Julia Navarro – Escaño Cero – Taza y media.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Dice el refrán que el que avisa no es traidor, de manera que ya no podremos llevarnos a engaños: Mariano Rajoy ha dicho alto y claro que cada viernes continuarán las reformas. El problema no es que nuestro país no necesite reformas, que las necesita y urgentes, sino qué tipo de reformas, y ahí es donde está el quid de la cuestión.

Reformar las Administraciones Públicas para que gasten menos y sean más eficientes es una necesidad. Replantear la permanencia de nuestras tropas en Afganistán no estaría de más. Que los políticos se apreten el cinturón en vez de seguir apretándonos el cinturón a los contribuyentes sería todo un ejemplo. Que las famosas icav dejen de pagar impuestos al 1 por ciento sería de justicia. Etc, etc, etc.

La gestión de los servicios públicos también tiene que mejorar, y nadie pone en cuestión que esa gestión pasa por no despilfarrar.¡Ah! y no seré yo quién cuestione que efectivamente las cuentas de la etapa de Zapatero no cuadran por ninguna parte, y que el expresidente y su Gobierno ocultaron el déficit que ahora nos pasa factura.

Se quejan los populares de que el Gobierno Rajoy no lo tiene nada fácil y que no se les puede pedir milagros cuando apenas llevan unos meses gobernando. Lo cierto es que el malestar social que va en aumento, independientemente del éxito de las manifestaciones, tiene que ver con algunas de las reformas anunciadas que van a provocar si no un cambio total si un adelgazamiento excesivo del Estado del bienestar y por ahí es por donde la ciudadanía no está dispuesta a pasar. A la hora de ahorrar hay muchas partidas presupuestarias por donde empezar antes de meter la tijera a la sanidad y a la educación pública. Y por más que Rajoy y los suyos se empeñen en asegurar que no tienen otro remedio la verdad es que cuesta creerlos. En realidad, el centro-derecha tiene un modelo distinto, y con la excusa de la crisis van imponiendo poco a poco ese modelo que pasa por menos servicios públicos.

Se quejan también en el PP de las manifestaciones en la calle y pretenden presentar a los ciudadanos que se manifiestan pacíficamente como hordas que por donde pasan no crece la hierba. Se olvidan de que en la última legislatura de Zapatero fueron ellos los que le cogieron gusto a manifestarse, de la misma manera que se olvidan que se negaron en redondo a apoyar ninguna de las medidas adoptadas por el anterior Gobierno para encarar la crisis. Y empieza a resultar más que preocupante la demonización que está haciendo de los sindicatos. Es verdad que los sindicatos no han sabido estar a la altura de lo que se esperaba de ellos en los últimos años y que por tanto han perdido credibilidad, pero no es tolerable la pretensión de la derecha de querer barrerlos de la vida pública por la vía del desprestigio.

Contar cuánta gente sale la calle es un ejercido que conduce a la melancolía. Si el Gobierno Rajoy quiere engañarse a sí mismo entonces que se ponga a contar sindicalistas. Pero si quiere saber de verdad cómo está la calle deben de saber que impera el pesimismo, que al presidente le reprochan que sus reformas vayan en sentido contrario de lo que prometió en la campaña electoral y que cuesta creer que por muy camufladas que el PSOE les dejara las cuentas no tuvieran una idea de lo que se iban a encontrar habida cuenta de que el PP gobierna en la mayoría de las comunidades autónomas.

Además, los mercados no parecen haberse tranquilizado por la presencia de Rajoy. La bolsa española sufre turbulencias un día sí y otro también y la prima de riesgo está disparada. De manera que las cosas están más o menos como estaban o quizá peor. Y así las cosas, nuestro presidente de Gobierno nos anuncia que si era poca una taza nos dará taza y media, que piensa seguir por la misma senda, que cada viernes nos dará un sobresalto y que no va a moverse un ápice de sus posiciones.

Yo creo que el presidente tiene la obligación de explicarse tanto en el Parlamento como ante la opinión pública y cuanto antes mejor. Decir unas cuantas cosas en un acto público no es suficiente cuando se está incumpliendo de arriba abajo un programa electoral.

La herencia recibida puede ser muy mala, pero más allá de la herencia lo que Rajoy está llevando a cabo es un cambio de modelo donde los servicios públicos están sufriendo un embite inimaginado. Que no se olvide.

No se puede gobernar sin escuchar el eco de la calle, y a Mariano Rajoy le puede pasar lo que a José María Aznar, que imbuido en su creencia de que tenía la razón y solo la razón y toda la razón, se negó a escuchar el palpitar de la sociedad.

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