Hoy, 14 de julio, se cumplen 39 años de uno de los atentados más crueles perpetrados contra la Guardia Civil en nuestra historia reciente. Aquel trágico día de 1986, en la madrileña Plaza de la República Dominicana, doce jóvenes guardias civiles fueron asesinados y muchos otros resultaron heridos cuando un coche bomba acabó con sus vidas mientras se dirigían a realizar prácticas de conducción de motocicletas en Venta la Rubia. Eran alumnos del curso de tráfico.
Tenían apenas 19, 20, 21 años. Tenían sueños, ilusiones, futuro. Todos vestían el uniforme de la Guardia Civil con el orgullo de quienes eligen servir a los demás desde la legalidad, el esfuerzo y el compañerismo. Pero ese día no volvieron a casa. Un acto cobarde y terrorista les arrancó la vida, dejando un dolor profundo en sus familias, sus amigos y sus compañeros de cuerpo. Un vacío que, con los años, no desaparece, pero se convierte en memoria, respeto y promesa de no olvido.
Hoy, casi cuatro décadas después, recordamos sus nombres, porque nombrarlos es hacerles presentes. Porque mientras los tengamos en la memoria, seguirán con nosotros. Porque fueron héroes anónimos, sí, pero con rostro, con historia y con compromiso.
Descansen en paz:
Carmelo Bella Álamo, 22 años, Destacamento de Arganda del Rey. José Calvo Gutiérrez, 19 años, Destacamento de Barajas. Miguel Ángel Cornejo Ros, 24 años, Destacamento de Sarrión. Jesús María Freixes Montes, 21 años, Destacamento de Lérida Autopistas. Jesús Jiménez Gimeno, 20 años, Destacamento de Teruel. Andrés José Fernández Pertierra, 20 años, Destacamento de Langreo. José Joaquín García Ruiz, 21 años, Destacamento de Burgos Autopistas. Santiago Iglesias Godino, 19 años, Destacamento de Villacastín. Antonio Lancharro Reyes, 21 años, Destacamento de Ciudad Badía. Francisco Javier Esteban Plaza, 25 años, Destacamento de Villalba. Miguel Ángel de la Higuera López, 20 años, Destacamento de Figueras Autopistas. Juan Ignacio Calvo Guerrero, 24 años, Destacamento de Mieres
Recordarles no es remover el dolor, sino hacer justicia a su memoria. También a la de los que sobrevivieron y a la de sus familias, que han vivido con una herida imposible de cerrar, pero también con la dignidad de saber que sus hijos, hermanos, padres o esposos cayeron cumpliendo su deber.
La historia de España no puede escribirse sin ellos. El silencio no debe cubrir el sacrificio de quienes defendieron la paz, el orden y el derecho a vivir sin miedo. Hoy, con humildad, les honramos.
Que su ejemplo nunca se borre. Que su memoria nos una.
