bellotari Rodríguez Ibarra reflexiona sobre las responsabilidades políticas y las dimisiones a tiempo, y termina poniendo por medio a los jueces para que se lleven las tortas: “La dimisión temprana evitaría el penoso calvario que supone para un imputado la pena de los telediarios. ¿Por qué no se hace así? Porque un dimisionario tendrá que esperar cinco a seis años a que se sepa si era culpable o inocente –¿a dónde volverá si resultara inocente?– y porque a nadie le debe dar confianza ver a dos jueces peleando por ver quién lleva un caso. ¿Qué buscan cuando pleitean por quedarse con los casos más llamativos? ¿Qué clase de Justicia es aquella en la que el resultado de un juicio no depende de los hechos y de las leyes, sino del juez que te toque?”. No deja de ser verdad.
LA RECETA DE LAS TORRIJAS
Como el patio está siempre en estas cosas –y venga la burra al trigo–, Almudena Grandes ha decidido tirar por la calle del medio. “Cada lunes –escribía ayer en El País– me cuesta más trabajo no incendiar esta página. Cada lunes, tengo que darme en la mano un poco más fuerte para no transcribir la receta de los cócteles molotov”.
¡Atención! ¡Peligro! Pero no, no: la miliciana sudorosa va y rectifica sobre la marcha: “Pero escribir una columna como esta implica una responsabilidad, dicen, y por eso, hoy me limito a compartir con ustedes la de las torrijas”. La receta de las torrijas, se entiende. Si es que al final la tradición pesa mucho, ¿verdad? Y bien –se estará usted preguntando–, ¿cómo hace las torrijas Almudena Grandes? Coja papel y lápiz que allá va: “Yo las hago como las hacía mi madre –explica–, la clásica receta de Madrid, leche hervida con azúcar, cáscara de limón y canela en rama para remojarlas, huevo batido para rebozar y aceite abundante, no demasiado caliente, para freírlas con mucho cuidado. Luego las paso por azúcar y canela en polvo, las apilo en una fuente para que escurra el almíbar y no las sirvo hasta el día siguiente”.
Muchas gracias, Almudena. Probaremos a hacer cócteles molotov con esto. Sobre todo deben tomar nota de la receta los cocineros de La Razón, porque, oiga, algo extraño ha pasado en esa casa. Vea usted, por ejemplo, el artículo de José Luis Alvite: “Literatura con gases”, se llama. Y aclara el autor: “Escribo mi columna con un fuerte dolor de estómago, en un estado en el que lo normal sería pegar un grito y blasfemar”. ¿Qué le ha pasado al venerable Chandler gallego? Misterio. Él mismo no da demasiadas pistas: “A veces nos acosa un cólico terrible, es cierto, pero también podría ocurrir que lo que produce el abatimiento de los nuevos románticos no sea la mordedura tenaz de una patología, o la angustia imponderable un demoledor fracaso sentimental, sino un exceso de repollo. Yo no podría decir si la triste actitud literaria de Rosalía de Castro era aflicción emocional o que comía como sus conejos. A veces lo que causa romanticismo es lo mismo que produce gases”.
MÁS INSOMNIOS
Vaya por Dios. Alvite con gases. ¿Quién cocina en La Razón? Porque Alvite no es el único. En la misma página, Alfonso Ussía da cuenta de trastornos igualmente severos: “Arrastro algunas noches sin conciliar el sueño. No duermo. Crujen las maderas y no me asusto. Me pinchan, y no sangro. Me hacen cosquillas en las plantas de los pies y mantengo una expresión de completa indiferencia. Me regalan una camiseta estampada con la efigie del Che Guevara, y lo agradezco. Veo una película de Federico Luppi y no me río. ¿Qué me pasa, doctor? La respuesta ha sido terminante. –Usted está deprimido como consecuencia de una terrible decepción–. Y ha dado en el clavo”.
Dice Alfonso Ussía que la causa de su malestar es lo mucho que le han decepcionado los sindicatos mayoritarios, UGT y CC OO, pringados como están en los ERE andaluces. “En mi insomnio –describe–, he visto a Marcelino Camacho y Nicolás Redondo rompiéndose las manos contra sus mesas de despacho, acusando de sinvergüenzas a centenares de sombras inconcretas y ordenando una rigurosa y estricta relación de sindicalistas comprometidos con las estafas”. Ya. Y nosotros, nos lo creemos. No, Ussía, no mientas: a ti lo que te ha puesto así es la cocina de La Razón, como al pobre Alvite con sus gases. En esa casa han de cambiar de cocinero.



