LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho desnuda a Albert Rivera: «Le tienta hacer política de izquierda… con votos de la derecha»

"El joven líder catalán, que aunque contiene su ego, gusta de verse en el espejo como un nuevo Suárez"

Ignacio Camacho desnuda a Albert Rivera: "Le tienta hacer política de izquierda... con votos de la derecha"
Albert Rivera, en el bar 'Tío Cuco'. PD

No se sorprendan queridos lectores si les anuncio que de aquí, 22 de octubre de 2015, al 20 de diciembre de 2015, fecha de las elecciones generales, más del 90% de las columnas de opinión van a ir en la línea de qué resultado saldrá en las urnas y los posibles pactos. No hay más vuelta de hoja.

Cerrada el 21 de octubre de 2015 la legislatura, al menos en lo que a Senado y Congreso se refiere, ahora ya no hay partido que piense en otra cosa que no sea la convocatoria del 20-D y los articulistas tras ellos dibujando para sus fieles el panorama de la España que quedará conformada seguramente tras las campanadas del 31 de diciembre.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho quien ve a Albert Rivera (Ciudadanos) como ese Adolfo Suárez que quiere hacer política de izquierdas usando los votos de la derecha:

El gran problema del PP ante las elecciones consiste en que el partido que le va a quitar los votos en las urnas es el que se los puede dar en la investidura. Acostumbrado a ofrecerse como único dique frente a la izquierda, tiene ahora que disputarse el espacio con un nuevo rival al que sin embargo no puede dejar de considerar un potencial aliado. La irrupción de Ciudadanos ha triturado la estrategia del marianismo, que hasta el verano soñaba con capitalizar el rechazo de las clases medias al frente radicalsocialista creado tras las territoriales de mayo. Los populares se sentían entonces donde más les gusta: navegando las aguas del centro-derecha como un gran portaviones junto al que C’s era apenas un barquito de apoyo. Pero el falso plebiscito catalán ha agrandado a Rivera y cambiado el statuquo. El joven líder catalán, que aunque contiene su ego gusta de verse en el espejo como un nuevo Suárez, ha roto los diques de la política bipolar para situarse ante el electorado como dueño de la codiciada etiqueta del centrismo.

Detalla que:

El voto español no responde a programas, sino a marcos mentales, y ahí es donde Rivera se mueve con habilidad y desparpajo. Su discurso mixtificado, basculante, más ecléctico que propiamente centrista, le ha elevado a categoría arbitral ante una sociedad cansada de la dialéctica bipartidista. Sus adversarios le temen y le cortejan, y han empezado a girar en torno suyo. El PP trata de desplazarlo a la izquierda resaltando sus rasgos socialdemócratas y el PSOE -sobrepasado por C’s en su feudo de la periferia barcelonesa- lo empuja hacia el otro lado con el marchamo de «derecha civilizada». Entre ambos sólo logran asentarlo en la calle de en medio, que es donde quiere estar; cómodo de saber que su condición de gozne decisivo lo pone a salvo de ataques nucleares. En cualquier debate va a salir ganador: el antiguo campeón de retórica universitaria siempre tiene a mano una buena respuesta, es telegénico y su organización carece de pasado reprochable. No le costará trabajo acentuar su perfil de casco azul -naranja- en la guerra de desgastados partidos veteranos. El cuarto en discordia le beneficia aún más; en lo de Évole se merendó a base de posibilismo amable a un Pablo Iglesias prematuramente agotado. Podemos, como antes UPyD, se ha quemado por arrancar demasiado pronto; en nuestra ultravolátil escena pública el aplauso está reservado para el actor que aparezca en el último acto.

Y remata con un claro mensaje a quienes vayan a votar a Rivera pensando que lo hacen eligiendo a una derecha más moderna. ¡Ni hablar del peluquín! Es izquierda con piel conservadora:

Nadie sabe aún cuánto de impostura puede haber en este experimento por contrastar. Pero ha logrado en poco tiempo dos efectos plausibles: ofrecer una bisagra nacional en vez de la tradicional de los soberanistas y evitar el desplazamiento a la izquierda que prometía el populismo. Se parece, en efecto, al suarismo, pero no al de la UCD, sino al del CDS. Y como a este, le acecha la tentación de hacer política de izquierda… con votos de la derecha.

Luis Ventoso, en ABC, pone de vuelta y media al secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez, por su última idea, la de perseguir la religión:

En el verano de 2014 los militantes socialistas eligieron como líder a Pedro Sánchez, economista de 43 años, profesor asociado de una universidad de prestigio sonado, la Camilo José Cela, y cuyo currículo político se resumía así: tertuliano en bolos de nivel B, concejal de Madrid y diputado de darle al botón. Al profesor Sánchez lo adornaban también su relativa juventud, su planta apolínea y una sonrisa activa y perfecta. Además, la alternativa era para echarse a temblar: el hamletiano Madina y las agonías de su duda metódica.

