OPINIÓN / JAVIER GONZÁLEZ MÉNDEZ

España entre la espada de Almunia y la pared de Krugman

España estará "más vigilada" y el rescate va ser la puntilla

Entre Paul Krugman y Joaquín Almunia, se van turnando en una ímproba tarea para que se les atragante el desayuno a los españoles. Uno, el Premio Nobel, adolece del más grave defecto que puede tener un sabio: creerse que está en posesión de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

El otro, el Comisario Europeo de Incompetencia, adolece del más grave defecto que puede tener en la actualidad un ser humano: ser un político, que se ha convertido en una actividad que le hace la competencia desleal a la profesión más antigua del mundo.

La prostitución legalizada en las urnas

Un político tiene una ventaja sobre una infeliz prostituta. Esas buenas mujeres perseguidas, acorraladas por la hipocresía genuinamente occidental, cobran por dejarse fornicar e incluso llegan a fingir un poco de amor, de pasión, entre los brazos de un pobre diablo con incapacidad absoluta para encender la chispa entre un hombre y una mujer.

Esos tipos, en cambio, cobran por joder a los ciudadanos, por usar y abusar de ellos a base de directivas europeas, acuerdos de Consejos de Ministros y decretos en los BOES, y ni siquiera fingen compasión por sus clientes, salvo que pase por allí un fotógrafo de prensa o se encuentren en período de celo electoral.

Existe la posibilidad de que algún político se pueda sentir ofendido ante una comparación de esta naturaleza. Pero hay muchas más probabilidades de que las «damas de noche», con argumentos menos rebatibles, monten una acampada de indignadas ante semejante ofensa.

En todo caso, los clientes de las Magdalenas alegales que describió Pablo Milanés: «la virgen del pecado, la novia de la flor de la saliva, el sexo con amor de los casados», pagan sus servicios voluntariamente, saben cuánto pagan y para qué lo pagan, y suelen volver a casa con una sonrisa entre los labios.

Los clientes de los prostitutos legales, algunos incluso electos y otros digitales como Almunia, pagan por servicios que a veces ni siquiera son prestados, nunca saben lo que pagan, cada sábado que sucede a un «viernes de recortes», y les cuesta un horror discernir para que lo pagan, qué posición del Kamasutra va a imponer con ellos el incestuoso Papá Estado, que siempre elige posturas de esas orientadas al lugar donde la espalda pierde su noble nombre, y vuelven todos los días a casa sintiéndose algo más burros y algo más apaleados.

Almunia, esta mañana, ha avisado que España va a estar más vigilada, resucitando aquella figura de infausto recuerdo del «vigía de occidente». Igual se nos está haciendo «eurofachilla» Lo mismo empieza a irle el rollo de la Unidad de Destino en lo Universal aplicada a Europa y le mola la posibilidad de que la Grand Place de Bruselas se convierta algún día en otra Plaza de Oriente: ¡europeos todos…!

Se ha convertido en un camisa vieja del «Eurorégimen», y ve confabulaciones judeo-masónicas en Grecia, en Portugal, en España, países de esos que ponen en peligro los Principios Fundamentales del Movimiento europeo.

Sólo sé que lo sé todo

Sobre Paul Krugman, al que le ha entrado más fijación por España que al viejo Tío Hem, y le plagia todos los días, desde el «El País» con comillas, «¿por quién doblan las campanas?» en el país sin comillas, no es cuestión de entrar en valoraciones sobre lo que escribe, por qué lo escribe y a favor de qué o de quién lo escribe. Hoy, por ejemplo, anuncia que los 100 mil millones de rescate al sistema financiero español son un caramelo envenenado, la manzana de la madrastra Europa que convertirá a España en una bella durmiente a la que quizá nunca pueda despertar un príncipe azul. ¡Gracias por los ánimos, Paul!

Lo que llama la atención en un Nobel, en tantos nobeles, con numerosas y honrosas excepciones que confirman la regla, es que, una de dos: o no se han leído a Platón describiendo pensamientos de Sócrates o no lo han entendido.

Lo primero sería una imprudencia que no parece que pueda repercutir en el devenir de la economía; lo segundo sería una catástrofe aplicable a economistas, economicistas, políticos y politólogos. Porque el clásico filósofo griego resumió en una simple frase el secreto de la sabiduría humana: «sólo sé que no sé nada»

El problema de Krugman, como sus detractores, como políticos, como politólogos, es que parece que sólo saben que lo saben todo, que no dudan, que no conciben una verdad económica o política como un ecléctico conjunto de verdades que, juntas y racionalmente colocadas, a lo mejor nos sacaban de éste lío.

Paul Krugman, con todos los respetos para sus fervientes seguidores, debió empezar siendo un alumno aventajado de la amplia, cambiante y caprichosa economía. Pero, de un tiempo a esta parte, está obsesionado con imponer la «econosuya».

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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