Fernando Jauregui

Qué no se dijo en el debate.

Reconozco que me gustó, hasta cierto punto, el debate parlamentario sobre las ‘medidas de limpieza’ para luchar contra la corrupción. Hay que reconocer que los partidos -al menos, los mayoritarios- supieron luchar contra el ‘y tú más’ -bueno, al final hubo un pequeño rifirrafe–, que presentaron propuestas -casi todas repetidas- y que mostraron una cierta voluntad de entendimiento -al menos verbalmente–. Me reafirmo en la falta de ideas nuevas, en la ausencia de vuelo de altura, en la carencia de generosidad a la hora de tender la mano y de olvidar que hemos entrado en período preelectoral. Esto es lo que les perderá; precisamente esto.

Vamos por partes: digo que, al menos, todas las formaciones supieron apartarse de los moldes clásicos, aquellos en los que, a la mención de un caso de corrupción, la otra parte contraatacaba con un ‘pues anda que los tuyos’. Y así no había manera de salir del atasco, con lo que el sufrido contribuyente/votante se quedaba con la sensación de que no había voluntad real de cambiar las cosas. Ahora, hemos escuchado algo semejante a lo que podría ser un esbozo de tímida autocrítica en los representantes de algunos partidos, que perciben, como si no fuera un clamor, que los ciudadanos les abandonan, que están hartos, que ya basta. Así que ensayan algo similar a lo que podríamos llamar un remedo de golpes de pecho: hemos pecado, prometemos no volver a hacerlo jamás. Y, como muestra de contrición, aquí les dejo algunas modestas medidas que mi partido arbitrará, si puede, cuando le sea posible, preferiblemente después de esta Legislatura y si usted, ciudadano elector, promete ser bueno y no votar a Podemos, que son la catástrofe.

Y no es eso, no es eso. Pero fue precisamente eso lo que escuchamos este jueves en el debate que fue, en el fondo, casi un debate, concentrado en una mañana, sobre el estado de la nación. De la nación corrupta, que todos niegan que esté corrompida, aunque todos niegan que haya algo más que unas cuantas ovejas descarriadas sobre las que hay que descargar el hacha del buen pastor. Ese es el diagnóstico generalizado, que es algo más desgarrado en el PSOE que en el PP, algo más cínico en CiU que en IU, algo más real en PP y PSOE que en UPyD, donde no han tocado bola hasta ahora y, por tanto, no han sido puestos a prueba.

Si de verdad quieren cambiar las cosas, ahí van unas cuantas iniciativas de las que apenas hablaron: desbloqueo de listas electorales, limitación de mandatos, reforma de la ley electoral -sobre todo, municipal–, cambio radical en la forma de elegir al Consejo del Poder Judicial y al fiscal general del Estado, capacidad de voto de las autonomías en las cuestiones del Estado, examen previo a los candidatos a ocupar determinados puestos públicos, medios públicos alejados de cualquier posibilidad de control, por parte del Gobierno de turno, regulación de los consensos en lo económico, presencia de la oposición en las ‘cumbres’ europeas, primarias obligatorias para todos en todos los niveles (aunque eso ya lo pidió de manera menos tajante, Pedro Sánchez). Aceptar todo eso, y algunas cosas más, como facilitar por ley la celebración de referéndums -o referenda- vinculantes sobre determinados temas, además de en lo referente a la reforma constitucional, podría considerarse como un buen comienzo para que la gente acepte participar de nuevo en el proceso político.

Mientras todo esto no se haga, todo seguirá siendo intención de voto a Podemos. Y yo no ví, en el debate parlamentario, tan significativo, de este jueves, nada de esto que preconizo. Que Dios nos coja, pues, confesados.

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