LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho lanza una severa advertencia: «El pacifismo samaritano no te va proteger de los yihadistas, vienen a por nosotros»

"Tú eres un superviviente del terrorismo, pero no lo sabes porque te cuesta pensar que los asesinados murieron en tu nombre"

Ignacio Camacho lanza una severa advertencia: "El pacifismo samaritano no te va proteger de los yihadistas, vienen a por nosotros"
Supervivientes de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015 EP

Monográfico sobre los atentados de París, que se saldaron con un centenar largo de asesinados la noche del 13 de noviembre de 2015, es lo que podrán encontrar ustedes este 15 de noviembre de 2015 en las tribunas de la prensa de papel.

Los artículos van desde la más firme condena y repulsa a la acción cometida por los bárbaros yihadistas a quienes también despiertan la conciencia de esas personas que ayer (enero de 2015) eran Charlie Hebdo y hoy (noviembre de 2015) son París porque mañana (o quién sabe cuándo) puede ser cualquiera de ellas la afectada por estos terroristas que alegan que las matanzas que cometen son en nombre de Alá, pero en realidad sus motivaciones son muy distintas

Arrancamos en el diario ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho. El que fuera exdirector de este diario enfoca su columna con un mensaje claro, que estos terroristas vienen a por nosotros y que el pacifismo samaritano no nos va a proteger:

En enero, recuerdas, eras «Charlie Hebdo». Eso pusiste en las redes sociales: je suis Charlie. Pero no, tú no eras Charlie. Porque tú estabas vivo y Charlie, los charlies, estaban muertos, como los guardias y los judíos del supermercado de los que nadie se acordó en la solidaridad plañidera del pensamiento débil. Muertos como los del viernes, tirados en la calle mientras tú corrías a cambiar la foto del perfil de Twitter y de Facebook. ¿Y ahora qué nombre vas a poner? ¿Bernard, Marion, Lucien, Françoise, Phillipe? Tienes 130, elige. Ah, bien, je suis Paris, qué hermoso; qué bonita esa torre Eiffel enmarcada en el símbolo hippie de la paz. Sólo que no estamos en paz. Y que tú tampoco eres París.

Tú eres el que ayer por la mañana, la luminosa mañana de este cálido noviembre, hacías jogging en el Retiro. La que se compraba un bolso y unos zapatos en la Gran Vía. La que paseaba el perrito por la plaza soleada. El que se iba a comer con la familia en el chalé de los suegros. La que se quedó viendo el programa de telebasura en la noche de la masacre. Tú eres uno cualquiera de los que se sentían, nos sentíamos, provisionalmente a salvo. Uno de los que descargaron su conciencia con una frase bonita en internet, amor y fraternidad, #portesouvertes, justo cuando allá en París la Policía ordenaba, pistola en mano, cerrar las ventanas.

Apunta:

Qué vas a ser París. París es esa ciudad donde la gente salió del estadio evacuado cantando el himno nacional, el que aquí abucheamos. París es esa ciudad donde los periódicos hablan de guerra sin tapujos, y donde el presidente socialista promete una respuesta sin piedad, «impitoyable». París es la capital de un país que considera su libertad y sus valores algo mucho más importante que su miedo.

Y tú… tú eres parte de un pueblo que hace once años, en una situación similar, en unos días iguales de sangre y plomo, se amedrentó y echó la culpa a su propio Gobierno. Que duda de su modelo de sociedad y todavía hoy piensa que si nos vienen a matar es porque algo habremos hecho. Que no ha aprendido, basta ver cómo olvida a las víctimas, de su larga experiencia de sufrimiento. Tú eres un superviviente del terrorismo, pero no lo sabes porque te cuesta pensar que los asesinados murieron en tu nombre. Porque prefieres creer que basta con no odiar para defenderte del odio.

Y remacha:

Ese bonito emblema de la torre Eiffel no te va a proteger. Ni el pacifismo samaritano, ni las palabras emotivas, ni las cadenas de cibermensajes, ni el ritual de las firmas, las velas y las flores. Vienen a por nosotros, jesuis, y más vale que te vayas enterando. Te diré lo que eres: la próxima potencial víctima. Así que cuando subas a Facebook una velita por los muertos de París, sube otra por ti. Y acuérdate de por quién doblaban las campanas de Hemingway.

