Fernando Jauregui

Un tipo, quizá admirable, de 78 años.

Podría hoy escribir algo, que nunca sería algo nuevo, sobre la campaña electoral en su recta final. O sobre las peripecias de la (no) investidura de Susana Díaz. O sobre lo de Aznarcóllar. O sobre la (no) huelga de los futbolistas. He preferido escribir, en cambio, sobre un tipo de 78 años a quien yo, por el momento y salvo comprobaciones ulteriores, he decidido admirar. Se llama Seymour Hersh y puede que su caso tenga más relación de la que parece con las elecciones en España, con los eres y hasta con las peripecias de la presidencia andaluza. Porque Hersh es uno de esos periodistas que no se conforman con la ‘verdad oficial’, por muy sospechosa que esta verdad parezca, ni se detienen ante lo políticamente correcto. Ni hace caso a un solo bando. NI resulta siempre previsible lo que nos va a transmitir.

Y, así, ha ofrecido al mundo una versión absolutamente diferente a la que las autoridades estadounidenses, y el propio Obama, tuvieron a bien dar sobre la caza y muerte a y de Bin Laden. Y ahora a Hersh le crucifican incluso colegas desde esos medios ‘nítidos’ y ‘sensatos’, poniendo en cuestión sus fuentes y dudando de la credibilidad de lo que cuenta. Ya le ocurrió al mismo periodista, considerado un ‘as’ de la investigación, cuando narró, hace treinta y cinco años, cuando él tenía cuarenta y tres, la masacre de My Lai, una narración por la que acabarían dándole un Pulitzer. Tuvieron, al final, que darle la razón: existió la vergüenza de My Lai como existe esa otra vergüenza, tan silenciada, de Guantánamo. Y no me diga usted que lo que nos mostraron y, sobre todo, no nos mostraron, ahora sobre la muerte de Bin Laden, no tenía más agujeros en su credibilidad que un queso de Gruyere.

Es muy posible que a este periodista atípico, a sus 78 años indesmayables, haya que glorificarle nuevamente como un gran buscador de la verdad. Esa que no gusta ver impresa o ni les gusta escuchar a quienes, aludiendo a la razón de Estado, se saltan las normas. Gentes no necesariamente ligadas al periodismo, como Julian Assange, el soldado Manning, Falciani, o Edward Snowden y sus contactos en ‘The Guardian’ comprobaron en sus carnes hasta dónde puede llegar el disgusto del Poder cuando sus andanzas quedan al desnudo… Todos ellos fueron perseguidos por revelar prácticas perniciosas de la Administración más fuerte del mundo, o conductas ilegales de algunas personas poderosas. Pero todos ellos, aun perseguidos, aun condenados, hicieron prevalecer la verdad.

Decía más arriba que he decidido escribir hoy sobre Hersh porque no he dejado de pensar en él cuando últimamente leo y veo muchas de las cosas que publicamos, y cómo a veces las publicamos, aquí en casa. Claro que no se trata de que los a veces esforzados periodistas españoles nos fustiguemos porque no podamos, sepamos o queramos revelar nuestros ‘casos Watergate’ propios -que yo creo que, a su manera, vaya si los hay–. Se trata de que reflexionemos de nuevo sobre esa gran verdad, que antes aparecía impresa en un gran diario norteamericano, según la cual ‘noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique’.

Ellos, sean ellos quienes fueren, nos quieren cada vez más jóvenes, más inexpertos, quieren que nuestros medios sean cada vez más débiles económicamente; les gustamos como ‘generación Google’, de corta y pega, nos destinarían a meros receptores de comunicados oficiales. Y si vemos que hay cosas demasiado raras en esos comunicados, ellos, sean ellos quienes fueren -y son demasiados–, aman que miremos hacia otro lado, que aceptemos que no conviene mostrarse escéptico y, menos aún, ponerse a investigar. La estabilidad del mundo, de nuestro mundo, depende de eso, dicen.

Ellos, sean quienes sean ellos, promueven que presentemos las campañas electorales llenas de globos y confeti, con niños a los que los candidatos besan y bicicletas con las que pasean por idílicos parajes. A ellos no les gustan los tipos ácidos, intratables, como Hersh, que, encima, tiene 78 años. Los postulados que vamos escuchando en esta campaña ya le hubieran jubilado hace tres décadas, y entonces la versión sobre Bin Laden seguiría siendo la del cronista oficial Barack Obama.

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