Mientras el país celebraba admirado el advenimiento del saludado como «Pedro el Guapo» (los españoles somos así de analíticos), un amiguete de esos que hacen periodismo de calle y palpan la realidad me dijo: ojo, que tras esa fachada de soy guay ese tío es muy revirado (en realidad mi amigo empleó un léxico más pirotécnico, pero como no comparto que espolvorear tacos confiera un aura de modernidad a los artículos lo dejaré a la imaginación del lector).

Asegura que el problema del ‘guapo’ Sánchez es que tiene que suplir la falta de ideas con estos ataques que además son rancios:

La guapura, la corbata en el cajón y la cazadora torera en las giras provinciales perduran. Pero el talante ególatra y áspero que apuntaba mi amigo ha emergido. A un genio se le tolera la bordería autoritaria (lean cualquier biografía de Steve Jobs). Pero si a una entraña arisca le unes un cerebro de voltaje gris el cóctel se torna indigerible. Sánchez carece de ideas, y por eso recurre ahora a un comodín rancio del socialismo camp: zurrarles a los pobres curas, iniciativa extemporánea que nos retrotrae a la era del Algarrobo, Guruceta y el Seat 124.

Todos los partidos socialdemócratas europeos arrastran un problemón: el centro-derecha se ha apropiado de su mejor idea (el Estado del bienestar) y los socialistas no tienen propuestas nuevas de calado para mejorar la economía, que es lo medular. En España su desprestigio se agrava por los logros contables del inolvidable Zapatero, que dejó el déficit en un 9% y mintiendo al que venía detrás, y que demoró de manera culposa la reforma de la banca, alargando innecesariamente la salida de la recesión. Por si eso fuera poco, el PSOE ha logrado enojar a su votante tipo de Lugo, Elche, Soria o Jaén, al ponerse de perfil en la defensa de la unidad de España. Es inaudito que su cúpula no haya reparado en algo tan evidente como que el colacao del «federalismo asimétrico» les da repelús a la mayoría de los españoles y resulta estricnina en las urnas. Pero el profesor Sánchez ha decidido perseverar en esa inteligente línea de molestar a sus compatriotas. Y así, en un país donde más del 70% de la población se declara católica, quiere zumbarle a la Iglesia, que entre otras cosas ha sido uno de los pilares asistenciales que aguantaron el país en las simas de la crisis.

Y claro, acaba diciendo que el líder del PSOE va a dejar el partido hecho unos zorros y ya apunta a su relevo, la presidenta andaluza, Susana Díaz:

Según la encuesta de ABC, que merece atención, porque se ha hecho con casi el doble de entrevistas que las cocinas rápidas de algún competidor, Sánchez se apresta a empeorar el histórico castañazo de Rubalcaba. Un colofón lógico cuando conviertes tu marca en un nuevo «nasty party», prepotente, hueco y felón con su país.

A ver si el PSOE y España tienen más suerte con el siguiente. La sultana del sur, que no lo traga, prepara la mudanza.

Gabriel Albiac hace un retrato de Podemos y como ya el partido de Pablo Iglesias ha quedado retratado ante los ciudadanos con sus experimentos en los ayuntamientos de Madrid o Barcelona:

Me resistí, desde el inicio, a aceptar la autoetiqueta de «izquierdista», para dar razón del grupo de penenes que iba a capitalizar la hondísima ira ciudadana contra toda la política española. No, nada tenía su retórica que ver con izquierda alguna. La política la habían aprendido en un espadón valleinclanesco: el Chávez que los conmovía a hasta hacerles brotar nada menos que «un Orinoco triste» de los lagrimales. La teoría les venía de Perón y su momificada Evita. Es decir, de la forma propia al fascismo en Latinoamérica. Y su mayor refinamiento intelectual pasaba por un vocero posmoderno del peronismo: Laclau. «Populismo de izquierda», esto es, «izquierda peronista», tiene exactamente el mismo contenido léxico que «izquierda mussoliniana» o que «nazismo bolchevique», expresiones ambas que existieron en la trágica Europa de los años treinta. Repetir eso ahora ha vuelto a ser posible: ¡tiempos locos! Encajar su lógica en la estela del izquierdismo que siguió al 68 es, sencillamente, una majadería. El populismo es la matriz básica de los fascismos. Y, como tal, el antiizquierdismo más paradigmático. Que fuera una populista, Fanni Kaplán, la autora del atentado como resultado del cual habría de morir Lenin es de una lógica blindada: entre populismo e izquierdismo no hay más lazo que la guerra.