Antonio Burgos se suma a la teoría de que estamos ante una guerra de dimensiones mundiales y que más vale que nos vayamos haciendo a la idea:

No, no es la letra de la sevillana de Manuel Melado. Es la actualidad de esta hora, que muchos se niegan a ver. Mírala cara a cara, que es la Tercera: la III Guerra Mundial. No es guerra convencional, ni guerra fría entre dos grandes potencias. La tenemos tan cerca que nos falta perspectiva sobre la guerra santa que han declarado a nuestra civilización. Suele ocurrir en la Historia. Mi padre estuvo en la Batalla del Ebro, con la 40 División de González Badía, pero no se enteró de que aquello era El Ebro. Sabía que los rojos habían roto el frente y que la ensalada de tiros era de no te menees. Pero no sabía qué era aquello. Como siempre ocurre en todas las batallas: se bautizan cuando ya se han ganado o se han perdido. Como en todas las guerras. La inmediatez de los hechos nos impide la perspectiva.

Seguro que cuando mataron al Archiduque en Sarajevo no sabían que había empezado la Gran Guerra. Ni que cuando Hitler invadió Polonia había comenzado la II Guerra Mundial. Como tampoco supimos que había empezado la Tercera aquella tarde de septiembre de 2001 en que nos llamaron para decirnos que pusiéramos la tele, que parecía que una avioneta se había estrellado contra las Torres Gemelas. A las que habíamos subido todos los que una vez que fuimos a hacer el cateto a Nueva York. Vimos poco después cómo se desplomaban. Nadie pudo contemplar cómo se derrumbaba el Imperio Romano: nosotros sí vimos, en vivo y en directo, cómo se hundía nuestro mundo. Pero como cuando Sarajevo y cuando Polonia, no sabíamos que lo que estaba comenzando, con el siglo, era nada menos que una nueva guerra. Una medieval guerra santa. ¡Vaya fiesta de moros y cristianos!

Añade que:

París no era el sábado precisamente una fiesta según Hemingway. Era la demostración de que si esto en lo que andamos, todos hasta las mismas trancas, no es la III Guerra Mundial, yo no sé qué será la III Guerra Mundial. Guerra sin frentes ni partes. Una guerra con los ejércitos, mientras, repartiendo chocolatinas, bombones y caramelos, por citar muchas absurdas y costosas misiones internacionales de nuestras gloriosas, heroicas y constitucionales Fuerzas Armadas Españolas. Cuando los franceses aislados por la batalla salían del Estadio de Francia cantando «La Marsellesa» (antier vamos a hacer los españoles igual), y cuando los taxistas de París se brindaban otra vez a participar patrióticamente en la contienda, como antaño, como la primera vez de aquel primer amor con la muerte, alguien tendría que habernos dicho a todos, mientras las lamentables televisiones españolas continuaban con sus paquirrines y otras bazofias de consumo masivo: «Es la guerra, imbéciles».

Y, aunque sin nombrarlo, pero llama «imbécil» al presidente que impulsó la llamada ‘Alianza de Civilizaciones’ por creer que así acabaría con acciones como la que tuvo lugar el 13 de noviembre de 2015 en París:

Una guerra por entregas. Como un coleccionable del terror. Por fascículos. La guerra de las Torres Gemelas; la guerra del sangriento Atocha del 11-M; la guerra de las explosiones en el Metro de Londres; la guerra de los ametrallamientos de turistas en Egipto. Hasta aquella guerra que trajo desde Bombay a Esperanza Aguirre con unos ridículos calcetines tobilleros blancos. Una guerra con un enemigo cambiante, que unas veces tiene nombre de diosa egipcia, Isis, y otras de televisión árabe en los canales del satélite en el cuarto del hotel: Al Qaida. Donde si no sabemos quiénes son ellos, menos quiénes son los nuestros, porque se nos pasan de bando y linchan al que dice, como Cañizares, que cuidado con tanto sirio refugiado que llega. Y donde hasta hubo un imbécil que se gastó una millonada garantizando que él solito arreglaba esta guerra con la «Alianza de Civilizaciones». ¡Tócame los que riman! En esta guerra rarita hasta estamos sin líderes. Aquí no tenemos un Churchill que nos pida y anuncie «Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». Mírala cara a cara, que es la Tercera. La guerra, y yo con estos pelos… Digo, con esta mierda de líderes, que se creen que las guerras las ganan las ONG y no la Infantería poniendo el pie sobre el terreno conquistado al enemigo, porque o matas o te matan…

Ángel Expósito le mete un palo soberano a aquellos que en nuestro país se pierden en debates de catetadas independentistas mientas el mundo asiste con auténtico terror a lo que ha pasado en París, pero que antes sucedió en Madrid, en Nueva York o Casablanca.

