Antonio Casado – Espionaje y teatro


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

El impacto político del espionaje norteamericano en España pasa por la falta de constancia declarada por el presidente Rajoy. Ojos que no ven, corazón que no siente. Sus esfuerzos por cubrir esa laguna se concretaron en dos iniciativas. Una, citar al embajador americano en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Otra, impulsar una comparecencia parlamentaria del director del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), general Sanz Roldán.
El embajador Costos se entrevistó con el secretario de Estado para la UE, Méndez de Vigo. No para protestar sino para informarse, en cumplimiento de lo ordenado por Rajoy desde Bruselas, donde asistía a la reciente cumbre europea. Ni el presidente del Gobierno ni el ministro Margallo tuvieron mayor interés en informarse de primera mano. Eso devaluó la posibilidad de avanzar por esa vía en el conocimiento de las andanzas atribuidas a los servicios secretos de EE UU en países amigos y enemigos.
Está por ver el resultado de la otra iniciativa tomada por Moncloa, aunque mucho me temo que también vamos a salir con la cabeza caliente y los pies fríos. Información «secreta» y «discreta» ha ofrecido la vicepresidenta, Sáenz de Santamaría, a los selectos representantes de la soberanía nacional, que querrán saber más sobre el ciberespionaje norteamericano en países aliados o no, en ámbitos públicos o no, a mandatarios amigos o no, a empresas, a los cardenales reunidos en cónclave, a los grandes buscadores de datos en la red y a todo lo que se mueve.
El propio director de la NSA, general Keith Alexander, pone en bandeja la doctrina que su colega español desplegará ante la singular Comisión parlamentaria el miércoles que viene por la mañana. A saber: «Necesitas un pajar para encontrar una aguja». Ahora ya lo entendemos. Y también entendemos que el escándalo del espionaje dentro y fuera de EE UU (acceso a datos privados sin autorización judicial, por decirlo con la ley en la mano) está llamado a perderse en la polvareda de los días. Véase lo ocurrido con el compromiso europeo de elaborar cuanto antes una nueva legislación en defensa del derecho a la privacidad y frente al espionaje masivo dictado por Washington. Formulada en caliente por la UE, la propuesta se ha guardado en un cajón por presiones americanas y las resistencias empresariales alemanas.
El respeto a los derechos humanos se achica ante el recuento de decisiones que el gobierno americano puede tomar con la excusa de su política antiterrorista. Al final todo quedará en agua de borrajas, porque no hay Estado sin cañerías. Ni el americano, ni el francés, ni el nuestro. Al terminar el Consejo de Ministros de este jueves, lo decía a su modo Sáenz de Santamaría: «Igual que existen canales diplomáticos, existen canales de comunicación entre los distintos servicios de inteligencia». Lo cual es tanto como decir que si EE UU espió y espía, es con la complicidad de los servicios secretos de países aliados, incluido el nuestro.

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