Explica que:

El avance de una fuerza populista reposa sobre la necesaria ambigüedad de su discurso. Ahora como en el 1922 de la marcha sobre Roma o en el 1933 de la quema del Reichstag. El populismo nace del sollozo de una población que no ve ya en Estado, políticos e instituciones más que una patulea de parásitos. Y que está dispuesta a recurrir a quien sea para correrlos a gorrazos. Plácidos burgueses italianos y alemanes cayeron en ese fatal error: «Que estos bárbaros nos quiten de en medio a la vieja casta de políticos sinvergüenzas, que ya luego nosotros nos encargaremos de fumigarlos a ellos». Por supuesto que se equivocaron. Los bárbaros no dejan nunca con buenas maneras el poder. Y fueron, al fin, los bárbaros quienes barrieron a los burgueses que soñaron ser sus amos.

El populismo no sabe de gestión ni de administraciones. Lo suyo es una emoción que multiplica la fe en el líder supremo. Eso se busca hacer jugar, cuando se concurre a las elecciones europeas con una papeleta cuyo único signo de distinción es el perfil de un individuo con coleta: el jefe carismático. Funciona con facilidad, ese tipo de reconocimiento. Pero debe ir seguido, de inmediato, por la toma del poder. De no ser así, el espectáculo de un líder con talante intelectivo de prima donna corre el riesgo de acabar por no ser grato del todo para sus electores. Los maniquís de escaparate tienen la vida corta en política.

Y sentencia que la oportunidad que tuvo Podemos ya no volverá:

Podemos tuvo una ocasión. De oro. Su emergencia, en una España políticamente putrefacta, le daba todas las bazas para tomar el poder sin coste alguno. Y sin abrir la boca. Pero debía ser, el suyo, un golpe súbito, imprevisto. Sin opción a exhibir incompetencias. De haber jugado su primera baza electoral directamente en las generales, es muy verosímil que hubiera ganado: la virginidad -eso tan raro en política- jugaba a su favor. Pero la baza virginal puede jugarse una vez tan sólo. Malbaratada esa carta en el marasmo de ayuntamientos y de autonomías, el populismo quedó ante un espejo muy desagradable: el de su incompetencia. Ahora, el retorno al pasado no es posible.

La Razón dedica un editorial al penúltimo escandalazo que ha estallado en Cataluña con la detención, entre otros, del tesorero de Convergencia. El 3% le va a costar a Mas y los suyos más que un ojo de la cara.

La respuesta que dio ayer el presidente en funciones de la Generalitat sobre la detención del tesorero de CDC -que es el partido que todavía lidera-, junto a seis directivos de empresas públicas y privadas, explica claramente el uso político que el nacionalismo hace de los negocios. Artur Mas dice que tanto su partido como él son víctimas de una «caza mayor». Es decir, considera que la investigación abierta contra su partido por financiación ilegal sólo tiene un objetivo: frenar el proceso soberanista. El argumento, por más reitaradamente utilizado que sea en el guión del victimismo nacionalista, muestra la consideración que a Mas le merece el Estado de Derecho siempre que esté en juego la «voluntad del pueblo catalán». Es más, incluso ve una «mano negra» que mueve los hilos para acabar con el sueño de una Cataluña independiente de España, que, al fin y al cabo, es su Justicia quien está investigando. Hasta aquí, nada nuevo.

Incide en el hecho de la falta de explicaciones:

Sin embargo, ni Mas ni ningún dirigente de su partido ha dado una explicación sobre los datos que demuestran que CDC recibió donaciones a cambio de la adjudicación a determinadas empresas de obras públicas. No estamos hablando de una suposición, sino de la demostración, según los libros de cuentas, de que de estos presupuestos se desglosaba exactamente un 3%. Así quedó registrado, por ejemplo, en los documentos de la constructora Teyco, donde está anotado dicho tanto por ciento de varias adjudicaciones hechas por cinco ayuntamientos gobernados por Convergència. Este partido no debería olvidar que fue la investigación de un juez de Torredembarra (Tarragona) la que demostró que el ex alcalde de esta población recibió 1,4 millones de la constructora de la familia Sumarroca -cuyo patriarca fue fundador de CDC- y que la supuesta «mano negra» sólo es el trabajo pertinaz de la Justicia. El partido que ha gobernado Cataluña durante treinta años todavía no ha explicado por qué entre 2008 y 2013 recibió, a través de sus dos fundaciones -CatDem y Barcelona Fòrum-, un total de 10,4 millones de euros procedentes de empresas adjudicatarias de grandes obras públicas. Tampoco han aclarado cómo llegaron a las cuentas del partido 3,7 millones de supuestos trabajos no justificados, según advirtió el Tribunal de Cuentas.

