LA TRADICIÓN Y ALGUNAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN SOSTIENEN QUE LA FORJA ESTÁ RELACIONADA CON CIERTOS GRUPOS DE PODER

El Camino de Santiago por la tierra de los maragatos, uno de los pueblos considerados “malditos”

El Camino de Santiago por la tierra de los maragatos, uno de los pueblos considerados “malditos”

Estábamos todos, pero éramos tan pocos que por primera vez desde los días de Bélgica y Francia pudimos sentarnos juntos alrededor de una mesa redonda de medianas dimensiones. A medida que avanzábamos en el Camino íbamos cambiando sin darnos cuenta. Físicamente estábamos más morenos y enjutos, pero también nuestro interior iba sufriendo pequeñas metamorfosis imperceptibles, minúsculas marcas que adornarían nuestras almas para siempre.

Aunque con cariño y respeto, siempre hacía un poco de burla de Marta y Juan, tan sibaritas y exquisitos gourmets, devotos de Epicuro. Sin embargo, en ellos también asomaba su parcela de espiritualidad: él a través de la física cuántica, poseedora de los secretos de las entrañas de la materia, y ella con su cariño incondicional hacia los animales. Siempre que podía agasajaba con algún bocado sabroso a los perros y gatos que nos salían al paso y los acariciaba como si fueran suyos.

Los últimos días yo había estado demasiado pendiente de mí misma. Desde la llegada de George a Puente la Reina había pasado muchos ratos con él. Era hora de que volviera a tomar las riendas para unificar el grupo, más allá de intereses personales.

Dejamos atrás las calles oficiales del Camino hasta la Portilla, y colocamos nuestros pies mirando hacia el oeste para ir adentrándonos en la tierra de los maragatos, uno de los llamados pueblos “malditos” de España. No pudimos dejar de hacerle otro guiño a nuestro Juan G. Atienza que recorrió estos contornos y desempolvó los estudios de Roso de Luna, las enseñanzas de los Thuata Dé Danann, la magia de los druidas y los enclaves mistéricos de la naturaleza mágica y trascendente. Atienza nos dejó un legado importante. A veces, una sola línea en una página es la clave para activar el resorte del lector y despertar el deseo de embarcarse hacia universos donde mana la fuente de la vida o a jardines donde crece la planta de la eterna juventud. Como en los viejos tiempos, les relaté a mis compañeros de viaje lo que se cuenta del pueblo maldito de los maragatos.

—No había oído nunca eso de malditos —comentó Virginia—. ¿Por qué les llamaban así?

—No se sabe —contesté—. Atienza dice que la forja está relacionada con ciertos grupos de poder. Mircea Eliade también habla de ello. Lo relaciona con un dios mesopotámico que era el herrero de los dioses. Les fabricaba sus armas y, según la tradición, dirigió la construcción del palacio de Baal. Por eso relacionan a los herreros con los constructores. Caro Baroja en sus investigaciones llegó a la conclusión de que los maragatos podrían descender de una colonia de cartagineses con un gran sentido racial, establecidos en El Bierzo antes de la conquista romana. Recuerda que Aníbal reclutó para su ejército a hombres de esta zona, y resalta que los “agotes” navarros, otro pueblo maldito, se encuentran también en la Ruta Jacobea. Y los “pasiegos” y los “vaqueiros” están situados cerca del Camino del Norte. Se sospecha que podrían ser descendientes de constructores, y eso implica ser depositarios de un conocimiento prohibido. Pero bueno, son teorías para explicar hechos que no encajan.

—Y te olvidas de otro de esos pueblos —sentenció Enrique—: los “soliños” de la península del Morrazo, en Pontevedra. Se dice que descienden de la unión entre brujas y piratas.

—No sé nada de ellos —dije—. Me tienes que contar. Veo que conoces mucho de Galicia, sobre todo, de lo relacionado con la parte… del saber prohibido.

—Es que Galicia enamora: la costa, el interior, el románico, los castros… Los cuatro años que estuve destinado allí me dediqué a recorrerla a fondo intentando descubrir su misterio.

—¿Y lo descubriste? —pregunté con una sonrisa de complicidad.

—No —contestó—, pero estoy en ello. Aunque para eso me harían falta, no cuatro años más, sino cuarenta.

Caminábamos por esa región “maldita” intentando comprender el porqué de esa condición remota, casando la percepción de nuestros sentidos con la tradición ancestral del mito. Esos pueblos siempre han tenido cerca a los templarios. Algunos estudiosos interpretan su dedicación a la ganadería y a la producción de leche como una reminiscencia del culto a la Madre Tierra, la gran diosa, llámese Lusina, Isis, Astarté o la Virgen María, que transmite el conocimiento y el poder al héroe civilizador a través de su leche. La Virgen de la Leche es una advocación de la madre de Jesús. La iconografía religiosa de los benedictinos muestra a la madre de Dios amamantando a san Bernardo de Claraval, fundador del Cister.

A pesar de haber sido enclave templario, Castrillo de Polvazares hace unos años era un pueblo fantasmagórico lleno de cruces de madera y de piedra, colocadas en la calle, en las esquinas y en las casas. La restauración confirió un aire moderno a este reducido lugar que se queda vacío en invierno.

Los pueblos pequeños y rústicos, con recias casas de piedra en sillarejo provistas de portalones, son los antiguos hogares de los arrieros maragatos: Santa Colomba de Somoza, Murias de Rechivaldo, Tebladillo o El Ganso. Los esotéricos nos alertan sobre este nombre relacionado con la oca, uno de los símbolos del Camino heterodoxo.

En algunos tramos, el olvido y el abandono parecen haber conquistado esas tierras, elegidas en tiempos pasados para la fundación de monasterios o para la práctica de labores cuyos significados van más allá de un sentido meramente cotidiano de supervivencia.

