Isaías Lafuente – Gestos.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Vivimos tiempos de inusitada actividad cargados de gestos relevantes. Esta semana el BOE publicó el cese de Artur Mas como presidente de la Generalitat sin agradecerle los servicios prestados, una fórmula de cortesía que siempre se ha usado por lo que su ausencia sólo puede atribuirse a cierta intencionalidad y no al despiste. Tampoco recibió el rey a la presidenta del Parlamento catalán, que deseaba comunicarle personalmente la elección del nuevo presidente de Cataluña. La Casa del Rey pidió que la comunicación se realizase por escrito. Pero la guerra de gestos no acabó ahí. El nuevo presidente catalán, Carles Puigdemont, prometió su cargo sin afirmar su lealtad al rey ni a la Constitución, norma junto al Estatut, por cierto, en virtud de las cuales ocupa tan alta magistratura.
Es verdad que ni la audiencia real ni el rutinario agradecimiento a los servicios prestados son preceptivos. Y parece que la peculiar promesa del nuevo presidente catalán aprovecha un vacío legal que no le obligaba a proclamar otras lealtades. Pero en democracia los gestos perfeccionan los procedimientos marcados por la fría ley. Y en tiempos excepcionales como los que estamos viviendo, en los que se requieren muestras de normalidad e intentos de acercamiento, no parece conveniente marcar distancias y agrandar las trincheras. Sobre todo porque tratándose de representantes de instituciones democráticas cualquier actitud que huela a menosprecio tiene una derivada que toca a los ciudadanos que los eligieron y a los que representan.
El último gesto registrado en las últimas horas es el de la diputada de Podemos, Carolina Bescansa, que se ha presentado en la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados con su hijo Diego en los brazos. No creemos que tuviera problemas para que en fecha tan señalada alguien pudiera hacerse cargo del bebé durante unas horas, por lo que sólo cabe interpretar su actitud como denuncia pública de la dificultad que muchas mujeres tienen para conciliar su vida personal y profesional. Demos por bueno el gesto y quedemos a la espera de las reformas legislativas que la diputada y su partido propongan para resolver el problema de raíz y conseguir que gestos simbólicos como este sean definitivamente innecesarios en un futuro.

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