Y asegura que aparte de que Mas ya tiene que salir de la política, se vuelven a hacer necesarias otras elecciones en Cataluña viendo como está el patio:

La operación desplegada ayer en Barcelona, en la que se registraron veinte dependencias, además de la sede de CDC -que sigue embargada- complica aún más la reelección de Mas como presidente de la Generalitat. Lo que de nuevo revela el «caso 3%» es que la candidatura Junts pel Sí, en la que se presentó Mas -puede decirse que escondido-, sólo ha sido un sistema de protección para evitar que su partido y él mismo se viesen implicados en un supuesto caso de corrupción. De ahí que en esta coalición, que mantenía como punto fundamental cumplir con la hoja de ruta del independentismo, estuviese incluido ERC, que es, por más anormal que parezca, el partido de la oposición. De esta manera, los republicanos, así como otros candidatos independientes de gran «valor cívico», han mantenido un elocuente silencio sobre los casos de corrupción en los que está implicado CDC y, por lo tanto, son piezas clave de la adulteración política que vive Cataluña. Decir que la situación de Mas es insostenible es no decir nada cuando se trata de un político cada vez más fuera de la realidad. Todo indica que la reelección será imposible y, de fraguarse, nos encontraremos ante un verdadero insulto a la democracia.

En El Mundo, Raúl del Pozo se inspira en el libro del dirigente comunista Felipe Alcaraz donde deja al clan de Podemos a la altura del betún:

«Estamos como piojos en una costura. Los piojosos que van a llegar al poder. Pero al poder no se llega, se asalta. Lerchundi estuvo en el bloqueo de la Puerta del Sol. Luchó con dos cojones, pero se ha desnortado. No está en ningún círculo». Así habla Play (Pablo Iglesias) en Eclipse rojo, que también podría llamarse Eclipse de Sol. En la novela, el dirigente comunista Felipe Alcaraz hace un mordaz y demoledor informe de Podemos en el cuarto aniversario del 15-M. Hay personajes reales con cameos -Anguita, Cayo, Centella- y personajes ficticios. Refleja el libro la pérdida de una oportunidad histórica, destruida por la obsesión de ganar, cambiando el impulso constituyente por el hambre del centro. Retrata a los «traidores-liquidadores, al fulanismo». «Me dijo Pablo que necesitan dirigentes comunistas, no dirigentes del PCE», dice uno. «Ya. Lo que pasa es que los dirigentes comunistas no se pueden encontrar en El Corte Inglés», contesta el otro.

Aclara que:

En el libro, los de Podemos piensan que lo que han de hacer no lo puede hacer IU, lastrada por el «anquilosamiento que ellos creen que son principios». Se describe al enemigo como una muralla muy alta. Hay críticas a los dirigentes. «¿Por qué odian a Centella los neocarrillistas-se pregunta alguien-, si es un personaje que no se mojaría el día del diluvio universal?». En sus páginas de novelista de primera, Felipe analiza la postura de Alberto Garzón entre los quincemayistas; sale bien parado, después de ser criticado hasta el límite por los suyos como presunto traidor.

Pablo Iglesias es Play, como le llamaban las Juventudes Comunistas («Le das al play y empieza el discurso sin dudas, sin paradas»). Es un dirigente obsesionado por la comunicación más que por el poder político. En Juego de Tronos, su biblia, el poder es una sombra y un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande. Íñigo Errejón es la teoría del viaje al centro, ya que Pablo, al dejar el marxismo, se queda vacío. Errejón aparece como Gramsci en el supermercado, una amalgama con Perón-Laclau, «procedía de los círculos anarquistas, es un anticomunista férreo». Monedero queda como primera víctima de Errejón. «Podemos -según Juan Carlos- ha tenido miedo, ha dejado atrás su irreverencia». Pero Pablo, que da explicaciones de tebeo, dice que los intelectuales tienen que volar como Juan Salvador Gaviota.

Y concluye:

Es apasionante el relato del último Madrid, con los ojos tristes de los 227 perros del Prado. «Los reyes de la mirada estólida y sangre podrida se han quedado sin sus mastines». De Argumosa a Lavapiés, en el grupo de WhatsApp comenta Carolina: «Es bonito eso de que quien habla es la Puerta del Sol». Y añade otro personaje: «Aquí nacimos los de Podemos, junto a los jóvenes desesperados. Somos del Real Madrid y del Atlético colchonero, somos el oso y el madroño, somos el exilio y el reino, somos Pasionaria y Sarita Montiel». «Entre las víboras y el proceso de regeneración se produce la dialéctica literaria de esta novela», me dice Alcaraz.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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