Al margen – Catalunya: la ilusión de los jefes


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Siempre es una crueldad quitarle la ilusión a alguien, y, a menudo, también es imposible. Descartado, pues, ese propósito por ambas razones, uno no puede sino admirarse de la ilusión que ponen los separatistas catalanes en aquello que saben que no han de lograr: la independencia unilateral, arbitraria, por las bravas, de España, despojando a ésta de una parte de su territorio y dejándola demediada en todos los órdenes. Pero la ilusión que ponen los políticos secesionistas es tan grande, tan obnubiladora, que suponen que las víctimas de semejante despojo, los españoles, muchos de los cuales son, por cierto, catalanes, tan catalanes como ellos, se han de allanar sin mayores resistencias a esa quimera egoísta, de ricos un punto xenófobos, que avala menos de la mitad de la población de Catalunya. La ilusión engorda, al parecer, cuando la razón flaquea.
La cuestión, el problema, está, en todo caso, ahí, y requiere de una solución que satisfaga a todos razonablemente, aunque a nadie se le oculta que hallarla debe ser una de las cosas más complicadas del mundo, a juzgar por los años, las décadas, los siglos, que la dicha cuestión lleva irresuelta y coleando. Un referéndum en Catalunya para averiguar de verdad cuántos catalanes quieren la independencia no lastimaría, ciertamente, a la democracia, ni siquiera a la idea que de la democracia tienen los nacionalistas, todos los nacionalistas, pero un referéndum en el conjunto de España para averiguar cuantos españoles y catalanes están a favor de la secesión, la heriría aún menos, aunque es posible que a los «ilusionados», particularmente a aquellos doblemente ilusionados por sentirse líderes, guías, jefes, mesías, beneficiarios, dueños de esa ilusión, sí.
Sea como fuere, lo más conveniente sería, al objeto de afrontar en condiciones el desafío e ir pensando en fórmulas para resolver el problema, que España tuviera un gobierno, preferiblemente uno que no pretenda apagar el fuego con gasolina. Catalunya ya lo tiene, y aunque muy razonable no parece, desprende ilusión, ficción, por todos sus poros.

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