Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – There isn`t bread.


MADRID, 09 (OTR/PRESS)

Vivimos en lo mini, que parece ser el signo de los tiempos. El mundo cambia de manera tal que los europeos estamos asistiendo a una alianza germano-británica previa, sin duda, a un fraccionamiento de Europa. Y aquí, satisfechos con el último remiendo presupuestario de Van Rompuy, que, al menos, deja a España aún como receptora de fondos, aunque sean mini-fondos, como los mini-jobs que pregona el presidente de la patronal: más valen mini-fondos que no-fondos, como más valen mini-jobs que no-jobs. Es lo que piensa, vaya usted a saber si no con razón, un «establishment» que ya no conecta, me parece, con el sentir ciudadano, que no quiere mini-parcelas de la gran tarta de la democracia.

Nuestro país se agita en mil convulsiones políticas, pero la atención se fija en la pulsera de Bárcenas o en el confeti de Ana Mato. Los sindicatos rompen con la CEOE, la ciudadanía rompe con sus representantes políticos, pero las dos españas se unen a la hora de abalanzarse sobre el último editorial del «Financial», que se ha convertido en las tablas de la ley a la hora del gran deporte nacional, el autoflagelo.

«There isn»t bread for so many chorizos», dice el titular del comentario del salmón británico, que ha resonado como un mazazo en la cabeza de La Moncloa, ya bastante indignada, me dicen, por algún otro artículo, este en la prensa nacional, donde se vejaba la vida personal del presidente. «No hay pan para tantos chorizos», dice el FT, queriendo, por una vez, ser gracioso, y pasa revista a los casos de corrupción que salpican esta España en vísperas de un debate sobre el estado de la nación que, si Dios y Rajoy no lo remedian, va a ser un desastre para el hombre que ocupa la presidencia del Gobierno del Reino de España.

Ignoro los designios de Dios para con nuestro máximo gobernante, pero de lo que no me cabe duda es de que el propio Rajoy está poniendo poco de su parte para afrontar el cataclismo que le vaticinan las encuestas, algunas tertulias no entregadas y las charlas de los cada día más animados cafés. No pronunciar, como si fuera una palabra prohibida o maldita, el término «Bárcenas», para condenar al ex tesorero, le va a resultar casi tan contraproducente como seguir apoyando la continuidad de este elenco ministerial, en general, y de la titular de Sanidad, Ana Mato, en particular.

Allá él –y, con él, todos nosotros– si no saca algún conejo espectacular de la chistera antes de enfrentarse, el próximo día 20, a su más importante comparecencia mediática en el año y menos de dos meses que lleva en el poder. Desde luego, con publicar los datos de su patrimonio y las cuentas «A» de su partido no lo tiene todo solucionado, no; ya se ha dicho muchas veces que no se cuestiona la solidez de la moral de Rajoy, pero no consta documentalmente la de otros en su entorno a los que Rajoy blinda. Y, en todo caso, lo que genera desconfianza en la ciudadanía es la crisis política, no tanto eso que chuscamente resume el altivo «Financial» como una cuestión de «chorizos».

¿Que Rubalcaba también se la juega en ese debate por distintas razones, y Duran i Lleida, y Cayo Lara, y Rosa Díez? Puede, pero ninguno tanto como este Rajoy de quien ahora mismo tantas cosas, todo, dependen. Y, aunque haya regresado triunfante de Bruselas, con la inclusión en el Presupuesto comunitario de una partida -demasiado pequeña- dedicada al empleo juvenil en España, los titulares, ya digo, han estado más en el confeti que no fue a la fiesta de cumpleaños en casa-Mato, en la pulsera para que Bárcenas no escape y en lo del «bread» y el chorizo.

Mal asunto. Como no es bueno que el presidente de la patronal descalifique las estadísticas del Estado, sugiriendo, para que en Berlín tomen buena nota, que aquí el dinero «B» y los trabajos en «negro» es lo que prima, frente a las cifras oficiales de desempleo. O que los sindicatos se desliguen de un proceso del que parece que o no quieren saber nada o no entienden nada. O que los jueces se subleven en masa contra el ministro de Justicia. Pero ya digo: preferimos hablar del ascenso del Getafe con su confeti celebrador que de la transformación productiva que supone que el vecino Alcorcón vaya a albergar el mayor complejo de juego de Europa. Nos resistimos, en suma, con el Gobierno a la cabeza de este congreso de avestruces, a analizar el conjunto del proceso, aferrándonos a los detalles, quizá para evitarnos dolores de cabeza. Pan -aunque sea sin chorizo- y circo.

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