Al margen – Bankia, partido a partido


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

A Bankia le pasa como al Atlético de Madrid, que va partido a partido, solo que al contrario que el equipo de la ribera del Manzanares, perdiéndolos. En los juzgados. Ante la única instancia reconocible de civilidad que al parecer queda en España. En efecto, son los jueces quienes, con su porcentaje abrumador de sentencias favorables a los estafados por las Participaciones Preferentes, restituyen la seguridad jurídica que el Gobierno de Rajoy, que controla la nacionalizada Bankia a través del FROB, laminó al dar por bueno el expolio de los ahorros y los bienes de los españoles depositados en las Cajas de Ahorros. Partido a partido, demanda a demanda, juicio a juicio, la Bankia de Goirigolzarri va perdiendo, devolviendo, aquello de lo que tan ominosamente se apropió, y si bien ese despojo masivo del ahorro popular se perpetró en tiempos del infausto Blesa, y siguió con Rato, no es menos cierto que Goirigolzarri no ha sabido o querido romper radicalmente esa turbia ligazón con el pasado que impide la percepción de Bankia como un banco fiable o, cuando menos, normal: recurre sistemáticamente las sentencias, pese a volver a perder la mayoría en la segunda instancia de las Audiencias Provinciales, alargando así el sufrimiento de las víctimas.
Las acciones de Bankia, con las que Goirigolzarri, por cierto, ha ganado ya un pastón al haberlas comprado para sí en su día a precio de chuches, van remontando mal que bien, aunque quienes aseguran que lo hace manipulada y artificialmente pudieran no equivocarse: ¿Cómo va a subir y a apreciarse de veras un valor que se edifica sobre el maltrato a miles y miles de clientes, accionistas forzosos, cual son aquellos a quienes se les sustrajo su dinero mediante falsos y perversos productos de ahorro? La Bankia de Goirigolzarri puede gastarse alegremente lo que quiera (pues no es suyo, sino de los españoles reducidos por su «rescate» a la pobreza) en costosas campañas de publicidad para lavar su imagen y ofrecerla lo más niquelada posible a los futuros compradores, pero no hay otro detergente capaz de lavar semejante cosa que la restitución de los bienes distraídos a sus dueños legítimos. A menos, claro, que lo que se quiera sea «volver a los principios», revelando así no haberse movido ni un milímetro de ellos.

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