Santiago López Castillo

Bienaventuranza de la soledad

Bienaventuranza de la soledad
Santiago López Castillo. PD

Uno, que ya va cuesta abajo, apenas se pone a pensar en su soledad, que para él, o sea, yo, es sinónimo de independencia. Creo que si no hubiera sido por mi plena libertad no hubiera llegado a publicar una veintena de libros ni habría leído lo que he leído ni expuesto en galerías artísticas de relevancia como el Centro Cultural de la Villa de Madrid, con inauguración del alcalde Álvarez del Manzano. Y eso que en el argot popular tuve la fama de ser un pica-flor, soltero de oro, también me llamaron los del papel couché, y hasta se inventaron algún hijo que otro antes de que las televisiones programaran espacios de polvos y estrellas. Si no tuve relaciones con mil y pico de mujeres, no tuve ninguna.
¿Como Julio Iglesias…?

Más o menos, porque, además, coincidíamos con los colores del Real Madrid, y, por supuesto, en el buen gusto, valga la redundancia. Dicho todo esto, debo agregar -y perdón por la extensa auto cita- que mi último amorío en serio (cinco años de combate) fue con la dentista y ortodoncista y catedrática doctora Muelas, y no es coña: ¿O nos casamos o esto se ha acabado? Pues se acabó. Me he explayado porque para hablar hay que tener vivencias y conocimiento de causa, y Picasso, me voy a lo sublime, decía que nada puede hacerse sin soledad. Todo lo demás -ahondaba en este sentido Cela- son arbitrios de vividor y fintas de tramposo de timba de pueblo.

Los negociantes de la soledad, vida y muerte, hacen encuestas como esos que buzonean nuestros correos. Está en oferta el fin de la existencia, también llamada la cultura de la muerte. El vivo al bollo y el muerto al hoyo. La más reciente encuesta es un sondeo de una casa de mayores de Alcalá de Henares. Y llegan a la conclusión -se estrujaron el cerebro- que recibir la visita de un voluntario siempre acompaña. A mí me acompaña, incluso en su duermevela, mi amantísimo golden «Niebla». También concluyen estos sesudos alcalaínos que, además de que no es bueno que el hombre esté solo, es recomendable como terapia el trato con los perros.

Sin embargo, retomo mi modesto planteamiento inicial. A medida que los años pasan batiendo y arrugando y curando los azotados cueros del escritor, en su alma se va enraizando la idea de que la soledad acompaña más que cualquier otra solución. La chica que mal me limpiaba me preguntó si tenía hijos, y le contesté que eso pertenecía a mi vida privada, a lo cual ella, torpe y terca, me inquirió si me gustaban los niños. Le respondí que los niños de la casa de al lado metían mucha bulla y cuando llamaba a Herodes, siempre estaba comunicando.
Oiga, ¿y quién era Herodes…?

Se es eremita como se es bombero o padre de familia numerosa. Es saludable y confortador sentirse independiente, no hocicar ante las tentaciones y los cantos de sirena de los falsarios. De eso sé un rato largo de mi etapa televisiva y de cuando me llamaban ligón de profesión. Todo ello lo desarrollo en una parte de mi novela «El cuerno del tricornio» de próxima aparición. Pido perdón, concluyo, por una realidad vivida e interpretada, sin querer, como autobombo.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído