Fernando Jauregui

Ciudadana Cayetana: obituario irrepetible

Mi primera reacción al conocer la muerte de Cayetana Fitz-James Stuart, que, en mi concepto, era, es, antes la ciudadana Cayetana que la duquesa de Alba y otro medio centenar de títulos nobiliarios, ha sido la de pensar que estamos ante otro signo del cambio de los tiempos. Con todas las simpatías y las antipatías que despertaba -yo solamente hablé una vez con ella, y no me pareció, digo la verdad, un personaje especialmente atractivo o interesante–, la duquesa de Alba representaba el último vestigio de una forma de vivir, de una España que ya no cabe en la forma de entender el país que albergamos la mayoría de los españoles, me parece.

Odiaría ser, en este momento en el que una vida se ha apagado, demasiado simplista, o excesivamente radical, pero, si tengo que escribir un obituario -y creo, como periodista que sigue la actualidad, que debo hacerlo–, diría que yo no quiero una España en la que la aristocracia, que sería teóricamente el gobierno de los mejores, se herede sin hacer nada por merecer los privilegios que comporta.

Ya sé, ya sé que la ciudadana Cayetana era famosa porque era capaz de ponerse el mundo por montera, un espíritu libre que podía desafiar, y las desafiaba, todas las convenciones sociales que, en teoría, deberían atarla. Seguía así los pasos de alguna de sus célebres antepasadas. Pero a mí no acaban de gustarme quienes se ponen el mundo por montera, ni quienes, para hacer lo-que-les-da-la-gana, desafían esas formalidades que a veces han sido el sostén del difícil andamiaje que son las relaciones entre los seres humanos. Que una cosa es la libertad, la falta de prejuicios y el desdén por las ataduras y otra, distinta, actuar como si los demás formasen parte del paisaje.

Siento mucho decirlo aquí y ahora, pero no creo que sea un título de grandeza el haber hecho siempre lo que uno ha querido, olvidando que existen unos cuantos miles de millones de seres humanos más, algunos de los cuales dependen de uno. Creo que la justificación máxima del paso por la vida reside en haber luchado por dejar el mundo a nuestros hijos un poco mejor de lo que lo encontramos. Hay quien apela a no hacer nada de eso para seguir manteniendo un ‘statu quo’ -muchos trabajadores dependen de la Casa de Alba, de la intangibilidad de su patrimonio–, pero eso es lo que ya no va a caber en el país que algunos, desde la moderación y no desde la radicalidad, concebimos: mantener el ‘statu quo’. O determinados ‘statu quo’.

Adiós sentido a la ciudadana Cayetana -a la que no me importa llamar duquesa, faltaría más–, que me ha acompañado, desde el papel ‘couché’, durante toda mi vida de lector de cuanto caía en mis manos, incluyendo, claro, la crónica rosa. Un adiós que incluye saber que no es solamente ella quien muere: es toda una forma de vivir, un concepto algo goyesco de país, lo que ha muerto, por si se necesitaba algún otro certificado de defunción. Nunca más podrán repetirse obituarios como el de Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, duquesa de Alba de Tormes, duquesa de Berwick, duquesa de Hijar, de Arjona, de Liria y Jérica, conde-duquesa de Olivares y un largísimo etcétera. Baste ese principio de enumeración para entender lo irrepetible de esta despedida, que marca un fin y la consolidación de un inicio, de lo nuevo que nos llega.

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