No olvido a Hobbes: "Lupus est homo homini"

Mezquindad: los que aman al perro y odian al misionero

Mezquindad: los que aman al perro y odian al misionero
El misionero Manuel García Viejo

Por las redes sociales circula de todo y en ése todo, también hay un hueco por el que se cuela y a retrata lo más mezquino de nuestra sociedad.

Resulta que hay gente que critica la repatriación desde Sierra Leona y Liberia de los médicos misioneros Manuel García Viejo y Miguel Pajares infectados por el virus del ébola.

Aducen que haberlos traído «a morir» a Madrid fue una temeridad; que debían haberse quedado en Africa y así se habría evitado el contagio de la auxiliar de enfermería Teresa Romero.

Quienes así se expresan y explayan a través de la Red delatan una insólita dureza en sus juicios hacia las personas (a la postre, tristemente fallecidas), hacia lo que representaban (la labor abnegada de los misioneros católicos) y hacia el Gobierno de España, que en última instancia es quien puso los medios para la repatriación.

Que a estas alturas de la Historia, determinadas personas o incluso colectivos, proclamen su inquina hacia todo lo que huele a sotana, no deja de ser anacrónico.

Más que nada por lo que tiene de decimonónico. Tengo para mí que tras las críticas a las autoridades -las sanitarias y las políticas- que decidieron el traslado de los enfermos a Madrid, late la pulsión de un laicismo mal entendido.

El laicismo es sano, pero en el bien entendido de que es la lucha del individuo por mantener su autonomía tanto frente al Estado como frente a los poderes eclesiásticos.

Ningún extremo del problema planteado por el contagio del ébola que sufre la enfermera Teresa Romero tras haber atendido a los misioneros repatriados encaja en los registros de lo que es y significa el laicismo.

Es fácil advertir que la crítica nace por el hecho de que eran religiosos, gentes de iglesia. Quienes por ahí respiran y se delatan deberían admitir que tanto García Viejo como Miguel Pajares, eran algo más que dos curillas perdidos en Africa.

Como médicos (García Viejo dirigía un hospital), habían optado por defender la causa de los desheredados de la Tierra. Desde que se desató la enfermedad en Liberia y en Sierra Leona, nuestros misioneros y las monjas enfermeras que les acompañan no habían parado de atender a pacientes -algunos infectados de ébola y otros con trazas de otras enfermedades contagiosas de parecida o superior morbilidad-.

Poniendo en peligro de muerte sus vidas, de manera consciente. En su caso, por amor al prójimo. Al margen de la connotación religiosa -determinante en el caso de los misioneros- es la misma o parecida fraternidad que impulsa a los profesionales de Médicos sin Fronteras u otras organizaciones solidarias de cooperantes a trabajar en los países más pobres de Africa curando enfermos sin esperar nada a cambio.

Cuando han sido ellos (enfermos, a su vez), quienes han necesitado ayuda es lógico que la hayan encontrado.

A nadie con un mínimo de humanidad debería, pues, haber sorprendido la repatriación de los misioneros. Hablo de humanidad, pero no olvido a Hobbes: «Lupus est homo homini». Pues eso. Mezquindad.

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