LOS FABRICANTES ERAN MULTADOS SI FABRICABAN BOMBILLAS DE LARGA DURACIÓN

El complot de la obsolescencia programada (I). El cártel Phoebus y las bombillas

El complot de la obsolescencia programada (I). El cártel Phoebus y las bombillas

Esta idea diabólica surge con la producción en masa y la sociedad de consumo. Casi todos hemos pasado por la desagradable experiencia de comprar un producto que, al poco tiempo, se estropea hasta el punto de tener que cambiar todo un engranaje de piezas en bloque o, en el peor de los casos, tirarlo a la basura porque o bien no hay piezas de recambio o es más cara la reparación que adquirir un producto nuevo. Ocurre con absolutamente todo lo que está en el mercado, especialmente, en todo lo relacionado con el sector de la informática, aunque también, con electrodomésticos, automóviles y otros productos.

Hace unos años que el consumidor se hizo consciente de que las lavadoras ya no duran veinte años y que las impresoras solo funcionan unos meses, en fin, que todo se fabrica con fecha de caducidad para que las fábricas sigan produciendo y el consumidor comprando. No deja de ser una indecencia, una dinámica que vulnera todos los códigos de la ética, pero todo el consumismo en sí es un auténtico delirio de psicópatas, tanto los fabrican como los que compran. Porque, bien analizado, se trata de comprar cosas que ni siquiera necesitamos y, además, que duren poco, para seguir en la rueda del consumo. De ahí que la obsolescencia programada sea legal o, como poco, alegal, y se admita desde las cúpulas políticas sin más discusión, incluso que cuente con defensores. Casi nunca se habla abiertamente de esto; incluso hay quien lo niega y considera el hecho como un tema más de la conspirología.

El cártel Phoebus y las bombillas

Veamos cómo y cuándo se pone en marcha la obsolescencia programada y algunas de las empresas involucradas en este plan maligno. Todo empezó en Estados Unidos con la crisis de 1929 y la planificación de un nuevo modelo de producción que consistía en que los productos duraran menos, con el fin obtener mayores rendimientos, reactivar la economía y generar empleo. Es así como empieza en América un nuevo concepto de comercio: fabricar productos con fecha de caducidad, a los que esperan otros nuevos para su repuesto, modelo contrario al europeo que buscaba fabricar productos de óptima calidad y muy duraderos. Más tarde se idearían maneras de manipular al consumidor a través de la publicidad. Así, había que conseguir no solo que el comprador quisiera adquirir un producto, sino despertar en él la necesidad de comprar uno nuevo y más moderno para sustituirlo. Empezaba la sociedad de consumo salvaje del usar y tirar y comprar por comprar que conocemos. La primera víctima de la obsolescencia programada fue el mundo de la bombilla, un tema que a todos nos trae de cabeza, porque casi se funden con mirarlas.

Edison puso a la venta su primera lámpara incandescente en 1981, con una duración de 1.500 horas. El objetivo era encontrar materiales estables para que las bombillas fueran duraderas, y lo consiguieron. Así, en 1924, la publicidad anunciaba que las bombillas duraban 2.500 horas. Pero los amantes del dinero no podían permitir que la sociedad disfrutara de un producto tan duradero. Así, el día de Navidad de 1924, un grupo de empresarios mantuvieron una reunión secreta en Ginebra para crear el primer cártel mundial para controlar la producción de bombillas y repartirse el mundo en sectores. El cártel se llamó Phoebus. Estaban representados los principales fabricantes de bombillas de Estados Unidos, América, Europa y países de Asia y África. El objetivo era intercambiar patentes, controlar la producción y, sobre todo, controlar al consumidor.

En 1925, este grupo de hombres de negro, amigos del dinero y enemigos de la humanidad, creó el llamado “Comité 1.000 horas de vida” para reducir técnicamente la vida de las bombillas. Querían conseguir que la gente comprara con regularidad. Presionados por el cártel, los fabricantes realizaron experimentos para crear una bombilla más frágil que cumpliera con la nueva normativa de las mil horas. Diseñadores e ingenieros se vieron forzados a adoptar nuevos valores y objetivos para que los productos fueran más endebles y se adaptaran a los nuevos estándares exigidos por el mercado. La fabricación estaba estrictamente controlada para hacer cumplir la norma. Phoebus creó una complicada burocracia para imponer sus directrices, y los fabricantes eran multados si se desviaban del objetivo. Una tabla de multas de 1929, que figura en los archivos de Phoebus, establece en francos suizos la cuantía de las multas. En las fábricas se  instalaron paneles para probar cada serie de producción y se desechaba si la duración excedía a lo exigido. En los años cuarenta, el cártel había cumplido su objetivo: las bombillas duraban 1.000 horas e incluso se explicaba mediante la publicidad por qué era bueno que tuvieran esa duración y no más.
En 1942, el cártel salió a la luz. El gobierno de Estados Unidos demandó a General Electric y a otros fabricantes del grupo, acusándolos de competencia desleal, de fijar precios y de reducir la vida útil de las bombillas. En 1953, tras once años de litigio, el tribunal dictó sentencia. Entre otros cargos, les prohibieron limitar la vida útil de las bombillas, o sea, la obsolescencia programada. Pero la sentencia tuvo poco efecto y las bombillas continuaron durando mil horas. En las décadas siguientes se patentaron docenas de nuevas bombilllas, incluso una que duraba cien mil horas, pero ninguna llegó a comercializarse.

Oficialmente, Phoebus nunca existió, pero su rastro nunca llegó a desaparecer. Todo esto se quedaría en mera leyenda conspirativa si no fuera porque ochenta años después, el historiador Helmut Hegel encontró los documentos del cártel con las empresas involucradas, entre ellas, General Electric, de Estados Unidos, Tokio Electric, de Japón, Philips, de Holanda, Osram, de Alemania y Lámparas Z, de España. Su estrategia era ir cambiando de nombre, pero la idea persiste y, de facto, está funcionando.

Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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