Santiago López Castillo

Un año más

Un año más
Santiago López Castillo. PD

De niños queríamos ser mayores. Y de mayores, niños; claro que la contemplación de una cuadrilla de ancianos jugando a la petanca o a la pelota nos hace exclamar: ¡son como niños…! Este 2016 es igual para todos, o, como dicen los cursis, vivimos en la socialización del tiempo. Las hojas del calendario son igual para todos y no hay suerte de discriminación alguna, salvo el favoritismo de determinados santos religiosos. Es lo que se entiende como cuestión de fe.

En estos días de buenos propósitos se ponen las botas los dietistas, los centros de adelgazamiento, ahora todos son centers, coach y un sin fin de mariconadas en inglés. También los futbolistas cambian de tacos según el terreno de juego pero no de expresiones los ciudadanos al recibir expectantes el ilusionado año nuevo vida nueva. De modo que los augures, esos que salen por las televisiones nocturnas, sacando las perras con los contadores telefónicos, su hija, su marido, su trabajo…, se harán de oro a favor de sus empresas, pero merecen el desprecio y que les caiga el peso de la ley.

Mas no voy a proseguir por estos derroteros que siempre son sinuosos y nunca positivos. Me acojo al pensamiento de Raimundo Lulio consistente en que la intención humana debe de cambiarse una vez al año, sobre todo cuando el yerro se conoce. Este humilde escribidor ha errado hasta la saciedad pero estuvo hospitalizado los tres últimos meses del 2015 por una mala caída doméstica. La primera vez que era internado en un centro médico. Vaya desde aquí mi recuerdo y mis mejores deseos para esos pacientes envueltos en la sábana blanca y en la luz cenital. Asimismo, para los que velan por nuestra seguridad, los médicos, las ambulancias y tantos y tantos servicios humanitarios. A los políticos, les deseo suerte, que apañado está el panorama y sensatez para los electores que el 20 D jugaron a la ruleta rusa y nunca mejor dicho.

Está naciendo un año, pues, y debemos aprovechar los vientos propicios para volar más altos y serenos que nunca. La conducta que da vida a la muerte y la llena de dignidad se basa en el férreo principio de no arrepentirse jamás de nada. Es el destino, ese portón de los sustos ante el que los precavidos se santiguan y maldicen la suerte por igual. Tenemos, en fin, 365 días para avanzar y para rectificar si se produce un resbalón. La felicidad es un privilegio al que no debe renunciarse jamás.

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