Diez puntos, diez, para resumir nuestro espanto del terrorismo:

-La globalización es real. Para las bestias yihadistas el islam ha de serlo todo. Y sus objetivos son el Sahel y Europa, con lo que consideran su Al Andalus fundamentalmente.

-En España sí que sabemos qué es el terrorismo, en todas sus formas, incluso cuando Francia no nos apoyó contra ETA. Por suerte, desde hace años la cooperación es absoluta.

– París ahora; pero Casablanca, Nuevo York, Londres, Madrid, Túnez… son los mismos, aunque se nos olvide.

Recuerda que:

-Yo he vivido en primera persona la relación militar entre Francia y España en Malí, en la República Centroafricana, en Senegal. Hasta Manuel Valls es primer ministro y Ana Hidalgo, alcaldesa.

-Es imposible no llorar al ver a los franceses salir de Saint Denis cantando la Marsellesa. ¡Qué envidia!

-La inmensa mayoría de refugiados que llegan a Europa o mueren en el intento huyen, precisamente, de estos hijos de perra.

-Boko Haram, Al Shabab, Al Qaeda, Daesh… En los países del Sahel, Siria, Irak, Libia… allí pasa todos los días. La inmensa mayoría de sus masacres son contra musulmanes.

-El terrorismo ya no es un «nuevo» modelo de guerra. Está instalado aquí y ha venido para quedarse.

Finaliza:

-Envidio el orgullo de los franceses. Y su unidad política. Y el honor hacia sus Fuerzas Armadas y de Seguridad. Igualito que nuestros complejos.

-Y seguimos sin ser conscientes de lo que tenemos encima. Dentro de casa. Seguimos sin valorar lo que la guerra contra el yihadismo ha supuesto, supone y supondrá.

PD. Nuestro mundo en guerra y aquí, en España, perdiéndonos con catetadas independentistas de quinta. ¡Qué ceguera!, ¡qué egoísmo! y ¡qué hartazgo!

David Jiménez, director de El Mundo, explica cómo se forma la conciencia terroristas de estos yihadistas y, al mismo tiempo, reclama de España unidad y firmeza para derrotar a estos terroristas como en su momento se le hizo frente a ETA:

Durante algún tiempo recorrí escuelas coránicas de Afganistán, Pakistán o Indonesia, movido por mi incapacidad para entender el terrorismo islámico. Había cubierto para el periódico atentados en los tres países y entrevistado a sus víctimas. Quería saber qué llevaba a alguien a ponerse un cinturón de explosivos, entrar en una discoteca y masacrar a personas de las que no conocía nada y que nada le habían hecho.

Encontré una respuesta en Al Mukmin, un centro javanés donde padres sin recursos dejaban a sus hijos para que recibieran una formación islámica. Todo se podía explicar en una palabra: miedo. Más allá del Corán o la virtud, lo que se trataba de inculcar a los alumnos era miedo. Miedo a Occidente, que según los maestros quería destruir su comunidad. Miedo a los estadounidenses, que buscaban ultrajar a sus madres y hermanas. Miedo a todos los que no fueran musulmanes, que conspiraban para aplastar su religión. Poco a poco, aquellos chicos -no había, por supuesto, niñas- aprendían a deshumanizar al enemigo imaginario. Y así hasta que, convertido en real, se convencían de que había algo heroico en eliminarlo. El niño había sido transformado en terrorista.

Subraya que:

La eficacia del adoctrinamiento quedaba demostrada en el hecho de que la mayoría de los participantes en la masacre de Bali, donde murieron más de dos centenares de personas en 2002, hubieran estudiado en la escuela Al Mukmin. No había improvisación alguna en los esfuerzos por levantar aquella fábrica de extremistas, pero sí ideología.

Totalitaria, en su determinación de imponer su religión al resto del mundo; racista, en la creencia de que estaban tocados por una pureza inalcanzable para otros creyentes; y fascista, en su ambición de consolidar un poder absoluto donde la razón debía someterse a los líderes supremos. Estos organizaban los atentados suicidas, pero nunca se presentan voluntarios para el martirio. El paraíso, para ellos, siempre podía esperar.

Precisamente porque es una ideología, y se transmite desde la infancia, el islamofascismo es tan difícil de erradicar. En los últimos años se ha alimentado por las guerras, las desastrosas intervenciones de los aliados en Irak, Afganistán o Siria y las frustraciones de una primavera árabe que nunca fue. Pero también por el avance de lo que Salman Rushdie describe como «una versión paranoica del Islam», que culpa de todos los males a los infieles, aísla sus comunidades herméticamente para que no sean contaminadas y busca alterar los valores de sociedades que desprecia, algo que jamás podrá lograr en un país como Francia.

