Carlos Carnicero – Cataluña y Madrid, ¿Hay alguien en el timón?.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Estamos asistiendo a muchos hechos inéditos en democracia. Cataluña es un país paralizado en sus gestiones de gobierno, abducido por la ensoñación independentista en un estado emocional, que como en todas las situaciones que aúnan crisis y populismo, exige una conducta heroica y una claridad personal para ponerse contra la ola establecida.
Estamos hablando de convocar unas elecciones con una o varias listas que solo lleven un punto en su programa electoral: la independencia de Cataluña. Esto significa un cheque en blanco al Gobierno que se forme para gestionar o no, a su manera y entendimiento, los asuntos que afectan a la vida y los proyectos de los ciudadanos de Cataluña. El único mandato será conseguir la independencia.
Hace casi dos años que no hay otro debate político en las instituciones catalanas que el «derecho a decidir» y la independencia. El Gobierno y el Parlament están en una situación real de insumisión a la Constitución y han rechazado los procedimientos que establece la ley de leyes para pretender los objetivos que buscan saltándose los procedimientos.
La economía, los derechos ciudadanos y los planes de gobierno, sencillamente no existen, No hay control parlamentario de una gestión que bucea por profundidades que no se divisan.
De salir adelante el plan de Artur Mas y sus socios, la economía catalana se debilitará enormemente. Las clases dirigentes tendrán que pronunciarse ante lo que ya no son fuegos de artificio. Probablemente este proceso afectará a la economía de toda España. Y, además, la brecha que se producirá entre los ciudadanos de Cataluña y los del resto de España se agrandará.
Hasta ahora, frente a los hechos consumados de Artur Mas, el Gobierno se ha limitado a acudir a los tribunales para hacer cumplir la literalidad de la ley. No ha habido acción política, ni se han rebatido las cuestiones de fondo de la actitud de la Generalitat.
El PSOE ha lanzado la reforma de la Constitución como el bálsamo que puede solucionar un problema que ahora parece irresoluble. Con independencia de que no se conocen las recetas para esa reforma, si uno de sus objetivos es terminar de arreglar la cuestión catalana, ¿Cuál va a ser la oferta que tendrá que ser admitida por catalanes y por el resto de las españoles?

No me puedo imaginar qué puede contentar al independentismo catalán para que deje de serlo y al mismo tiempo sea asumible para el resto de los españoles.
La cuestión crucial es que los catalanes no quieres ser, en ningún caso, una autonomía más aún cuando pudiera diferenciarse por el nivel de sus competencias.
Habría que volver al año 1978 para replantear lo que la Constitución establece sobre el estado autonómico. En aquel momento, una decisión hubiera sido sustituir las autonomías por un modelo federal que reconociese las diferencias que les constituirían en naciones, para el País Vasco, Cataluña y Galicia. Naciones o nacionalidades históricas con identidades diferenciadas en su calidad y cualidad con la del resto del territorio español.
Ese criterio hubiera conducido al Reino Unido de España, en donde coexistirían las tres naciones citadas con el resto de España, al estilo del modelo del Reino Unido, compuesto por Inglaterra, toda Inglaterra sin divisiones, Gales, Escocia e Irlanda del norte.
Casi nadie, excepto con la posible excepción de los catalanes aceptaría este planteamiento. El «café para todos» ha calado muy fuerte. En primer lugar en unas élites que han hecho de cada autonomía su feudo, en donde en conjunción con las Cajas de Ahorro, se ha enriquecido creando oligarquías autonómicas que en modo alguno estarían dispuestas a perder sus privilegios, sus pesebres y sus aparatos administrativos.
Y, naturalmente, la inmensa mayoría de los ciudadanos aceptarían la situación de reconocimiento de las nacionalidades históricas y no de las suyas.
Me temo que por la vía de la reforma constitucional no hay salida.

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