Francisco Muro de Iscar – Políticos: ética y sueldos.


MADRID, 03 (OTR/PRESS)

El conocimiento de las indemnizaciones supermillonarias en cajas de ahorros en quiebra, los sueldos que han venido cobrando políticos y sindicalistas en esos consejos de administración, el despilfarro y la barra libre en el uso de las tarjetas «de empresa» en algunas instituciones, la posibilidad de no tener que dar cuentas de los gastos «oficiales», el absentismo de algunos diputados o senadores que parecen no ganarse su sueldo, la falta de transparencia en general en toda la Administración, en empresas públicas y en muchas entidades llevan al sentir general que políticos, banqueros, empresarios, y hasta rectores de Universidad, cobran demasiado. Y, aunque en algunos casos es verdad, casi nunca el debate es si el salario es razonable, si lo merecen, si su trabajo ha sido eficaz y, sobre todo, si su comportamiento con el uso del dinero público ha sido ético.

Si preguntáramos a los ciudadanos, la mayoría diría que los políticos cobran demasiado. Algunos, incluso, querrían que no cobraran y muy pocos valorarían que profesionales con una brillante carrera profesional, con experiencia y sueldos importantes, acepten el reto de trabajar en la Administración por menos dinero y con un alto riesgo de futuro. La Administración paga mal a sus altos cargos, piense lo que piense la gente. El presidente del Gobierno cobra un sueldo que está a años luz de sus responsabilidades. Ser ministro, después de pasar por empresas privadas, no es una bicoca, es un paso atrás económico. Cierto que nadie les obliga y que algunos, sin experiencia previa empresarial, han conseguido salidas que han engordado su cuenta corriente. Pero son los menos. Acabo de leer quejas contra los rectores de Universidad -y mira que hay motivos- porque cobran mucho: la presidente de la CRUE, con una larga carrera universitaria, cobra 4.000 euros. Y les acusan de no querer bajarse los sueldos en lugar de discutir su corresponsabilidad activa en el fracaso de la Universidad.

Como ofrecemos poco, la política se nutre de los partidos. Un joven militante empieza presidiendo las Juventudes de su pueblo y acaba de ministro sin carrera, sin haber pisado una empresa, sin ninguna experiencia laboral en «la vida real». Todos sus méritos y toda su carrera se ha hecho en el partido, diciendo siempre que sí a los que mandan para seguir en la foto. Hay centenares de ejemplos.

Aquí no tenemos una Escuela de la Administración Pública como en Francia -tan sólo cuerpos espléndidos como los abogados del Estado o los técnicos comerciales no siempre bien aprovechados- ni ningún político ha propuesto lo que Hollande en Francia: los directivos de las empresas públicas no podrán cobrar más de veinte veces lo que gane el peor pagado de la compañía. Este Gobierno ha bajado el sueldo de los directivos de empresas públicas pero no ha fijado una política retributiva que incentive el trabajo de los mejores y penalice a los que no dan golpe. Y los ciudadanos, que protestan por los sueldos de los políticos, aprueban que un futbolista gane 15 millones de euros o que clubes en quiebra técnica paguen millones de euros por un fichaje. A este escándalo por los sueldos le falta un componente ético y le sobra demagogia y populismo.

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