Ya no existe el roble del peregrino del que hablan los libros, un poco antes de llegar a Rabanal del Camino. Al vetusto carbayu de Fonso Pedrero se lo llevó Eolo una noche de viento, envidioso de que tantos romeros acampasen bajo su sombra y se llevasen una bellota de recuerdo.

La lejana espadaña de la iglesia de la Asunción nos anunciaba la llegada a Rabanal. Entramos por la calle Real que vertebra el pueblo, una rúa adoquinada, flanqueada de casas de piedra muy bien restauradas, con tejados rojizos. Es un punto de gran tradición jacobea desde la Edad Media, época en la que experimentó un notable desarrollo. Rabanal figura ya en documentos del siglo X, anteriores al Códice Calixtino.

Aunque pueda parecer un pueblo de montaña sin importancia, en el siglo XII, Rabanal tuvo su fuero, concedido por el rey Fernando II. Hubo también una casa templaria dependiente de Ponferrada, y ya se sabe que donde hay algo importante que guardar, allí está la Orden del Temple con su cruz roja.

Los templarios y los benedictinos de San Pedro de los Montes tuvieron un litigio en el siglo XIII, por la posesión de unos terrenos que pertenecían a Ponferrada.

En el siglo XVIII, la arriería de los maragatos favoreció un periodo de prosperidad, pero en el XIX la zona fue arrasada por las tropas napoleónicas. Hay que unir a este extremo el declive de las peregrinaciones y la construcción de nuevas vías de comunicación entre Astorga y Ponferrada, que desviaron el tráfico de la milenaria ruta del monte Irago en la que nos encontrábamos, al puerto de Manzanal. La emigración también contribuyó al despoblamiento del lugar. Hoy, gracias al nuevo auge del Camino alcanzado en las últimas décadas, Rabanal ha revivido, sobre todo, en verano. Cuenta con varios albergues, hospederías, mesones, y una tienda de alimentación que surte a los peregrinos de pan tierno y chorizo, jamón o queso para hacer apetitosos bocadillos.

El Monasterio de Monte Irago y el refugio Gaucelmo, gestionado por la Confraternity of Saint James ofrecen al peregrino todo lo necesario, a la usanza de los hospitaleros medievales. Solo piden la voluntad. Otros, como el refugio Nuestra Señora del Pilar, el Tesín o el albergue municipal cobran un precio módico de cinco euros. También son opciones La Posada de Gaspar o La Cruz de Ferro.

Hacer noche en este enclave tan especial es abrir los poros del alma a la sabiduría que nos transmite una tierra renovada por el ir y venir de generaciones que han dejado latiendo sus suspiros entre los piornos y las fuentes cantarinas de los repechos.

Nos hubiera gustado quedarnos en el Hospital Mater Salutis, dependiente del monasterio, pero ponían como condición una estancia de dos noches. Lo hacen para que el peregrino reflexione y haga oración. Algunos compañeros iban ya con el tiempo muy justo y no podíamos hacer la parada tan larga. Además no admitía mascotas, y yo no podía dormir donde no hubiese un sitio para Galleta.

El Mater Salutis pretende ser una réplica de los albergues medievales de los benedictinos, donde atendían esmeradamente a los romeros, sobre todo, a los más pobres porque los hijos de san Benito veían en cada peregrino al mismo Cristo. En su lugar elegimos La Cruz de Ferro, una preciosa casa rural decorada con gusto exquisito que atiende Manuel con suma maestría. Había hablado por teléfono con él, y le prometí que cuando hiciese el Camino le haría una visita.

Virginia y Teresa ocupaban la habitación contigua. Como era temprano pudimos arreglarnos y lavar algunas prendas de ropa mientras hacíamos tiempo para acudir a los oficios del peregrino y esperábamos a que Sergio y Juan llegasen del aeropuerto. Teresa y yo nos sentamos en un pequeño recibidor, sencillo, pero muy acogedor.

El ambiente del pueblo invitaba a permanecer allí durante días. No podía entender que algunos caminantes siguiesen de largo sin reparar en los jalones que a manera de casillas configuran el tablero gigante de la espiral de Compostela.

—Están tardando, ¿no? —comentó Teresa— ¿A qué hora tenía la llegada el avión?

—A las cinco —contesté—, pero recibí un wasap de Sergio diciéndome que llegaba con algo de retraso.

—Ahora que estamos solas quiero preguntarte algo —dijo—, con todo el cariño, como siempre… Ya sabes cuánto os quiero a Sergio y a ti…

—… ¿Os apetece? —interrumpió Virginia que entraba con una bandeja de rosquillas—. Me las regaló una señora que vive aquí al lado. Las hace ella. También hace de encargo.

La conversación quedó interrumpida con la entrada de Virginia y me quedé sin saber qué querría preguntarme Teresa. Nos pusimos a comer rosquillas bañadas en anís y en esas estábamos cuando llegó Sergio.

Yo estaba sentada en una silla enfrente de Teresa. Sergio nos dio dos besos a cada una y nos dijo que íbamos a perder la línea. Se había ido hacía solo dos días y medio, pero a mí me parecía que llevaba mucho tiempo lejos de él. Ya habíamos comprobado que el tiempo en el Camino transcurría de acuerdo a otros parámetros.

Enseguida quisimos saber de Esteban y Catalina. El tema era grave, mucho más de lo que creímos al principio. Nos contó algunas generalidades, pero entendí que no quería desvelar demasiada información. Le eché un cable y cambié de tema preguntándole por los motivos del retraso del vuelo.

(Párrafos de mi novela El Códice de Clara Rosenberg. De Roncesvalles a Compostela).

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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