Fernando Jáuregui – El Rey estará. Y se le espera.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Nos dicen ahora que lo más probable es que el Rey viaje a la «cumbre» iberoamericana de Asunción, Paraguay. Y que igualmente probable es que el jefe del Estado se halle presidiendo los actos del día de la fiesta nacional, el próximo día 12. Ambas, de concretarse, me parecerían dos buenas noticias: el Monarca sigue obligado a jugar un papel destacado -y positivo_en esta especie de comienzo de segunda transición española que se plantea ante las elecciones del 20 de noviembre, y parece que tiene salud y ánimo para ello.

Siempre me he confesado monárquico, lo que no necesariamente, ni siempre, quiere decir juancarlista. Juan Carlos I ha sido, está siendo, un buen Rey, con muchos más claros que oscuros. Pero no me veo compelido a elogiar todas sus actitudes ni todas sus declaraciones. Y cuando responde a una pregunta periodística más o menos impertinente, más o menos provocadora, que sí, que los españoles tendrán que hacer «bastantes, muchos» sacrificios, pienso que el Monarca, que tiene más que demostrada experiencia en estas cosas, debería haber eludido la trampa. Así, ha ocurrido lo previsible: que desde algunos planteamientos demagógicos se han equiparado las situaciones casi desesperadas de algunos españoles con las que se disfrutan desde alguna institución. Y ya se sabe que nada nos gusta más a los ciudadanos de a pie en este país nuestro que establecer ese tipo de equiparaciones, jugando con la opulencia al menos aparente unos y las estrecheces por las que transcurren las vidas de otros..

Me parece que el papel del Rey está últimamente a veces algo distorsionado, desenfocado. Puede que por culpa de todos, de algunos medios, de ciertos políticos, de algún tipo de demagogia. Pero también habría que reprochar la ligereza de algunos comentarios acaso poco meditados, la frivolidad de determinadas actitudes. Juzgo absurdo e injusto el descalificar sin más la figura de un jefe del Estado cuyos servicios a España rayan en lo ímprobo. Pero no estoy, desde luego, por el elogio desmedido de cada palabra que salga de boca del Rey, ni de cada acción u omisión real.

Sé de los sacrificios personales de Don Juan Carlos a favor de España, entre los cuales sin duda se encuentra esa voluntad de viajar a Paraguay, pese a sus dolencias y molestias físicas, para no desairar una difícil «cumbre» iberoamericana. O presidir la larga parada y el saludo en la fiesta nacional. O, sobre todo, procurar concordias entre territorios y entre personalidades.

El Rey es un profesional de los pies a la cabeza y, encima, es carismático y uno de los jefes de Estado democráticos con más experiencia del mundo. Para colmo, tiene un acreditado sentido común. Por eso mismo, me extrañó ese «bastantes, muchos» con que respondió a quien le preguntaba si nos esperan sacrificios a los españoles. Incluso a mí se me ocurrirían, a bote pronto, decenas de respuestas mejores, menos dadas a la mofa. O a la indignación, que es palabra de moda. Y lo último que quisiera en este mi país es que una figura tan necesaria como la de quien representa a la Corona pudiese llegar a ser semillero de indignados.

fjauregui@diariocritico.com

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