Fernando Jáuregui – Hay que reconocerlo: la «cumbre», un éxito de Rajoy.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Cuando se leen los resúmenes periodísticos sobre la «cumbre» iberoamericana de Cádiz, tanto en la propia prensa española como en los más comprometidos periódicos latinoamericanos, hay que concluir que esta vigesimosegunda edición salió bastante bien: cierto que marca el fin de una época, pero no menos cierto que, en comparación con el desastroso precedente de Paraguay, donde ni siquiera estuvo el entonces aún presidente Zapatero, hemos, todos, salido airosos. Comenzando, hay que reconocerlo, por el propio Mariano Rajoy, que se jugaba mucho en el envite.

La «cumbre» de Cádiz era una bomba potencial: algunos gobernantes latinoamericanos, comenzando por la argentina Fernández y continuando por el boliviano Morales, para no hablar del venezolano Chávez, habían desafiado abiertamente los intereses españoles, y todo hacía temer que constituirían ausencias notorias, junto a los habituales jefes de Estado de Cuba y Nicaragua, amén del golpista paraguayo de quien nadie quiere, oficialmente, saber nada.

Y, ciertamente, Cristina Fernández, lanzada a una senda cada día más arbitraria y antidiplomática, no acudió, ni acudió ese Hugo Chávez que parece ser crecientemente el modelo de la viuda de Kirchner. Pero, al menos, ninguno de los dos, ni los otros ausentes, quisieron boicotear la «cumbre», lo que no es poco.

Los resultados, modestos como siempre. Pero estimo que se ha dado un paso de gigante al incluir a las PYMES y a los emprendedores en las conclusiones económicas. Todo en un clima de concordia y falta de tensiones que es muy de agradecer cuando se congregan los «hermanos iberoamericanos», máxime cuando lo hacen en España con el Rey de «primus inter pares». Ya se ha dicho que Don Juan Carlos fue el máximo protagonista y anunció de manera especialmente cuidada y simpática, en un foro inaudito, su próxima operación de cadera. Sin dramatismos y espantando rumores. Don Juan Carlos sigue siendo un gran activo cuando nos miran desde el otro lado del «charco».

Todos hemos constatado, por si hiciese falta, que América Latina se mueve a gran velocidad, que sus estructuras económicas, aunque desiguales, crecen vertiginosamente y que hay déficits estructurales, desde luego, pero no tantos como para que el proceso no les haga unos socios atractivos. Nunca como ahora se ha puesto tan de manifiesto que Europa, con España de abanderado, desea la compañía de las naciones latinoamericanas, y que esta influencia bien podría extenderse, con España como puente, hacia el norte de Africa.

Propuestas todas ellas sugestivas que no existieron en otras muchas «cumbres», en las que Madrid y sus gobernantes pretendían erigirse como líderes, aprovechando la cuantía de las inversiones en América Latina. Hoy, todo eso ha cambiado y el tacto desplegado por el Gobierno de Rajoy, especialmente por el ministro de Exteriores, García Margallo, ha contribuido bastante a ello.

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