Laureano Benítez Grande-Caballero

El caballo volador de Pedrito Iznogud

El caballo volador de Pedrito Iznogud
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

En 1962, los franceses René Goscinny -el futuro guionista de Astérix y Obélix- y el dibujante Jean Tabary crearon la historieta de humor «Las aventuras del califa Harún El Pussah), ambientada en el Bagdad de «Las mil y una noches».

Su protagonista es el innoble visir Iznogud -palabra formada con la frase inglesa «He’s no good», que revela a la perfección su carácter malvado y conspirador, ya que su objetivo es «ser califa en lugar del califa», con ayuda de su fiel Dilá Lará-.

«Ser presidente en lugar del presidente»: he aquí el objetivo de cualquier político megalómano que se precie. Y a eso nadie le gana a Pedrito Iznogud, a quien no le importaría tener a España mil y una noches sin gobierno sin con eso consigue el califato, aunque para ello tuviera que ser apoyado por Dilá Turrión, embustero, bailarín y cantarín de larás larás a ritmo de merengue.

Su trayectoria política parece la crónica de una muerte anunciada desde hace tiempo, pero aguantó hasta las segundas elecciones, consiguió posponer el congreso de su partido, y aspira a ser reelegido nuevamente «secretario general en lugar del secretario general», aunque sea él mismo.

Estamos ante otro superviviente rajoyano, algo nada original en la política española, donde nadie dimite, nadie se va, a nadie le echan aunque vaya de derrota en derrota hasta el fracaso final.

Todo es cuestión de añadir una prórroga a otra, pedir tiempos muertos, hacer interminable el «match-ball» de su partido con su Partido, a ver si las brevas caen solas, haciendo de «bip-bip» ante los barones «correcaminos». Y ¡quién sabe!: igual un día «es presidente en lugar del presidente».

Esta historia de Pedrito Iznogud me recuerda un cuento sufí: Un antiguo rey de la India sentenció a muerte a un hombre, el cual, al conocer la sentencia, suplicó que le fuera condonada, a cambio de una promesa: «Si el rey tiene compasión y me perdona la vida, yo enseñaré a su caballo a volar en el plazo de un año».

«Conforme», dijo el rey, «pero si, al cabo de ese tiempo, el caballo no es capaz de volar, serás ejecutado».

Cuando, más tarde, sus familiares le preguntaron preocupados cómo pensaba cumplir lo prometido, el hombre dijo: «En el plazo de un año, el rey puede morir. O puede que muera el caballo. O, ¿quién sabe?, ¡puede que el caballo aprenda a volar!».

Así que Pedrito Iznogud lo que desea realmente es «ser Pegaso en lugar de Pegaso», caballo volador, jaca que galope y corte el viento caminito de la Moncloa. Aunque, si yo fuera Pedrito Iznogud, me habría apuntado a un caballo ganador, más que a uno volador.

Ya lo decía el genial James Cagney, dirigiéndose a su madre ausente en la escena final de la película «Al rojo vivo» -¿les suena de algo este título?-. Perseguido por la policía, y herido, se sube a un depósito de petróleo en llamas, desde donde Jarrett -su nombre en el film- grita: «¡Estoy en la cima del mundo, mama!», para hacer ver a su progenitora que había cumplido su promesa.

Nada más decir esta frase, el depósito explota. O sea, que nuestro Pedrito Iznogud, en su afán por escalar la cima de España, puede «ser Jarrett en lugar de Jarret».

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