Qué reconfortante resultaría desviar la mirada cuando el perverso y descarnado titular de prensa nos aborda, a traición, con las primeras luces del día, cuando aún no se ha templado la mañana. Desviar la mirada y dedicar nuestra atención a la tarea más trivial, a elaborar la lista de la compra, o a mullir los cojines con calma, o a dar de beber a la sedienta planta, que luce con escaso ánimo desde ayer. Sin embargo, la noticia de que una persona ha arrebatado la vida a un niño indefenso, de que un progenitor ha asesinado a su propio hijo, y que ese feroz titular nos anticipa en breves y afiladas palabras, descompone no solo nuestra capacidad de abstraernos, sino también la de mantener erguidos los delicados mimbres que sostienen nuestra cordura.
Cuán podrido ha de estar el corazón de un ser humano para matar a su propio hijo. Cuánta rabia y repulsión debe de bullir en lo más hondo de su alma marchita, cuánta voluntad de envenenada y enloquecida revancha ha de gestarse en el desviado cerebro de un individuo para llevar a cabo la proeza más cobarde y repugnante del mundo, la de quitar la vida a una criatura que únicamente sueña con colorear un cuaderno o correr tras su pelota.
Y poco o nada puede hacer el anónimo lector al conocer el suceso, representante a su pesar de una enlutada sociedad de pilares endebles, acomodada y confusa, salvo sentir que las entrañas se le desgarran. Y poco o nada podrá hacer tampoco mañana, cuando la tragedia se repita, cuando vuelva a derramarse la sangre pura e inmaculada de un niño, una vez más, y otra, y el anuncio de una nueva muerte resuene como el eco aterrador que produce la más abominable campana, y que con insistencia y desesperado ahínco trata de advertir, a una complaciente humanidad de oídos sordos, que este sendero solo conduce al abismo.
Tú, ser humano sin conciencia, despojo putrefacto que en nada aprecias el valor de una vida, oveja de lanas negras que abandonaste la sensatez y el rebaño, que rumias cobrar tu absurda venganza a través del sacrificio de una tierna e inocente criatura, aparta tus manos miserables de ese ángel sagrado y permítele disfrutar de un mundo que apenas ha comenzado a conocer, deja que descubra el amor, que saboree las agridulces heridas de un desengaño, que se refugie en el abrazo de un amigo, que viaje, que tenga hijos, que se sumerja en las páginas de un libro, que vierta lágrimas de alegría, que acaricie mañana el terciopelo de los recuerdos en compañía de los suyos, que viva una vida.
Tú, amasijo de carroña, aparta tus manos de ese niño.
