Fernando Jáuregui – Por lo menos, un primer acuerdo


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Por lo menos parece que hay un cierto espíritu negociador. Es lo que a mí me gustaría interpretar del acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, aceptado al final por el PP, para que el socialista Patxi López sea el presidente del Congreso, un acuerdo al que ha accedido «in extremis», quién sabe hasta qué punto a regañadientes, también el Partido Popular, a tenor de lo dicho este martes por Mariano Rajoy en uno de los discursos más abiertos, mejores, que quien suscribe, generalmente crítico con el presidente en funciones, le ha escuchado.
Así, empieza a andar este miércoles la undécima Legislatura de la era democrática. Treinta y nueve años y, claro está, muchas cosas han pasado desde aquellas constituyentes de 1977, cuando los españoles descubríamos una nueva clase política y una nueva forma de ejercer esta política. Luego, casi cuatro décadas después, se ha colgado de las paredes del Congreso de los Diputados «el abrazo», de Juan Genovés. Toda una alegoría de lo que debería ser y (¿todavía?) no es: a la sociedad española, en esta segunda transición, le van sobrando inquinas y faltando más concordia; es necesario darse menos la espalda y abrazarse más en busca de objetivos comunes.
El caso es que ha pasado toda una vida desde que los periodistas que entonces casi empezábamos a entender la profesión -pero allí estábamos- nos encontramos con una Mesa de edad presidida nada menos que por Dolores Ibarruri, severamente vestida de negro, y con Rafael Alberti, el poeta mítico, a su lado, con unos increíbles pantalones de cuadros con colores chillones. Desde entonces, en estos años, la renovación de rostros ha sido, claro está, notable. Nadie queda ya de quienes estrenaron su escaño en 1977. Y cuando, este miércoles, nos asomemos de nuevo a los pasillos de la Cámara Baja, los periodistas que habitualmente pululamos por allí constataremos que ahora no conocemos a casi nadie: no llega ni al treinta por ciento el número de diputados que repiten. Tendremos un presidente inesperado hasta hace una semana: Patxi López. Lo demás serán rostros inéditos, más paridad de sexos y presumiblemente muchos cuellos sin corbata, que hablan de renovación al menos formal. Al menos…
Veremos si toda esa savia que va a reverdecer el hemiciclo se corresponde con lo que venimos llamando «la nueva política» o tendremos motivos sobrados para echar de menos a generaciones políticas anteriores: contra lo que se dice tópicamente, los «novatos» no tienen por qué ser necesariamente peores que sus antepasados; simplemente, los tiempos son distintos, como lo son las formas. Y hay quienes, como Rajoy, parecen crecerse en la dificultad: este martes escuchamos al mejor de los «rajoyes» ante los dirigentes de su partido.
En todo caso, los periodistas lo percibiremos de inmediato en la accesibilidad o no, en las ganas de trabajar -o no– con las que lleguen Sus Señorías de refresco. Claro que, a este paso y si las fuerzas políticas principales siguen sin ponerse de acuerdo, la Legislatura batirá un récord por lo breve y por lo efímera, y bastantes de los que consiguieron sus escaños el 20 de diciembre podrían quedarse sin ellos.
Sea como fuere, y aunque haya un mínimo acuerdo para investir a Rajoy o a Sánchez -son las dos posibilidades que ahora se me ocurren, aunque ya se ve que toda sorpresa es posible en la florida política española–, esta va a ser, me atrevo a pronosticar sin demasiado riesgo de equivocarme, una Legislatura breve: será la del pacto a dos años para consensuar las reformas legislativas necesarias, incluyendo las constitucionales, o, simplemente, no será.
Y, de momento, tendremos este miércoles un primer entretenimiento, de tono menor con la que está cayendo, con el presumible estreno del socialista y ex lehendakari vasco Patxi López como presidente de la Cámara Baja, que es el tercer cargo más importante del Estado según el protocolo oficial. Me pareció una espléndida noticia el acuerdo en torno a un representante de la oposición para presidir la Mesa del Congreso; Rajoy se había negado tozudamente hasta este martes, alegando que siempre el encargado de presidir esta Cámara había sido un representante del partido más votado. Olvidaba quizá el presidente en funciones del Gobierno aquella frase de Einstein según la cual «si quieres que las cosas cambien, no puedes seguir haciendo lo mismo de siempre». Menos mal que el presidente va girando hacia posiciones mucho más flexibles, más abiertas. Ahora, el gran test, cuando se inicia una Legislatura que vaya usted a saber cuánto va a durar, es cuánto deseo de cambios tiene Rajoy, cuánto el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. A mí, por el momento, me resulta patente que el primero tiene la mano tendida hacia el segundo más que el segundo hacia el primero, y lo evidenció nuevamente en la «cumbre» de dirigentes de su partido de este martes.
Y claro: ya han surgido voces malévolas que alegan que López carece de la formación jurídica necesaria; como si lo más importante no fuesen en talante y el peso político, que para juristas ya tiene la Cámara a los letrados. Pienso que López puede ejercer muy dignamente este papel, en el que se necesita un personaje conciliador mucho más que a uno de carácter imprevisible. En este sentido, nada más que aplausos merece la labor desempeñada hasta ahora por Jesús Posada, que se despide con la dignidad que de él se esperaba.
Pienso que Rajoy ha aprovechado, repito ya al filo de la navaja, una buena oportunidad de brindar una «concesión» en este tema a una oposición a la que necesitará para ser investido, si es que finalmente lo logra, que me sigue pareciendo dudoso. En todo caso, su candidato inicial para un puesto que es el tercero en la jerarquía del Estado -tras el Rey y el presidente del Gobierno- parecía destinado de antemano al fracaso: definitivamente, a Rajoy le van a faltar votos, para esto y para más cosas, con lo que todas las perspectivas están abiertas, incluso que de «un paso a un lado», cosa a la que dudo que esté dispuesto, pese al buen talante que está demostrando.
Además, más útil hubiera sido que, antes de enzarzarse en la pelea por los cargos, los grupos se hubieran puesto de acuerdo en los muchos puntos que conviene reformar del reglamento, obsoleto y malintencionado, de la Cámara: con este reglamento, como con esta normativa electoral, no se puede seguir funcionando en la democracia perfeccionada, en la «nueva política», que queremos darnos. Quiero creer que este martes comenzamos a transitar por un camino de concordia nuevo..
Y así, con un acuerdo en lo referente a la a la composición de la Mesa, que va a tener una importancia especial en esta Legislatura, dure lo que dure, se abre este miércoles el telón parlamentario. Es un acuerdo que no afecta a lo esencial, referido a la capacidad de que uno u otro, Rajoy o Sánchez, sean investidos presidente del Gobierno. Pero es, al menos, un primer indicio de que los tres partidos constitucionalistas, PP, PSOE y Ciudadanos, son capaces de entenderse en algo -en algo- lo cual no quiere decir que no esté muy alejada, por las insuficiencias de unos y los empecinamientos de otros, la hipótesis de un gran acuerdo que sería el único capaz de desatascar la situación y evitar sustos, incertidumbres o elecciones generales. Que es lo que menos nos conviene a todos (o a la inmensa mayoría), en mi opinión.

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