Fernando Jáuregui – Algo parecido a una autocrítica.


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Entre reuniones inservibles «a cuatro» en la izquierda, escándalos –previamente conocidos– que surgen en la derecha y convocatorias inaplazables, como esa consulta a la militancia por parte de Pedro Sánchez de unos pactos a los que, hasta la fecha en la que escribo, aún no ha llegado, nos espera una semana temo que estéril y trepidante. Y lo trepidante es lo contrario al sosiego, que sería lo que ahora los españoles necesitaríamos para desarrollar una política coherente de pactos. O sea, que estamos en malos tiempos.
Reconozco haber creído en algún momento que Pedro Sánchez podría representar una opción de cambio razonable para una España que sale de la Legislatura que tuvo mayoría absoluta del PP con buenos pasos económicos y nulos avances políticos, si es que no han sido retrocesos.
Rajoy, al que le reconozco una trayectoria honorable, sensata y, como a él le gusta, previsible, pienso que ha quedado amortizado por sus errores, especialmente en lo referente al «timing» político a la hora de convocar las elecciones y de declinar la primera sesión de investidura, al margen de su manera distante de ejercer la representación del país. Así que el cambio se imponía una vez que el actual presidente en funciones no daba el paso, creo que inevitable, de propiciar una sucesión a su persona al frente del PP y del cartel electoral de este partido.
También he de reconocer que Sánchez no engañó a nadie: desde el primer momento pronunció un «no» tajante a cualquier acuerdo «con la derecha», es decir, el PP. Algo que yo consideré siempre un enorme error, puesto que, dejando abiertas todas las opciones, siempre podría haber negociado a tres bandas, con el PP, con Ciudadanos y con Podemos, en lugar de ser rehén de estos dos últimos si quiere aproximarse a una mayoría simple de cara a la segunda vuelta de la investidura.
Sigo pensando lo de siempre: que la gran coalición, especialmente «a tres», incluyendo a la formación de Albert Rivera, era, y es, la mejor salida para el embrollo político en el que estamos. Y algo de eso habrá de propiciarse en un momento u otro, si queremos afrontar la época de reformas en profundidad que España necesita, empezando por los retoques de calado en nuestra Constitución.
Lo que yo esperaba era que, con habilidad, desde la vicepresidencia de un Gobierno presidido por alguien del PP que no hubiese sido Rajoy –se podría haber logrado, y aún se puede–, y contando con la complicidad de Ciudadanos –que, a este paso, acabará liderando, de un modo u otro, la inmensa fuerza que conserva el Partido Popular–, Pedro Sánchez se hubiese hecho con el timón y con el protagonismo de las principales de esas reformas. Hubiese así prestado el secretario general del PSOE un enorme servicio a la estabilidad del país, y creo, aunque no sea lo más importante, que también a su partido. Claro que, eso sí, no se hubiese sentado –todavía– en el teóricamente principal sillón de La Moncloa: hay que dar tiempo al tiempo, y no todo atajo vale para llegar a ciertas cumbres.
Ahora, por el contrario, Sánchez se tiene que someter a las patadas verbales en la espinilla que le propinan desde Podemos, a las exigencias de Ciudadanos, a las que provienen de Valencia, de Galicia y de Izquierda Unida, tratando, con todo ello, de hilvanar un Gobierno de estabilidad más que cuestionable y que todos saben que no duraría ni dos años. Dos años en los que, con la oposición del PP, no se podrán llevar a cabo ni las reformas constitucionales, ni las electorales, ni las sociales y económicas que nos son tan necesarias.
O, hipótesis más probable, no podrá formar ni siquiera ese Gobierno inestable. Y entonces habrán de repetirse las elecciones; con lo que, en el mejor de los casos, habríamos perdido siete meses en los que la parálisis del país se irá acentuando. O, en el peor, manteniéndose estos «agujeros» constitucionales y esta normativa electoral, puede que esas nuevas elecciones no sirviesen de gran cosa, excepto para certificar el agravamiento del estado de salud de las dos formaciones que pilotaban hasta ahora el bipartidismo y para mantener la inestabilidad política. Lo de Bélgica e Italia podría ser cosa de niños comparado con lo nuestro.
Sí, lo admito: seguramente me equivoqué en mis apreciaciones acerca de cómo se iba a pilotar el cambio, aunque probablemente todos nos equivocamos: no conozco a casi nadie que no diga ahora que, si se repiten las elecciones, no volverá a votar a quien votó o, incluso, que no piensa acudir a las urnas. Claro que cómo podría alguien pensar que las cosas iban a llegar al punto en el que están ahora: ha sido un error colectivo, no tanto de los votantes, como quieren ahora ciertos políticos, sino de quienes presumen de interpretar correctamente nuestros votos.
Y, al final, esto, esto mismo que ahora tenemos, es lo que hemos hecho entre todos, y no culpemos en exclusiva a ninguno de los cuatro rostros que pueblan las páginas de la información política en estos días de zozobra. Nos hemos equivocado en nuestras apreciaciones, y lo hemos hecho a conciencia y desde hace bastante tiempo: antes, desde luego, de ir a depositar el sufragio en la urna. O de no ir, que, total, para lo que ha servido*.

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