El Parlamento español siempre tiene un aire de irrealidad, como de barco metido en una botella. Allí las tempestades pueden acaecer por un simple agitarse del recipiente y convertir en noticia lo que sólo es anécdota. Pero en los últimos tiempos, sin que la calle acabe de entrar por sus puertas (el reglamento lo impide), el cristal parece haberse resquebrajado y el agua se desparramado por los pasillos. El barquito está varado.
Uno fue largo años casi parte del mobiliario de aquella casa y ahora ha vuelto a ser figurante. Las sesiones de los miércoles crecen en interés y aunque sea repetición continua de jugada al menos se observa en vivo y en directo a los jugadores.
Tocaba a Zapatero explicar lo del Consejo Europeo de los días 19 y 20. Tocaba a Rajoy darle la réplica. Y todo sonaba a “deja vú”. Pero sonaba un poco peor que una semana antes y se sospecha que aún sonará peor la semana que viene.
Porque el presidente en su optimismo avestrucista dijo lo que siempre dice que es más o menos un decir nada. Día a día la sospecha se convierte en certeza de que se confía al albur externo la salida cuando ya no se tiene capacidad interna alguna para establecer ni rumbo ni camino. El líder de la oposición, cada vez más crecido por el terrible lastre del contrario y por su primera y personal victoria en urnas y con cierta y nueva animación y rapidez en sus mensaje, le contestó lo que es referencia común : se negaron a ver el lobo, se limitaron a proclamar proclamaron la firmeza del aprisco y cuando se les lleva merendado medio rebaño ya no les queda un mastín ni un euro para comprarlo. Han dilapidado el manso en presuntas medidas cuyo impacto únicamente se ha sentido en los telediarios.
Pero esto, que es lo trascendental, ya lo sabemos. Lo que no significas que debamos olvidarlo. Sin embargo, uno ha querido mirar hoy a los ministros. Había bastantes por el banco azul y aquí es donde he querido detener la mirada. También lo he observado por pasillos y aledaños. Y la impresión final al salir de nuevo hacia la calle, la que de golpe me ha asaltado es que esas señoras y señores no tenían ni siquiera pinta de ministros. Un ministro lo parece y estos parecían estar desaparecidos, aunque estuvieran allí, como de cuerpo presente.
Este, ya lo he escrito, es un gobierno agotado antes de nacer, rendido y entregado. No están. Y cuando se personan lían la de Kosovo, que fue la anécdota que movía el barco y encrespaba el oleaje. El Gobierno como colectivo y casi uno a uno tomado, carece no ya de perfil, sino de vida. Deambula. Lo hacía ayer en el Hemiciclo y así transcurren sus días en el penoso devenir de una crisis que ya no es sólo económica, lo es de ánimo, de confianza y de energía. Su lenguaje corporal es de cesantes. Sólo resta poner una fecha que Zapatero se resiste a poner. Una fecha que debía ya haber sido ayer pero que tampoco será mañana. Este Gobierno ya no tiene ni siquiera pinta de Gobierno y los ministros ya ni siquiera se parecen a ministros. Han caducado.