Concluye que:

Los ciudadanos de París que el viernes salieron del Estadio de Francia cantando La Marsellesa, mientras la capital se encontraba en estado de sitio y sus compatriotas morían acribillados, estaban diciéndoles precisamente eso a los autores de los atentados: sois muy poca cosa frente al pueblo que redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789; vuestros iluminados resultan insignificantes en el país de Juana de Arco, De Gaulle, Pasteur o Voltaire; los crímenes de los que tan orgullosos os sentís son incapaces de alterar las bases de la República. «Podéis hacernos daño, sí, pero no tenéis ninguna posibilidad de ganar», parecían cantar los franceses en su marcha triste y orgullosa.

Sentí algo de envidia mientras veía el vídeo, por lo diferente que parecía todo al ambiente que siguió a los atentados del 11-M en Madrid. Los españoles hemos derrotado a ETA, en gran parte gracias al coraje de policías, concejales o periodistas que se negaron a dejarse vencer por el miedo. También porque hicimos entender a los violentos que nunca cederíamos al chantaje, les despojamos de legitimidad incluso ante sus simpatizantes, fuimos implacables en la aplicación de la ley y permanecimos unidos incluso en los momentos más difíciles. Si el recuerdo del 11M sigue siendo tan doloroso, más allá de la memoria de las víctimas, es porque, cuando nos tocó vivir el momento por el que está pasando Francia, fuimos incapaces de dejar de lado las dos Españas. Es una lección que debe acompañarnos en adelante, porque la batalla va a ser muy larga y sólo puede ganarse si permanecemos juntos, dentro y fuera de España, al lado de quienes no están dispuestos a ceder al terror.

En La Razón, Alfonso Rojo sacude a todo bicho viviente que aprovechó la matanza de París para hacer el mamarracho en las redes sociales:

No sé si es la presión social o la proclividad de los medios de comunicación a la brocha gorda,pero nos pasamos por el arco del triunfo los detalles. ¿Cuántas veces han escuchado desde el viernes que el islam no tiene nada que ver con la carnicería de París? Pues da la casualidad de que los facinerosos que fueron ejecutando uno tras otro, hasta llegar a 80, a los chavales atrapados en el Teatro Bataclan gritaban «Alá es grande» cuando apretaban el gatillo de sus kalashnikov. Y seguro,como pasó con los hermanos Kouachi, que asesinaron 12 personas en «Charlie Hebdo» hace diez meses, que entre los ocho terroristas abatidos y los dos en busca y captura hay varios nacidos en Francia y que todos se radicalizaron en una mezquita y alimentaban un deseo ferviente de vengar a los musulmanes de las afrentas de Occidente.

Destaca que:

Pues todavía estaban acribillando inocentes en la capital francesa cuando aquí unos idiotas de Podemos subían a Twitter que lo sucedido tiene su seno en el expolio que el capitalismo occidental ha infringido al mundo árabe y añadían: «El islam es una religión de paz». Y no habían cerrado la cuenta a estos mamarrachos, cuando la estrafalaria Talegón se tiraba en plancha a las redes sociales con el «No a la Guerra» y el inefable Carlos Bardem justificaba la barbarie diciendo que el odio engendra odio. En lo que tarda esta columna en llegar al kiosco, seguro que se suman al cortejo el cretino de Willy Toledo y algún otro especialista en desplegar «atenuantes» y repetir mantras del tipo«condeno la violencia venga de donde venga». Para empezar, la violencia sólo viene de un sitio y no necesita una motivación racional. ¿Qué habían hecho los 202 turistas masacrados en Bali además de beber cerveza y bailar en la discoteca?

Y sentencia:

El camino más directo para convertir un problema en una catástrofe es negar su existencia. Los asesinos no vienen de fuera, ni necesitan saltar fronteras aprovechando el Tratado de Schengen. Viven entre nosotros,en el corazón de Europa, disfrutan del Estado del Bienestar y gozan de todas las garantías legales. Dar por bueno que la bestialidad en que viven inmersas Siria, Irak o Libia es consecuencia de la acción de una minoría diabólica es errar el tiro. El sangriento éxito de los matarifes, el velo, el despeñamiento de homosexuales, las crucifixiones y las decapitaciones no serían posibles sin la complicidad, el apoyo o la aquiescencia de una amplia mayoría. Como no sería posible que los asesinos de París hubieran podido preparar sus atentados, sin el silencio pecador de algunos de los que rezaban a su alrededor mirando a La Meca.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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